martes, 25 de marzo de 2014

1 - Los hijos del pescador


Lurand; Fenor.
Día 10 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


El niño corría por el sendero de pequeñas piedras mal colocadas entre si, llevando en sus manos una burda pelota de trapo. Su hermana pequeña lo perseguía sonriendo. De vez en cuando lanzaba la pelota hacia ella tratando de golpearla aunque casi nunca acertaba. Pronto ella corría hacia la pelota y lo perseguía otra vez para lanzarla a él nuevamente. Así continuaron un rato, alejándose de la rivera del río donde pescaba su padre. Corrieron por el sendero hasta llegar a las puertas de una enorme construcción con muros plateados. Siempre habían sentido curiosidad por ese misterioso lugar. Podían ver brillar al palacio en el amanecer desde la ventana de su habitación. Arub, el niño, ya de ocho años, tenía vagos recuerdos de aquellos muros tapados por enredaderas, con flores de vivos colores. Su abuelo hacía mucho tiempo lo había llevado a recolectar olivas que crecían detrás del palacio desde hacia añares y que nadie reclamaba. Ya esa vez había notado que en las paredes faltaban adornos y que las puertas de madera estaban podridas, pero que aun así parecían impenetrables. Desde aquella vez con su abuelo nunca había vuelto al lugar ya que se encontraba muy distante de la aldea. Y sus padres no le tenían permitido alejarse tanto. Pero en el pueblo se contaban historias de aquellos que ahora vivían en el lugar. El gris brillante de las rocas colocadas en los muros contrastaba con el verdor del paisaje y el colorido de las flores. Los cantos de las muchas aves se mezclaban con el constante sonido del pasar del agua del río, que se encontraba cien pasos al este. Cualquiera que se acercase al palacio se sentía abrigado como si el mismo desprendiese un calor antinatural. Arub veía ahora de vuelta las puertas del palacio y notó que ya no se encontraban podridas. Pero tampoco eran puertas nuevas. Era como si las antiguas puertas hubiesen sanado. Él sabía que eso era imposible. Pero cada día desde la ventana de su habitación él creía notar que el palacio plateado que estaba cruzando el río rejuvenecía.

La niña arrojó la pelota contra su hermano, quien ya había dejado de sentir el temor que antes le inspiraba el lugar. Él esquivó la pelota y la misma pasó de largo hasta detenerse al golpear un gigantesco escudo. Solo recién percibieron al ser que había estado parado junto a las puertas desde el principio. Gala se acercó tímidamente. Contempló a lo que ella considero era un hombre dentro de una pesada armadura, quien además de portar un escudo casi tan alto como él,  que parecía pesar tanto que cualquier hombre común no podría levantarlo, empuñaba una enorme espada de un solo filo que descansaba clavada en el piso. La figura no era para nada amenazante y la calidez que emanaba el lugar tranquilizaba a los niños.
-¡Perdón! -exclamó la niña. Pero la figura no contestó, de hecho ni siquiera se movió. Los niños, todos los niños ven al mundo con ojos especiales, cualquier otro hubiera notado que una araña había tejido su red entre el yelmo y el escudo de la criatura. O que en sus pies la enredadera que trepaba por el muro había empezado a crecer.
-Parece que no se mueve. -dijo Arub dirigiéndose a su hermana.
-Señor, señor… -entonó la niña que estaba determinada a probar que su hermano se equivocaba-. ¿Tiene nombre? -Pero la criatura no contestó.- ¿Es cierto que acá vive un gato que habla?
Arub tomó la pelota con su mano derecha.- Ya, veras que no hace nada si le tiro esto.
-¡¡¡Nuu!!! ¡Quizá se encuentre hechizado!!! -exclamó dulcemente su hermana.
-No está hechizado, lo más probable es que sea una estatua. -Arrojó la pelota que golpeó la cabeza de la criatura y cayó frente a la niña.- ¿Ves? No hace nada.
-No molesten a Sugum, niños. -Interrumpió una voz femenina con tono de autoridad. La joven elfa se acercó a los niños. Llevaba el pelo largo y suelto por detrás, en su cara el mismo solo llegaba hasta sus cejas y enredadas en pequeñas trenzas tenia entrelazas flores silvestres. Cargaba un carcaj y un arco dorado y vestía un atuendo de seda de varias capas que se ceñía en su delgada cintura. Sus ropajes estaban adornados con prendedores de oro y también de este material eras sus pulseras y tobilleras. Su cara era redonda y sus ojos verde claro. Su boca era pequeña pero su sonrisa inmensa.
-¡Hola! -saludo la niña tímidamente- … ¿Eres una elfa?
-Pues si lo soy, ajjaja. -E hizo un ademán inclinándose al saludar.- Mi nombre es Azhalea sacerdotisa del dios Eiugun, y soy además una de las integrantes de La Orden del Gato Azul, así como mi amigo, el fiel y protector Sugum corazón de oro. - Los niños miraron de nuevo a Sugum pero este seguía inmóvil.
El niño dio un paso al frente tratando de impresionar a la elfa,- Yo soy Arub y ella es mi hermana Gala.
-Encantada de conocerlos, ¿No hay algún padre preocupado por su ausencia?
-Nuestro padre esta pescando río abajo, pero no quería que nos quedásemos muy cerca porque sino los peces no picaban. -contestó Arub, mintiendo.
-Entiendo, pero estoy seguro que no los quería tan lejos tampoco. -Azhalea cruzó los brazos e hizo un gesto de desapruebo. Todavía sostenía el arco en su mano izquierda.
-¿Ese arco es para cazar pajaritos? -Interrumpió la niña que no se había quedado quieta desde notar a la elfa.
-Pues, no. Jamás lo usaría para tal crueldad. Solo me alimento de frutas y semillas. Las aves son mis amigas así como las plantas y todos los animales y criaturas del bosque.
-¿Y por qué tienes el arco entonces? -preguntó el niño.
-¿Por qué el señor no se mueve? -preguntó la niña.
-¿Y tienes buena puntería? -Insistió Arub con el arco.
-¿Realmente vive aquí un gato que habla? -La niña saltaba alrededor de Azhalea-. ¿Cuántos años tienes? Seguro muchos porque eres elfa. Yo tengo así.- Y mostró su mano abierta señalando que tenía cinco años.
-¿Y por qué... -La pregunta de Arub quedó interrumpida cuando Azhalea se aclaró la garganta tratando de interrumpir el agobio de los niños.
-A ver, niños, de a poco. No soy tan vieja como piensan. Algunos elfos han vivido mucho, otros como yo todavía somos jóvenes incluso para la vida de un humano. Sugum si se mueve niña y mucho cuando hace falta, siempre estará ahí cuando lo necesites, pero no tiene interés en hacerse notar, virtud que pocos poseen. Incluso de los que viven en este palacio. -Se agachó y levantó una de las olivas que estaban esparcidas sobre el piso. La sostuvo entre sus dedos e hizo una pausa. Para que los niños pudieran verla. Luego la arrojó al aire.- Y sí, yo diría que tengo buena puntería. -rápidamente tomó una flecha de su carcaj, tensó su arco y disparó hacia el fruto que todavía no tocaba el piso. Varios pasos más adelante el proyectil había quedado clavado en un árbol. Los niños corrieron al lugar, mientras la elfa los seguía caminando despacio y sonriendo por lo bajo. El extremo de la flecha que era muy filoso y sumamente delgado había atravesado la oliva que se encontraba clavada en la punta.
-¡¡¡Claro tiene el arco para cazar aceitunas!!! -dijo la niña. Arub golpeó el hombro de su hermana al sentir que decía una tontería.- ¿Podemos ver al gato? -insistió la niña.
-Bueno, ya saben cómo son los gatos, independientes, a veces están, a veces no. Es poco común que este por acá. En ocasiones descansa tomando sol sobre el techo. Pero no suele mostrar mucho interés en hablar. Y cuando lo hace por lo general solo consigue exasperar a quienes lo escuchan. A veces pienso que sería mejor que no hablase.
-¿Habla y cualquiera puede entenderle, o solo los elfos? -preguntó Arub que empezaba a desconfiar.
-Sí. Cualquiera puede. -Azhalea extrajo la flecha del árbol, quitó la aceituna que había atravesado y guardo de vuelta en su carcaj al proyectil. Pasó el arco por su hombro y se colocó entre los niños. -Vamos pequeños los acompañare hasta donde este su padre. Otro día conocerán al gato que habla. Posiblemente Neilad este encantado de recibirlos aquí en cualquier otro momento así que considérense invitados.- Tomó la mano de Gala para que la escoltase y dejase de zumbar alrededor de ella.
-¿Y quién es Neilad? -dijo Arub que no quería irse.
-Bueno, Neilad fue el primero en llegar a este lugar y es a quien acompaña el gato azul. No sé muy bien cómo es que se conocieron.
-¿Y también es elfo? -preguntó Arub que intentaba caminar cada vez más lento.
-Pues no. Es humano como ustedes. Posiblemente ahora se encuentre durmiendo. Madrugar no es para él. Tengo que admitir que lo encuentro bastante perezoso para ser de una raza tan activa como es la suya -Azhalea miró a la niña que había soltado su mano y corría nuevamente hacia las puertas del palacio-. ¿Dónde vas querida?
-Voy a buscar mi pelota. -gritó Gala que corría torpemente por el descampado. El césped era largo y eran pocas las flores que crecían en esa parte del jardín. Pero las que lo hacían le llegaban hasta las rodillas de la niña. Ella intentando esquivarlas, tropezó más de una vez antes de encontrar la puerta nuevamente.

La elfa y el niño siguieron caminando mientras él insistía con preguntas sobre el lugar. Ella intentaba contestarle con paciencia y esmero pero la curiosidad del niño parecía inagotable. Pasaron por un banco de piedra a la sombra de un enorme árbol. Ella tomó la espada que había dejado ahí para poder dedicarse a practicar sus habilidades con el arco, antes de que llegasen los inesperados invitados. Tomó también un pequeño bolso donde llevaba algunas pertenencias y metió la mano dentro de él. Extrajo un dulce que le ofreció al niño intentando que este entretuviese su boca en algo más que disparar preguntas. Arub tomó el dulce que no era más que un palito de madera con caramelo teñido de color verde en uno de sus extremos.
-¿Qué estará haciendo tu hermana que tarda tanto?
-Nuobse- dijo Arub con el dulce en la boca.

Gala buscaba la pelota cerca de la entrada. Estaba segura que había caído no muy lejos de donde se encontraba el ser inmóvil. Después de buscarla por el piso comenzó a buscar entre los arbustos que rodeaban la vivienda. Pero tampoco la encontró ahí. Trepó a la ventana más cercana pensando que desde la altura podría verla mejor pero tampoco pudo ver nada que la ayudase. Finalmente desistió y frustrada creyó que no volvería a ver nunca más a su juguete. Pero al pasar cerca de Sugum, notó algo diferente. Aunque permanecía inmóvil ya no se encontraba sosteniendo la espada que antes portaba y ahora solo estaba clavada en el piso. Su mano cubierta por un guante de metal opaco estaba extendida hacia delante y sostenía la pelota de trapo. La niña sonrió de gusto y tomó la pelota. Antes de irse dio media vuelta y corrió hacia Sugum. Lo abrazó por la cintura que era lo más alto que podía alcanzar. Él permaneció inmóvil. Pero dentro de la armadura retumbo, con una voz firme y tosca que intentaba no sonar amenazante, un claro “de nada”.

Los tres, Arub, Gala y Azhalea caminaron hasta las orillas del río y siguieron bajando por el mismo en son de encontrar al pescador. Gala que también disfrutaba un dulce, regalo de la joven elfa, viajaba tomada de la mano de la misma ya un poco menos inquieta. Arub cargaba la pelota y como ya había terminado su dulce seguía insistiendo con preguntas sobre elfos y gatos azules. A lo lejos los agudos ojos de la joven divisaron al padre de los niños que parecía estar dispuesto a retirarse después de haber pescado lo suficiente para comer y vender por un par de días. Pero algo más percibieron sus sentidos, el inconfundible hedor a orco. No sabía dónde estaban escondidos ni cuántos eran, pero podía oler su desagradable olor y calcular que hacía poco tiempo habían pasado por ahí. No estaba muy preocupada por que los atacasen, ya que son criaturas nocturnas, pero de todas formas se acomodo el cinturón donde colgaba su espada. Siguió caminando mientras intentaba no perturbar a los niños. Al poco tiempo llego donde el pescador. El hombre que olía bastante mal producto de su profesión se alegro de ver a sus hijos, aunque quedó un poco desconcertado de verlos en compañía de una elfa.
-¿Dónde han estado? -Los niños corrieron a abrazarlo y él extendió sus bazos y los sujetó.
-En el Palacio de Plata, pescador de Lurand. Mi nombre es Azhalea sacerdotisa de Eiugun y una hermana más de La Orden del Gato Azul. Al parecer se perdieron jugando por el bosque y fueron  a dar a nuestro lugar de descanso.
-Sí, he escuchado de ustedes. Mi nombre es Greff. Le agradezco su gentileza al traer a mis hijos de vuelta a aquí, seguramente me hubieran hecho perder bastante tiempo buscándolos por el bosque. Disculpe cualquier inconveniente que hayan causado. -En su tono de voz se sentía la honestidad de sus palabras. El pescador estaba un poco intimidado por la guerrera, por sus armas y por su belleza.
-Despreocúpese. En La Orden, estamos encantados de recibir invitados y en especial si son tan distinguidos como ustedes. Les he dicho a los niños que pueden regresar cuando gusten y mi invitación se extiende a su persona y a su esposa si es que desean venir. Es solo que en este momento nos encontramos acomodando un poco el lugar. Si lo desean estoy seguro que podrán pasar nuestro hogar en una semana.
-¿Podemos ir? -preguntaron los niños mientras tiraban de la camisa del pescador.
-Su oferta es muy generosa señora elfa -Dijo Greff que no se atrevía a verla a los ojos y dudaba sobre cómo tratarla pues la veía muy joven-. Pero yo solo soy un humilde pescador y no sabría como corresponderles a tan nobles guerreros.
Azhalea soltó una carcajada muy poco digna de una elfa -No le parecerán tan nobles una vez que los conozca. Y estoy seguro de que si trae alguno de sus pescados Beraza o Rikenv estarán encantados. Los peces son manjares para los enanos que viven en minas y bajo tierra y tienen pocas oportunidades de probar tal cosa. Lo digo enserio, pasen un una semana y serán bien recibidos.
-Entonces estaremos encantados de visitarlos en una semana a la hora del almuerzo. -Los niños vitorearon detrás del padre.
Azhalea se inclinó saludando. -Será hasta entonces Greff, Gala y Arub. Que los acompañe la fortuna y el amor.
Greff sujetó la carreta que arrastraba con sus propias manos donde llevaba su pesca y se despidió. Los niños lo acompañaron y mientras pudieron ver a la elfa siguieron saludando con sus manos. Ella permaneció en el lugar, no podía olvidar la amenaza de los orcos.

Cuando se encontró sola trató de inspeccionar el lugar pero dentro de ella sabía que donde se encontraban ocultos no le seria revelado por las pistas que pudiera encontrar. Cerca de ella se acercaron varias aves que cantaban a su alrededor.

-¿Ustedes saben algo que yo no sé? -preguntó dulcemente a los pájaros. Uno de ellos se acercó a su oído y cantó. -Pues de eso ya me había dado cuenta, querido amigo.- respondió la elfa a la pequeña ave roja. Nuevamente se acercó el pájaro a su oído y cantó. Ella sonrió agradecida y contestó. -Pues eso, querido amigo, si que no lo sabía.