lunes, 31 de marzo de 2014

5 - La Taberna de Bruen

 
Lurand; Fenor.
Día 10 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


            -¡Quiero elfas! -gritó Maz que hacía ya varios días que había salido de juerga. Vestido con una capucha verde y un traje de tela finamente bordado pero muy resistente llamaba la atención en la taberna de Bruen que no dejaba de ser una fonda, lo suficientemente grande para albergar a casi setenta personas y donde la poca iluminación ayudaba al ambiente. La mayoría, en el lugar, eran hombres que sin mucha presencia o dinero habían salido al único lugar donde poder tratar de relajarse, si uno deseaba salir de noche. Lurand era una aldea ni muy chica ni muy grande. Principalmente se dedicaba a la manufactura de determinados productos no muy complejos como zapatos, algunas telas, aceite de oliva, pan y provisiones que se encargaban de vender a los viajeros que solían pasar por ahí. Era una parada no muy importante dentro de una ruta comercial que se extendía por todo Fenor. La aldea estaba protegida por una empalizada que en las tardes de verano los niños utilizaban de escalador, divirtiéndose al subir y bajar de la misma. Los años de gloria de Lurand habían quedado atrás hacia décadas cuando la última persona adinerada había dejado el valle. El último descendiente de una familia acaudalada se había casado con una mujer de un pueblo lejano y había abandonado su vida de burgués para dedicarse a la música junto con su amada mujer. El palacio de plata fue entregado en canje de sus deudas, que eran muchas y había sido adquirido por el gobierno de Lurand. El palacete repleto de lujos había sido saqueado varias veces a lo largo de los años. Y la calidad de vida de la aldea había bajado bastante. En ocasiones especiales el lugar era utilizado para realizar festividades como el festival de las aceitunas o la colecta anual de los sacerdotes de Irus, la diosa Luna. La aldea escasamente defendida, no era saqueada muy a menudo porque casi no poseía nada. Aun así la presencia de La Orden había cambiado bastante el ambiente, dándole algo de prestigio. Pronto los viajeros comenzaron a sentirse más protegidos y las ventas y el intercambio comercial aumentaron. Esto hacia que la presencia de cualquiera de los miembros de La Orden fuera bien recibida. Maz, el cleptómano, siempre trataba de sacar provecho de esto. Descuidado e incapaz de dejar de llamar la atención ya había sido en varias otras ocasiones atrapado en situaciones embarazosas que lo habían forzado a tener que desaparecer de varios lados. Esta ya era a tercera noche consecutiva de juerga y parecía estar tan fresco como la primera. En las últimas horas había ganado varias apuestas obteniendo grandes cantidades de dinero que inmediatamente gastaba en rondas generales de cerveza y varios licores para las damas. Su carisma infinito opacaba a la de Neilad. Pero mientras que el último era un bonachón ingenuo que inspiraba confianza el primero era malicioso y ventajero aunque no maligno. Y por más que todos sabían que estaba haciendo trampa pocos podían decirle que no. En especial las mujeres que lo rodeaban. Y a pesar de todo esto era un fiel servidor de La Orden y un protector del pueblo, a su manera. Entre él y Sefit solían traerles varios dolores de cabeza a Neilad quien raras veces seguía el mismo camino que ellos dos.
           
            Ya era medianoche y Maz todavía estaba en pie cantando y bailando en la taberna y en su jolgorio no notó los ruidos que se escuchaban afuera, como siempre su abusada confianza iban a meterlo en problemas. Un grupo de orcos había penetrado las defensas del pueblo sin muchas dificultades y sin cuidarse mucho ni hacerse demasiados problemas avanzaba dentro de la aldea saqueando lo poco que encontraban en las calles. La mayoría de ellos estaba cubierta de barro, sucios y malolientes era una presencia desagradable de tener cerca. Uno de ellos, con aspecto de líder, se encontraba mejor equipado con una armadura plateada en la que se reconocía el trabajo de los enanos. Finalmente llegaron a la taberna de Bruen. El jefe y cuatro orcos más entraron al lugar.
-¡Estamos buscando a Neilad! -dijo el orco con la armadura enana y empujó a uno de los que se encontraban cerca de él-. ¡Que alguien me diga si acaso se encuentra aquí!
La multitud sorprendida y atemorizada dirigió su mirada hacia Maz, ya que todos sabían eran del mismo lugar. Para estas alturas Maz había abierto una ventana y ya tenía medio pie fuera de la taberna.
El orco ahora se dirigió a él mientras se acercaba a la ventana. -¿Acaso eres tu Neilad?
Maz comprendió que ya no podría escapar. -No estimado señor orco -dijo, mientras metía de vuelta su pierna dentro de la taberna-. Mi nombre es Maz -Y extendió la mano hacia donde estaba el orco que no se movió. Al ver que no respondía, el hombre sujetó con la otra mano la garra del orco y la estrechó moviéndola de arriba abajo exageradamente-. Mucho gusto, ¿Cómo me había dicho que se llamaba? -Pero el orco no contesto nada-. Vamos, vamos… no sea tímido, mi verduzco caballero, que su madre ha de haberse tomado un buen tiempo pensando en un lindo nombre de orco. -Todos los orcos rieron.
-Los orcos no tenemos madres, idiota, nacemos del barro.
-Pues deben ustedes haber nacido recién entonces.
-¿Qué?
-Nada, nada que se ven tan jóvenes y saludables tan llenos de vida, mi abuelita diría que…
Uno de los orcos que estaba en el fondo gruñó -Maldito humano asqueroso, el general Brgrunt ya ha cumplido los veinte años y es el más viejo de nosotros. -El orco de la armadura tomó una botella y se la arrojó por la cabeza.
-Pues déjeme felicitarlo por haber cumplido tan maravillosa edad, siéntese por favor.- Maz separó una silla de la mesa y lo invitó a sentarse con un gesto- ¡Uff! usted no sabe las cosas que hice yo a esa edad. Recuerdo una vez… -El orco gruñó y gritó algo in entendible, después pasó uno de sus pesados brazos por arriba de la mesa tirando todo al piso y pateó una de las sillas. Maz interrumpió la rabieta del orco.- Si tiene usted razón general Brgrunt. Hay que hacer espacio déjeme ayudarlo con el vasito que quedó ahí.- Maz quitó la última copa que quedaba sobre la mesa y se tomó el contenido. Después levantó la mano llamando a la persona que atendía las mesas- A ver si nos traen algo para comer y algún pastel, que estamos de cumpleaños. -Nuevamente miró al orco-¿Pero que espera? ¿Por qué no se sienta de una vez? No se preocupe por sus amigos que también va a haber pastel para ellos.
El orco golpeó la mesa -Imbécil, estamos buscando a Neilad, si es que lo conoces y puedes llevarnos a él quizás perdone tu vida, pero si has estado haciéndome perder el tiempo juro que te arrancare los huesos y haré una sopa con ellos.
Maz se aclaró la garganta -Bueno, si yo conozco a Neilad. Pero vera él es una persona muy ocupada, se la pasa todo el día puliendo sus botas y juntando plantitas. El otro día nomás, salió a correr por la pradera como un crió y volvió con todo el pelo lleno de cardos, nos tomo horas quitárselos de la cabeza. ¡Una barbaridad!
-Humano inmundo, cinco días hace ya que venimos bajando por la rivera del río para dar con él. Mis compañeros están cansados del color de las flores y lo cristalina del agua asquerosa que beben ustedes. El palacete que ese hombre llama hogar ya está siendo atacado por la tropa de Glansh-Glugarth, por lo que si se encuentra ahí puedes ir despidiéndote de él. Pero tu mayor problema ahora soy yo, Glansh-Brgrunt el sexto general de Murgthiz.
Maz que se encontraba sentado alzó las manos y festejó- ¡Pero por fin nos estamos haciendo amigos! ¿Y dígame qué lugar es ese que se encuentra tan lejos? ¿Murgthiz?
-Murgthiz no es ningún lugar es el nombre de nuestro supremo comandante, de nuestro rey. Él es el más sabio de los orcos y es incluso más antiguo que yo.
-Yo no diría que veinte años es una antigüedad.
-Lo es en la vida de un orco, ¿Cuántos años has vivido tu humano?
-Yo ya he pasado los treinta pero me siento un niño -Nuevamente se dirigió a quien atendía las mesas-. Un niño que quiere pastel. ¿Cómo es posible que todavía no nos haya traído nada? Déjenme decirles que si la política del lugar es no atender orcos mis amigos y yo vamos a tener que irnos a otro restaurante -La moza llevó a la mesa varios jarros de cerveza y un improvisado pastel. Maz se frotó las manos-. Ahora si ¿Quieren una porción? Vamos a hacer un brindis.
-El azúcar nos resulta asquerosa humano. Y eso con lo que te emborrachas no nos hace nada no es más que un brebaje insípido para nosotros.
-Tiene razón, este establecimiento va a perder un par de estrellas en la gaceta de Lurand si siguen actuando así. A ver señorita cámbienos este pastel de fresas por uno de cucarachas.
El orco nuevamente golpeó la mesa- ¡Ya está bien con este circo! Dime si me llevaras donde se encuentra Neilad o ¿Es que acaso tengo que romperte el cuello?
-Bueno en primer lugar os digo que ese hombre nunca me ha terminado de convencer y si es que he estado en su compañía es porque me ofrecía vivienda gratis. El tipo tiene muy mal gusto, siempre anda todo de blanco. Y ese gato que lo acompaña es bastante exasperante. Pero si lo desean con gusto los escoltare hasta donde esta él. -El hombre se incorporó y comenzó a caminar hacia la puerta. Señaló con sus manos la salida y dijo- Después de ustedes caballeros.
-Espero que nos seas de mas utilidad que Gudhlrash Gaga no seremos tan pacientes contigo.- dijo uno de los orcos mientras lo amenazaba con una espada corta y ancha vendada en cuero como acostumbraban los orcos.
La puerta de la taberna se abrió sorpresivamente antes de que los orcos llegasen a la misma. La espada de Sefit había cobrado la vida de los orcos que se encontraban afuera. Los dos orcos más próximos a la salida reconocieron al hombre y quedaron paralizados de miedo. Un gran error teniendo a Sefit cerca, quien les cortó las cabezas en un solo movimiento. Glansh-Brgrunt buscó su espada, pero hacía tiempo que Maz ya se la había robado. Sentado pocos pasos más atrás jugaba con el arma del orco general.
-Una más para mi colección -dijo Maz. El orco se dirigió hacia él pero antes de que pudiera alcanzarlo una de las dagas de Maz se había alojado en su cuello. El general se tomó con sus manos la garganta y murió retorciéndose en el piso. Los dos últimos orcos intentaron escapar pero el imbatible les dio muerte.

            Sefit se sentó y mientras limpiaba su espada se dirigió al ladrón -Neilad se ha metido en algún problema. Vengo de pasar a cuchillo varios orcos en el palacio de plata y ahora aquí también. Salen de debajo de las piedras.
-Al parecer del barro estimado señor de la guerra. Me he enterado de algunas cosas de utilidad, han conseguido ustedes recaudar alguna información.
-No he dejado ningún orco vivo allá y aquí tampoco. No se me había ocurrido preguntarles nada. Además difícilmente les saques algo de información a un orco, suelen ser demasiado estúpidos.
-Pues aun así deberían haberlo intentado. No hay problema alguno, de todas formas. Pienso que deberíamos reunirnos con los otros miembros de La Orden y comentarle a Neilad que lo están buscando.
-Neilad se fue junto con Azhalea y los enanos, ya desde esta mañana que estamos enterados de esto. O por lo menos algunos de nosotros.
-Entiendo. Pues lo mejor sería viajar hasta el palacio y reunirnos a decidir qué haremos ahora. Este orco ha dicho ser el sexto general de Muzgtix, o algo así. Lo que me deja pensando que hay por lo menos cinco más.
-Ya matamos al quinto en el palacio. -Sefit envainó la espada- Iremos más tarde. Primero, déjame comer y tomar algo, los enanos han saqueado la bodega y no tenía nada que beber allí.
Maz rió- Bien iremos más tarde y pronto repondré lo que falta en las bodegas del palacio, no te preocupes.