lunes, 31 de marzo de 2014

4 - Ciento veintiún orcos de Glansh-Glúgarth


El palacio de plata; Fenor.
Día 10 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


Ya habían pasado siete horas desde que el grupo había abandonado el palacio. El sol descansaba desde hacía pocos minutos. Sugum corazón de oro se encontraba en la misma posición en la que había amanecido. Serotonino intentaba divisar, parado en la terraza del palacio, a los orcos que acechaban en la oscuridad. Sostenía con sus dos manos una pequeña taza que contenía una infusión la cual iba bebiendo de a pequeños sorbos. Los poderes del medio elfo se multiplicaban por la noche. Era capaz de entrar a un estado de trance y fundirse en el reino de los sueños y así penetrar en las mentes de los enemigos que lo rodeasen y aprender sus debilidades, con ritos ancestrales de artes oscuras. Serotonino el ilusionista capaz de engañar a los sentidos, de proyectar imágenes, de mezclar realidades. Serotonino el invocador, capaz de animar objetos, de traer seres elementales en su ayuda, de movilizar al fuego, al agua, al viento en su beneficio. Serotonino el alquimista, conocedor de los secretos de los metales y las piedras, capaz de extraer magia de los minerales. Serotonino el boticario, mezclador de pociones y capaz de extraer aceites refinados y de hacer infusiones curativas. Algunos lo conocían como Serotonino el mago rojo señor de los sueños. Pero esa noche aun con todos sus poderes mágicos no podía sentir la presencia de los orcos y aun así toda su piel se erizaba y sabia en lo profundo de su alma que estaban allí. Se sintieron los pasos de pequeños pies subiendo por la escalera de piedra hacia la terraza. Verokai la inmortal, se acercaba. La elfa era sabia y antigua. Su piel era pálida, sus labios de color rojo intenso, su cabello era negro, largo y sus puntas eran del color del fuego. Fría como la noche, de risa fácil y sonrisa constante. Era burlona, despreocupada, hermosa y cuando reía sus carcajadas retumbaban en el cielo. Vestía encajes negros que se asomaban por su falda y por su pronunciado escote. Llevaba medias de seda y encaje que le llegaban hasta la mitad de la pierna y calzaba botas de cuero negro, con incrustaciones de piezas y placas metálicas. Su peto y armadura, que la vestía como una falda, también estaban cubiertos con miles de diminutas placas de metal afilado que funcionaban a la vez como adorno y como protección. Llevaba  guantes largos y negros con bordados rojos. Arriba una oscura capa con capucha la cubría entera y en su cintura descansaba una espada elfa de acero oscuro, muy rara en su clase con poderosas runas grabadas en su hoja. Sus naturales dones de elfa permanecían en su gran mayoría intactos, su visión y su oído y su gran sensibilidad. Pero ya no poseía la habilidad de comunicarse con las plantas como antaño y lo que quedaba era muy poco de su fusión con la naturaleza. En otros tiempos había sido convertida a la fuerza en la criatura demoniaca que ahora era. Su alma había sido pervertida y su cuerpo debía ahora escapar del sol. La llamaban la inmortal, no por ser elfa y no envejecer, sino porque se decía no podía morir ya que sus heridas cicatrizaban con increíble rapidez. Solo había dos formas de acabar con ella. Una era exponerla a los rayos del sol, pues ese dios en particular odiaba a los de su clase y había prometido exterminarlos, así que ellos jamás dejaban verse por él. La otra forma era cortarle la cabeza. Pero Verokai era veloz como nadie y conocía varios trucos de magia oscura que usaba en su beneficio. Aun así el dolor no le era ajeno y sentía cada golpe tanto como cualquier otro elfo. Y de la única cosa de la que podía alimentarse era de la sangre de las victimas que solía cazar. Los caminos de ella y Neilad se habían cruzado alguna vez y había prometido entonces, regresar a acompañarlo cuando fuera necesario. Y allí estaba como una integrante más de La Orden del Gato Azul.
La tenebrosa elfa bostezó mientras estiraba sus brazos hacia arriba -Buenas noches.
-Buenas noches. Interesante noche, también -El mago tomó de su pequeña taza un sorbo -. En tres días será luna llena. Mis poderes y posiblemente también los tuyos, estarán al máximo.
-Tengo en cuenta eso, lo sabes bien. ¿Acaso buscas conversación? -Pregunto Verokai sonriendo burlonamente. Serotonino se encontraba expectante, sumido en la búsqueda mental de los orcos, pero ni un rastro de los ellos aparecía en su trance, por lo que no contestó. Serio, sorbía de a poco la infusión que se iba acabando. La elfa levitó hasta quedar parada sobre la baranda del edificio. Y después de caminar por ella fingiendo hacer equilibrio exclamó- Es interesante, sí. Algo me dice que hay orcos cerca.
-No he podido dar con ellos. He estado rastreándolos pero mi magia no puede alcanzar sus mentes. Esto demuestra que no se trata de orcos comunes y corrientes, Azhalea tenía razón.
La elfa estaba ahora ubicada delante de él, parada sobre la baranda mirándolo. Soltó una carcajada mientras lo observaba desde arriba. Luego se inclinó hasta que su cara quedó a la misma altura que la de él, apoyó su dedo índice en la nariz del medio elfo.- Mi pequeño semi hombrecito, no necesito de magia para saber eso. Simplemente puedo oler la sangre orca a miles de pasos de distancia. Son muchos y nos rodean. -Y volvió a reír.
-Neilad, Azhalea y los dos enanos han ido en busca de una ogra al noreste de aquí. Maz sin duda se encuentra en la taberna de Bruen, posiblemente desde antes de ayer. Betu como siempre está desaparecido. Solo estamos Sugum, Sefit tu y yo. Para defender el lugar.
-Más diversión para nosotros. -Y siguió riendo. El color de su cabello cambió a rojizo, después a violeta y a índigo y finalmente regresó al negro. Siguió caminando por la baranda.

Del otro lado del palacio, la primera oleada de orcos se acercaba sigilosamente. Dos de ellos se arrastraron hasta acercarse a las puertas del palacio. Su piel verde estaba cubierta por una armadura formada de cuero y metal. Los brazos, de un largo desproporcionado, estaban sucios de barro. Las espadas orcas oxidadas, habían sido fundidas en una sola pieza, lo que las convertía en débiles comparadas a las espadas humanas y elfas, forjadas a miles de golpes y sus empuñaduras estaban vendadas en tiras de cuero putrefacto.
Uno de ellos se acercó a una estatua y agachado gruñó- Por aquí estúpido orco. -El otro orco a solo unos pasos del lugar escupió al piso.
Lentamente el primer orco se incorporó y vio como sus compañero iban llegando de a uno en la oscuridad. Finalmente, creyendo ser el primero en llegar sin ser notado, salió de detrás de la estatua y comenzó a hacer señas a los otros. El segundo orco todavía estaba en el piso viéndolo moverse. Sintió un zumbido y algo lo salpicó. La sangre oscura de orco chorreaba por su cara. El primer orco yacía muerto dividido en dos partes. La enorme espada de Sugum, el guardián, se encontraba en el medio de lo que antes era un guerrero orco entero y no dos mitades. La batalla había comenzado y la sangre de orco ya había sido derramada. El segundo orco se incorporó velozmente y revoleó su garrote hacia Sugum quien interceptó el golpe con su poderoso escudo. El sonido se escuchó en todo el bosque y a lo lejos unas aves escaparon de las copas de los arboles en los que descansabas, asustadas. Tal fue el impacto y tan macizo el escudo que el garrote del orco se deshizo. Se abalanzó sobre él gruñendo y escupiendo. Sugum pateó fuertemente al orco en su estomago y este cayó boca arriba sobre el piso sin aire. El antes inmóvil guerrero levantó la espada de un solo filo por sobre su cabeza y la dejó caer. El golpe separó una de las piernas del orco de su cuerpo, el cual gritó de dolor. El segundo golpe de Sugum lo silencio para siempre. Habiendo sido puestos en evidencia los orcos se deshicieron de su camuflaje mágico y comenzaron a correr hacia el palacio gritando y lanzando proyectiles hacia las ventanas, algunos encendieron antorchas con las que intentaron quemar el lugar. Serotonino se asomó por el extremo de la terraza para contemplar la batalla. A tres pisos de altura o la altura de veinte hombres, la escena era clara y las decenas de orcos podían verse fácilmente, ellos rodeaban el lugar. Verokai corrió por los tejados hasta llegar al extremo en el que estaba Sugum y se arrojó al piso, girando ágilmente en el aire. Antes de tocar el suelo se detuvo como si hubiese sido contenida por un colchón de aire. A todo esto las puertas del palacio se abrieron de par a par y de entre las sombras apareció Sefit. El guerrero conocido como “el imbatible” era alto y desgarbado. No vestía armadura alguna a excepción de una sola hombrera en su brazo izquierdo. Sus ropajes de cuero y tela negra se le ceñían al cuerpo. Su hombro derecho estaba descubierto y sus brazos estaban tapados por guantes largos sin dedos que se apretaban a sus brazos por medio de tiras atadas en forma desprolija. Portaba una espada en su espalda. Forjada por miles de golpes de herreros hombres. Su hoja era refinada y exquisita. El arma perfecta para el guerrero perfecto. Para el joven hombre su vida y alma eran su arma. Con un pasado oscuro y siniestro contaba muertes de orcos como estrellas hay en el cielo. Se decía que por cada golpe de su enemigo él podía dar dos, aunque el segundo solo sirviese para decorar el cadáver. Sin ningún tipo de respeto por la situación y como si las decenas de orcos que se alzaban en armas enfrente a él se tratasen perros raquíticos y sarnosos tratando de cazar un buey, se dirigió a su público de orcos- A ver… ¿Qué está pasando aquí? -mientras masticaba una presa de carne seca y salada que estaba cenando.
Verokai rió descontroladamente y en un gruñido de placer gritó- ¡ORCOS! -Y se lanzó a la lucha.
Los seres pútridos conocían la fama del imbatible Sefit y antes de que él desenvainase su espada, cincuenta de ellos ya lo habían rodeado. Estos no eran los típicos orcos que atacaban si estrategia alguna, habían sido entrenados para actuar en conjunto. El joven sonrió como si esto solo lo hiciese más divertido.
Serotonino desde lo alto, dibujó signos en el aire con sus dedos, luego, extendió sus brazos en forma paralela al piso y aplaudió una vez con los brazos extendidos y apuntó con su mano derecha a una de las gárgolas que había retallado los enanos. Alzó su mano una vez más y volvió a aplaudir de la misma forma y repitió el gesto anterior. La criatura de piedra comenzó a moverse. El monstruoso felino de piedra llevaba un enorme cuerno en su nariz y largos colmillos tallados, en el más delirante estilo de los sueños de un enano. El tigre de granito se sacudió, Serotonino montó en su lomo y el pedregoso animal saltó desde la terraza hasta la parte norte del palacio. Sugum ya se había movido hacia el ala oeste donde se había encargado de matar a tres orcos más. Dos de los que quedaban se habían colgado de su cuello pero él avanzaba como un río desbordado. El guerrero se sacudió a los orcos de encima que no poseían suficiente fuerza para detenerlo. Un tercero corrió con una lanza detrás de él y lo atravesó por la espalda. Sugum clavó su espada en el piso y con su mano tomó la lanza que le atravesaba la espalda y salía por su pecho. Siguió tirando hasta que la sacó por completo sin romperla. Del hueco que quedó en su armadura nunca brotó sangre solo polvo. El orco se sintió inundado de temor y en llanto exclamó- Pero, ¿Qué eres? -Sugum  lo golpeó con el escudo y le partió el cráneo en mil pedazos.

Verokai se movía esquivando los golpes, desenfundo su espada mientras corría entre sus enemigos. El primero fue degollado, al segundo le abrió el estomago, un tercero se lanzó sobre ella pero su espada elfa se ensartó en su corazón. Tres orcos mas la rodearon cuando el primero gritó dirigiéndose a ella, movió su espada y le quitó los ojos, otro de los orcos trato de acuchillarla en el estomago pero lo esquivó y solo consiguió asesinar a su ciego compañero y antes de que pudiera quitar el cuchillo del orco la elfa le cortó la cabeza. El último consiguió herirla en una pierna. Primero gritó de dolor pero antes de que el verde guerrero pudiera regocijarse ella arrancó el cuchillo de su pierna mientras la misma se regeneraba ante los ojos asombrados del orco. Ella lo tomó por la cara y salto girando por arriba de él sin soltarlo hasta estar del otro lado, quebrándole el cuello y arrancándole la cabeza. La elfa le gritó a la asquerosa mueca en la que se encontraba la cabeza cercenada del enemigo. La soltó al aire y la pateó.

Serotonino se defendía en el norte montado en el felino de piedra. La gigantesca quimera despedazaba a sus víctimas con sus zarpas o los atravesaba con su cuerno. Los orcos que conseguían golpear al animal destruían sus espadas contra la piedra. Aunque el invocador portaba una daga no la había desenvainado todavía. Dejaba que su criatura se encargase de aplastar orcos.

Del otro lado Sefit calculaba la situación. Todos los orcos que lo rodeaban estaban en guardia esperando algún movimiento de él. Pero él solo los seguía con la vista y todavía no había desenvainado su espada. Uno de los orcos gritó y se tiró sobre él blandiendo una espada humana. En el tiempo que toma pestañear, el guerrero desenvaino su arma y cortó el vientre del orco. Dos guerreros más se tiraron sobre el joven, el primero alzó su arma pero antes de que pudiese bajarla Sefit le atravesó la cara, el otro recibió un corte que le abrió el pecho. Cinco más se lanzaron sobre él, que esquivó los ataques al mismo tiempo que mataba a dos de ellos. Los tres restantes volvieron a atacar pero les cortó las manos a dos, el tercero quedó a sus espaldas e intento acuchillarlo, pero aun sin verlo movió su espada y le atravesó el estomago. Volvió a llevar su espada delante de él y finalizó a los dos que había dejado mancos. Sin terminar el movimiento giró sobre una de las filas que lo rodeaban y le cortó la cabeza a uno de los guerreros que no atinó a moverse. Los otros se corrieron, pero la espada del hombre alcanzó a tres más. Comenzó a correr por el borde interior del círculo de orcos que lo rodeaba. Su espada subía y bajaba por los cuerpos de sus presas que no conseguían asestar un golpe. Doce más cayeron. Pero todavía se encontraba rodeado. Uno de los enemigos perdió el valor e intentó escapar pero la espada del imbatible fue más rápida. Mas orcos lo atacaron golpeó hacia su izquierda y hacia su derecha y dos cabezas rodaron. Los orcos que quedaban, atemorizados, se agruparon y dejaron de rodearlo, ahora era Sefit, quien los rodeaba. Giró por el piso y pasó su espada a la altura de la cintura matando a más orcos. Finalmente el grupo se dividió y comenzó a huir. Sefit alcanzo a cada uno de ellos y les dio muerte.
Varios de los orcos que se encontraban intentado destruir el animal que montaba el mago rojo, se detuvieron al ver una cabeza que volaba por los cielos cayendo al piso y rodando cerca de él. Ninguno de los que inicialmente habían arremetido contra el palacio había resistido a los guerreros de la orden. Verokai Sugum y Sefit se reunieron donde el mago se encontraba. De entre los árboles del bosque surgieron los últimos guerreros orcos que quedaban. Estos no eran iguales a los anteriores. Veinte orcos bien equipados con corazas labradas y lanzas de puntas envenenadas envueltos en ropajes rojo oscuro avanzaban en formación. Detrás las figuras de otros dos orcos se distinguían uno era enorme, casi el doble de los otros pero en su horrible cara se reconocía el indiscutible linaje orco. Portaba un garrote de madera que por su tamaño parecía ser el tronco de un árbol que recién había arrancado. El otro vestía un yelmo adornado con pelos de animal y estaba cubierto por una capa con bordados negros. Llevaba una espada indiscutiblemente humana por su simetría. El último dio un paso al frente y se dirigió  a los caballeros de la orden del Gato Azul.
-Veo que han vencido a mis guerreros. A todos ellos -Gruñó-. A cien guerreros orcos solo entre cuatro de ustedes. Y tu humano, has acabado con la mitad ellos únicamente valiéndote de tu espada. Tú has de ser Sefit el imbatible -El joven y desgarbado hombre no se mosqueó-. No esperaba menos de ustedes por lo que se cuenta -El orco movía sus brazos y agitaba sus manos mientras escupía entre las palabras tratando de tener cierta diplomacia en la cual nunca había sido instruido-. Mi nombre es Glansh-Glugarth, quinto general del rey Murgthiz. Y estoy buscando a Neilad. Entréguenmelo y su muerte no será tan horrible. Protéjanlo y me encargare de que sufran torturas durante meses.
Serotonino se dirigió a Glansh-Glugarth con su habitual frialdad -Solo un orco estúpido como tu consideraría amenazar a cuatro personas que han acabado con tu tropa de cien guerreros en diez minutos. Solo un orco tan estúpido como tu es capaz de pensar que cualquiera de los miembros de La Orden sería capaz alguna vez de traicionar a Neilad o a otro de sus integrantes. No estás en posición de reclamar nada. Sería mejor que te pongas de rodillas y clames piedad, ya que el único que consideraría seriamente en perdonarte la vida es quien buscas y no se encuentra ante ti. Tu estupidez te trajo hasta aquí a enfrentarnos pero será tu soberbia la que te lleve a la tumba por no haber escapado cuando pudiste. Ahora muere y se olvidado.
Los tatuajes del cuello del alquimista se movieron cambiando de forma. Movió sus manos y el fuego de las antorchas de los orcos comenzó a crecer hasta quemarlos. Los soldados rompieron formación. El felino de piedra saltó contra ellos. En vano las puntas envenenadas de los orcos se quebraban al golpear el duro granito. Sugum y Verokai se encargaron de matar a los que todavía quedaban con vida. Glansh-Glugarth llamó a su guardaespaldas, el gigantesco orco del garrote a la batalla. Sefit lo enfrentó. Esta vez sí estaba en guardia. El gran orco parecía ser capaz de derrumbar una pared de un golpe y ningún guerrero sobrevive confiándose demasiado. El orco gruñía mientras lanzaba golpes que no acertaba. El hombre se movía hacia los lados eludiéndolo y cansándolo pero la resistencia del orco no tenia limites. En un rápido movimiento de espada consiguió herir el brazo del orco que soltó el garrote, luego otro corte se dirigió hacia la pierna, de donde comenzó a brotar sangre oscura. Finalmente el guardaespaldas de general orco cayó de rodillas sosteniendo sus heridas. A Sefit solo le quedó atravesarle la cabeza con su espada para liquidarlo. Finalmente Glansh-Glugarth se sintió acorralado y sacó su espada pero antes de que pudiese usarla Sugum le cortó la mano. El orco gritó del dolor y Verokai saltó sobre él devorando su sangre y secando al último orco en pie mientras todavía vivía.
Sefit limpió su espada y exclamó -¡Esto ha sido muy divertido!, pero yo me voy a la taberna. Los borrachos de los enanos han vaciado nuestra despensa otra vez y solo queda esa asquerosa hidromiel.
Serotonino contempló los cadáveres desparramados por toda la periferia de la orden.- ¿Quién limpiara este desorden?

El hombre que ya se alejaba de ahí se dio vuelta y dijo -Que lo haga Neilad, cuando regrese.