martes, 25 de marzo de 2014

2 - Los dos enanos y el gran Palacio de Plata


El palacio de plata; Fenor.
Día 10 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


Había llegado la hora en que el sol está en lo más alto y todas las sombras desaparecen. Neilad todavía no se levantaba de su cama cuando comenzó a escuchar los golpes de los mazos cayendo sobre las piedras, el ruido rasposo de las sierras y las risas de los enanos. La habitación estaba despoblada de muebles o cualquier otra cosa que uno esperaría dentro del recinto de cualquier guerrero. Y ya se contaba más de un año que había comenzado a descansar ahí. A excepción de su cama y una canasta redonda donde dormía, en contadas ocasiones el gato azul, Neilad solo poseía un gran arcón donde se encontraban la mayoría de las pocas prendas que solía vestir, el resto estaban desparramadas por toda la habitación. Además guardaba un juego de tres morteros que usaba frecuentemente, un libro que no tenía ningún título pero era bastante grande, lo suficiente como para tener que ser leído dejándolo apoyado sobre una mesa, y algunas piezas de metales, algunos precioso y otros que no despertarían ningún interés. El espacio en si no era demasiado grande ni lujoso. Un candelabro de pie y dos más en las paredes iluminaban todo el lugar. La habitación era la más alta del palacio ubicada en la torre principal, de las seis que poseía y todo el área era circular. Una enorme ventana adornada con vidrios azules y rojos permitía que la luz entrase de día. El techo casi no podía distinguirse de lo alto que estaba y porque además terminaba en forma de arco como si todas las paredes se uniesen al llegar arriba. En el techo faltaban algunas tejas de loza oscura y cuando llovía era común que el agua se filtrase, pero eran menos comunes las lluvias. Era bastante incomodo llegar a la habitación ya que para hacerlo había que subir por una escalera externa. Y de noche el frío desanimaba a cualquiera que viniese a molestarlo. Su escudo era de metal, ancho y pesado. Llevaba dibujado el emblema del gato azul. Y siempre lo dejaba cerca de la puerta a pocos pasos de la cama cuando él dormía. Su espada, que nunca parecía estar muy afilada, solía estar más tiempo en su funda que brillando a la luz del sol. El hombre daba vueltas sobre la cama tratando de taparse los oídos con la almohada. Su cabello que era largo y negro y en este momento estaba desatado, se enredaba en sus brazos o se pegaba a su espalda desnuda. Además de un par de pantalones color gris solo vestía la única alhaja con la que alguna vez fue visto, un anillo de plata liso que llevaba en su mano izquierda. El gato con un sueño más ligero se despertó bostezando. Lamió una de sus patas y se incorporó. Arqueó su espalda, se estiró y sin más saltó por la ventana para salir paseando por los techos.

Bajo la intensa luz del sol, los dos enanos trabajaban la piedra mientras tomaban cerveza tibia. Sus mazas iban moldeando a las rocas de forma que pudieran usarse para reparar las tantas fallas que se encontraban el palacio abandonado por años en el que ahora vivían. A pesar de su apariencia tosca los enanos no solo arreglaban la estructura del palacio sino que también tallaban y reconstruían las muchas piezas artesanales que adornaban antaño el lugar y que ahora estaban derrumbadas. Con gran delicadeza se esmeraban en cada pequeño detalle. Las gárgolas parecían cobrar vida después de que los enanos pasaban con sus herramientas. En la terraza animales y quimeras creadas por las manos de los hombres adornaban el espacio que ahora se encontraba repleto de plantas que brotaban de entre las juntas de las piedras grises del palacio. Pero muchas de las piezas no habían resistido al tiempo o al saqueo de los propios hombres. Los enanos muchas veces no distinguían los animales reales de los inventados ya que eran pocos los que habían visto y las reconstrucciones habían terminado por formar monstruos increíbles sumamente expresivos que escapaban a la imaginación de quienes los vieran con golpes en la piedra que ningún hombre podrá jamás realizar. Algunos días los enanos fundían piezas de metal e iban agregando objetos a la decoración del palacio. A veces eran candelabros sumamente retorcidos y muy poco simétricos, otras veces las bisagras de las puertas terminaban por crecer y se expandían por la pared como si el metal de las mismas hubiese sido soplado antes de terminar de endurecer cuando todavía estaba al rojo vivo. Todos los picaportes habían sido reemplazados por piezas únicas. Las ventanas en su mayoría poseían ahora vidrios nuevos. Muchos como la habitación de Neilad eran vitros con dibujos abstractos. Algunas paredes habían sido talladas y pulidas hasta convertirse en espejos. En reales espejos de piedra que asombrarían a cualquier rey. Y en las mismas habitaciones otras paredes se encontraban completamente irregulares por el pasar del los poderosos martillos. Los dibujos y bajorrelieves que habían creado los enanos podían ser contemplados por horas. La altura de las habitaciones era por lo general exagerada. Aun así los enanos habían reparado la mayor parte de las filtraciones y cambiado las cerámicas viejas y rotas por unas nuevas que cocían en un horno que habían construido a pocos días de haber llegado. Pero las tallas en las paredes no solo eran de piedra sino también de metal, madera y cerámicas. Trabajadas de maneras distintas pero que se unían todas en armonía. El estilo de los enanos parecía apoderarse del lugar como si se espáciese  una mancha de tinta en un vaso de agua y tiñese todo sin cambiar la sustancia. Aunque el palacio no era en sí mismo una fortificación Beraza y Riquenv se habían encargado de reforzar las paredes exteriores con gran habilidad. Así como las puertas de entrada. Las columnas de la casa también habían sido reforzadas y re talladas. Todas las puertas eran redondas en su parte superior y se habían encargado de reajustar a las mismas algunas que incluso eran cinco veces su altura.

Rikenv era el más viejo de los dos, con setenta y siete años. Una edad respetable para un enano que todavía tiene muchos años para vivir. Era pequeño pero fuerte con una gran barba rojiza que se enredaba en su ropa desprolijamente. De pequeño su padre le había enseñado a luchar cazando cocodrilos. “Nada te hace mas enano que aplastarle la cabeza a un cocodrilo, si es que no tienes un orco a mano.” Decía su padre y después reía. El padre del enano había sido uno de los pocos en su raza en recorrer el mundo por placer y los cocodrilos eran los animales más feroces que había encontrado que él pudiera ver a los ojos al enfrentarlos. Por esta razón que Rikenv no estaba armado con una de las tradicionales hachas de los enanos sino con un gran mazo de metal que era cuadrado en una punta y afilado y puntiagudo de la otra. Con el mismo partía las armaduras de sus enemigos como si fueran nueces. Se las había ingeniado para hacerse un buen par de botas de cuero de cocodrilo el cual había impermeabilizado muy bien por lo que no se preocupaba mucho por andar por pantanos y lugares similares. Como todo buen enano viajero debe ser. Beraza por su parte no parecía ser un verdadero enano. Su altura era descomunal así como su increíble fuerza. Nadie sabe porque los dioses desearon un enano tan enorme pero su altura superaba a más de un humano, incluyendo a Neilad que era bastante pequeño en comparación a él, y a casi todo el mundo. Los brazos de Beraza eran poderosos y resistentes como el roble. Su espalda era del tamaño de una mesa. Sus piernas robustas como columnas. Mucho más joven que su fiel amigo con quien no guardaba ningún otro parentesco más que el pertenecer a la misma raza, habiendo cumplido veintinueve años era más joven que Neilad que lo superaba por un par de años. Beraza nunca se desprendía de su pipa que era larga y finamente tallada. Solo él podía fumar de esa pipa, una sola pitada de tal cantidad de tabaco llenaría los pulmones de cualquier otro enano, humano o elfo que se plazca. Nunca había encontrado un yelmo que le cupiese o podido juntar suficiente metal para tal circunferencia de cráneo, en cambio había optado por cubriese la cabeza con una capucha puntiaguda. Principalmente por diversión ambos se habían auto encomendado la tarea de arreglar el lugar, de una manera muy enana por supuesto. Desde el alba hasta el anochecer trabajaban sin parar y a gran velocidad. En tan solo tres meses ya habían retocado con su estilo la mitad del lugar. Y  ese día seguían con su tarea del lado de atrás del palacio. Se contaban chistes absurdos mientras golpeaban sus jarros de cerveza. Cuando bebían la mitad de lo que salía del recipiente se desparramaba por sus barbas lo que solo los llevaba a llenar sus copas otra vez y a seguir bebiendo. Era común que al terminar el día caminasen dando círculos o se quedasen dormidos sobre las mismas piedras que tallaban. A veces Neilad se preguntaba si sus retorcidos candelabros eran producto de un encantador arte o de un par de borrachos que ya no podían forjar una sola pieza derecha.  

Ya para el mediodía se habían bajado medio tonel de cerveza que Maz, otro de los que moraban el palacio,  había conseguido en una apuesta. En realidad ese era el único que había conseguido de esa forma, los demás los había ido robando con gran sutileza de las bodegas de varios desafortunados aldeanos. El sótano del palacio se encontraba repleto de estos toneles de cerveza y vino. Neilad que solía ver como se iba llenando misteriosamente la parte inferior del edificio había preguntado cómo era que las conseguía pero pronto desistió ante las empalagosas palabras del cleptómano que hubiera sido capaz de convencerlo de que el mismo Neilad las había traído en algún acto de sonambulismo. Además terminó por ser sobornado por algunas tinajas de hidromiel que solo Maz sabia donde las había conseguido, pero resultaba ser la bebida alcohólica favorita de Neilad. Los enanos estaban a punto tal que todavía no escuchaban los comentarios de las piedras con las cuales al caer el sol solían mantener largas conversaciones pero si sentían sumamente interesados por las sobras de la cena del día anterior  y sobre todo por recordar que es lo que habían comido el día anterior. De repente algo zumbó cerca de sus cabezas y cayó sobre el césped haciendo un chasquido. Los enanos voltearon y notaron una de las inconfundibles botas blancas de Neilad. Era evidente que el bullicio de los enanos lo había irritado. Beraza y Rikenv estallaron de risa y comenzaron a cantar cada vez más fuerte, mientras regaban de cerveza el lugar.

Para cuando los enanos distinguieron a la elfa, ella, solo se encontraba a pocos pasos. Al mismo tiempo Neilad salía del palacio vistiendo sus babuchas, un jubón blanco y una sola bota y caminaba con bastante enojo hacia donde estaban ellos tres.
-Perfecto de los que estamos solo a ustedes me faltaba reunir. -dijo Azhalea dirigiéndose a los enanos mientras que con la mirada observaba a Neilad.
-Un gusto verla sacerdotisa. -Saludó Rikenv que se inclinó volcando todavía más cerveza.
-Muy buenos días señorita -dijo Beraza articulando en el mas cortes tono que podía con medio tonel de cerveza encima-. Parece que acá nuestro amigo Neilad también viene a saludarla.
-¿Pero es que ustedes no descansan nunca?- Gritaba Neilad de fondo, que solía tener muy malas mañanas o en el mejor de los casos medios días.
-Bueno ya compañeros necesito que nos reunamos en el salón principal tengo noticias urgentes que comentarles -Interrumpió la elfa con un tono de preocupación en su voz y continuó-. ¿Neilad, que haces con una sola bota puesta?
-Es solo el común mal humor de las mañanas, ya verás que en un rato será el mismo de siempre. -Beraza soltó su mazo y después de quitarse las piedritas de su ropa se dirigió al palacio acompañado de Rikenv y Azhalea. Neilad refunfuñaba por lo bajo mientras se colocaba la otra bota.
-¿No será tan urgente como para que no podamos almorzar mientras lo cuentas Azhalea?- Preguntó Rikenv.
-La comida ya está servida. Serotonino ya espera en el salón. Sugum como siempre permanece afuera. -Aclaró la elfa.
-Bien eso siempre es importante saberlo. -dijo el más viejo de los enanos.

            Serotonino, el alquimista, estaba sentado frente a la mesa repleta de comida. El medio elfo se incorporó al ver llegar a sus compañeros y saludó con un gesto, inclinando su cabeza hacia un costado y quitando la capucha de su cara. Vestido con una túnica roja y negra adornada con bordados rojos y dorados en sus mangas que colgaban por sus brazos y que estando parado no dejaban ver sus manos repletas de anillos. La túnica no le cerraba en el pecho que se mostraba en parte desnudo y con sus huesos profundamente remarcados. La cara del invocador de demonios era oscura y algunos tatuajes trepaban por su cuello. Volvió  a sentarse tranquilamente. Desde hacía poco Neilad había comenzado a enseñarle la preparación de pociones, arte el cual el guerrero de blanco atuendo dominaba. Serotonino, no era en esencia perverso pero sus habilidades mágicas eran mayoritariamente oscuras, no obstante no eran las únicas que conocía y sentía un profundo interés por la alquimia y la magia en todos sus aspectos. Con Neilad habían armado un vivero en un espacio retirado de la casa cerca del río. Ahí cultivaban algunas de las plantas que usaban en sus pociones otras las encontraban en los bosques o en el mercado del pueblo. Dentro del palacio había instalado un gran laboratorio donde llevaba a cabo sus experimentos y practicaba su magia.
            Una vez que todos se sentaron Azhalea comenzó a hablar.- Bien, lamento la ausencia de algunos de nuestros hermanos pero tengo noticias para informarles que no pueden esperar. Días grises se aproximan. La Orden del Gato Azul corre peligro y debemos actuar pronto. Hoy al acompañar a unos niños extraviados hasta donde se encontraba su padre he notado la presencia de orcos en la zona…
-¡Bien vamos a tener diversión! -exclamó Rikenv.
Beraza golpeó la mesa con su copa mientras gritaba algo inentendible ya que tenia medio pato metido en su boca.
-Ojala fuera tan sencillo querido amigo pero no lo es. No es la presencia de los orcos lo que me alarma sino el porqué. Las aves y plantas me han contado que hace ya varias noches que se mueven por el bosque dirigiéndose hacia aquí. No tengo muy claro las razones de los mismos, pero me he enterado que al noreste de aquí cruzando al río vive una ogra que ha mandado llamar a Neilad.
-¡Era hora que salieras a conquistar mujeres Neilad! -dijo Beraza riéndose que ya iba por su segundo pato.
-¿Pero se pueden callar de una vez y escuchar? -exclamó la elfa que estaba cada vez mas irritada con los enanos.
-Bueno ya, nos callamos. No vaya a ser cosa que empieces a revolear botas por nuestras cabezas. -dijo el enano de barba roja. Neilad por primera vez en el día rió.
-Esto es serio. Gudhlrash Gaga, la ogra, a pedido nuestra ayuda y es urgente. Aunque ella no puede escapar de su pantano, se encuentra protegida por un encantamiento de los orcos que la acechan. En este momento no poseo todos los detalles pero sé que algo valioso han robado de ella. Algo que hará poderosos a los orcos. Lo más terrible es que no se trata de orcos comunes, sino de orcos con cualidades superiores a sus pares y que están ansiosos de obtener poder para distribuir destrucción a su paso. Sus armas están envenenadas y llenas de maleficios de magos oscuros y antiguos. Sus armaduras han sido reforzadas por los martillos de enanos que han torturado y extorsionado para trabajar metales malditos. Sus mentes no son las sencillas y estúpidas mentes orcas que conocemos. Están guiados por sagaces generales orcos que han sabido hacerse sabios. Una fuerza misteriosa rodea su paso y los hace invisibles a nuestros ojos. Han avanzado durante días desde el norte sin que los notásemos. Quien los comande no ha dejado la tradicional estela de destrucción que escolta a los orcos sino que con astucia han pasado desapercibidos y ahora están a nuestras puertas dispuestos a atacar cuando les convenga. Como la bruja ogra a puesto su interés en Neilad ellos también lo han hecho y ahora intentaran capturarlo o matarlo. No es prudente por esto, Neilad, que te quedes aquí. Los orcos te persiguen. Y no puedo saber porque se ocultan o bien que tan cerca están realmente de aquí. Hoy a la mañana encontré lo que parecían ser restos de un pequeño campamento, posiblemente de un grupo de avanzada. Pero no se qué tan cerca este el resto. Solo sé que son cientos los que han entrado al bosque. Y se dice que son miles más los que habitan las tierras de donde proceden.
Neilad meditó un segundo. Los enanos se mantuvieron en silencio esperando que el hombre hablase, Serotonino miró seriamente a Azhalea que no había probado un bocado -Supe de la ogra antes de llegar aquí hace casi un año, pero nunca sentí la necesidad de visitar a nuestra vecina -La voz del hombre era tranquila y serena-. No suelo hacer pactos o alianzas con ogros, pero estimo que es mejor que hacerlo con orcos -Neilad frunció el seño mientras decía estas palabras y entonó-. He de ayudar a quien me lo pida ese es el camino que intento recorrer. Y no le tengo miedo a los orcos que ponen precio a mi cabeza por mas especiales o poderosos que sean. Partiré ahora mismo hacia allí está a un día y medio de viaje desde aquí por lo que con suerte llegaremos a la noche de mañana si no paramos a descansar.
-Yo por supuesto te acompañaré Neilad -dijo Azhalea.
-Sin duda nosotros también, no tengo ganas de esperar a que los orcos me ataquen, mejor voy yo en busca de ellos. -Afirmó Rikenv.
-¡¡¡A por ellos!!! -Brindó el otro enano.
-Sugum y yo esperaremos a los demás para informarles, maestro -Acotó Serotonino con un alto grado de educación-. Protegeremos La Orden y al Palacio de Plata junto con nuestras sagradas creencias.
Neilad posó su mano sobre el hombro del medio elfo. -Gracias, cuento con eso. Partimos en cuanto los caballos estén listos y los platos vacíos.