miércoles, 19 de marzo de 2014

Breve historia sobre el comienzo

Un día llegó a las puertas de una perdida aldea llamada Lurand, en la parte oeste del territorio de Fenor, un hombre con poco porte de guerrero, pero que traía con él una espada ancha y desafilada que todavía no era capaz de dominar y un pesado escudo que apenas podía levantar. Lo acompañaba un peculiar gato, era de color azul y poseía grandes ojos del color de la plata.

Ese mismo día, mientras almorzaba, escuchó rumores de que una banda de orcos habían saqueado a una villa de campesinos no muy lejos de ahí y que pronto llegarían donde estaban. Sentado el gato en la mesa donde comían le aconsejó al hombre -Preséntate mañana ante el jefe de esta aldea y hazle saber que tu solo acabaras con los orcos.
El hombre le contestó -Jamás podría yo solo vencer a todos esos orcos.
El gato insistió -Confía en mí y te hare un hombre afortunado. Haz lo que te digo y llegaran aquellos que estén junto a ti por tu causa. Levanta tu pesado escudo para proteger a estos hombres hoy y mañana otros te protegerán a ti. No olvides esto jamás y nunca abandones a aquellos que llamas amigos.
-¡Así lo hare viejo amigo! -dijo el hombre sonriendo-. ¿Quién soy yo, después de todo, para discutir con un gato azul que habla? -E hizo caso a los consejos del gato.

            A la mañana siguiente cuando se despertó, resuelto a presentarse ante el jefe de la aldea como el gato había dicho, se encontró junto a él una coraza blanca y un traje del mismo color. La coraza estaba gastada y había perdido todo su brillo. Esa misma mañana el gato había hecho correr el rumor de que este hombre era el mejor espadachín del reino. Había convencido a un armero de que le cediese la coraza con la condición de que tras vencer a los orcos este se la pagaría en buen precio. No importaba que tan buena o mala coraza fuese pues los orcos no tendrían oportunidad. La costurera que también había escuchado las historias que contaba el gato le ofreció un traje blanco con las mismas condiciones que había aceptado el armero. Sentado sobre la coraza el gato le dijo al hombre -Tu que sabes de hierbas y raíces, has una pomada que sirva para lustrar esta vieja pieza de metal y que parezca nueva. Esmérate en sacarle brillo pues debes presentarte como un gran guerrero y cuando termines vístete con este traje blanco y ponte la coraza. -Y el hombre así lo hizo.

Después de pasarse toda la mañana restaurando la coraza, fue llamado por el jefe de la aldea. Al llegar frente a él junto con su gato, todos sintieron una gran desilusión pues el joven era de baja estatura, aunque de espalda ancha. Y aun vestido de guerrero su gentil rostro no demostraba fiereza alguna.
-¿Eres tu el mejor espadachín del reino? -preguntó el jefe de la aldea, llamado Dioroc.
El gato le había aconsejado responder a todo lo que le preguntaban con total naturalidad y siempre positivamente y así lo hizo el hombre -Eso dicen.
-¿Y con qué armas pretendes enfrentarte a estos orcos?
-Con mi espada y con mi escudo.
El jefe de la aldea rió -Esa espada no tiene filo. Se nota en tu caminar que ese escudo te pesa pues eres muy pequeño para levantarlo.
-Mi amo no necesita una buena espada para pelear -interrumpió el gato.- Le basta con su gran habilidad.
-¡Quizás! -exclamó el jefe-. Pero ¿Y su escudo? ¿Cómo pretende defenderse?
Entonces el gato dijo a su compañero  -Deja el escudo en el suelo y que aquel que dude de tu fuerza lo levante. -Y el hombre dejó el escudo en el piso.
El herrero de Lurand soltó a reír. Era alto y con grandes músculos que había conseguido moviendo día a día grandes piezas de metal y el escudo circular del hombre no parecía un gran desafió. Se acercó entonces para levantarlo y cuando lo intentó, descubrió para su sorpresa y para la de muchos incluyendo al joven, que no podía hacerlo. El joven compañero del gato al pasar de los meses se había convertido en un hombre más y más fuerte al mover en sus viajes al pesado escudo, incluso él estaba sorprendido de su fuerza.
-Admito que eres fuerte, pequeño hombre. Pero aun así está por verse si serás capaz de vencer a todos los orcos que aquí están llegando. -Dijo Dioroc, el jefe.
-Mi amo podrá con ellos, pues es el mejor espadachín del reino. -Insistió el gato.
-Somos humildes aldeanos pero si nos proteges te recompensaremos, bien. -Y el joven aceptó tal misión.

            Una vez alejados de todos el gato le dijo a su compañero humano  -A poco viaje de aquí existe un palacete abandonado. Puedes verlo del otro lado del rio grande. Ve allí y espérame en el jardín. Yo me encargaré de que ellos lleguen hasta aquí y entonces podrás cazarlos uno a uno. -Y el hombre obedeció.
Partió entonces el gato buscando a los orcos y cuando dio con su campamento se dejó ver por ellos. A estos seres monstruosos no les interesaba el color del gato sino más bien su sabor. Aunque apenas seria un entremés estaban dispuestos a cazarlo. Pero el gato no se dejó atrapar y luego de que lo persiguieran un rato les habló. -Nobles orcos del norte ¿Por qué me siguen y me persiguen, no ven que apenas llenaría la boca de uno de ustedes?, y mi sabor, estoy seguro, no será tan agradable.
-Nos gusta comernos cosas que hablan, ayer fue un comerciante de una aldea próxima, antes de ayer fue un loro y hoy serás tú. -contestó uno de ellos.
-Cuan mal les iría si hacen lo que dices. ¿No ven que se donde se encuentran riquezas? Si me comen no podre contarles.
-No nos interesan tus riquezas.
-Ya verán pues que mi señor, Neilad de Lurand vive en un palacio lleno de oro y otras riquezas, y se burla de ustedes, los orcos. La noche anterior me ha echado de casa y deseo vengarme.
-¿Quién es este Neilad para burlarse de nosotros?
-Dice que ustedes son horribles y no saben pelear, que roban a niños y ancianos pero que no podrían todos ustedes que son casi cuarenta con él solo en su palacio.
-Ya verá ese Neilad -dijo el jefe de los orcos-. Dinos donde está y no te comeremos. -Clamó el orco, que afirmaba que iba a comerse al gato pero que todavía no lo había atrapado.
El gato con gusto accedió y los llevo donde Neilad esperaba. Los orcos confiados del gato lo siguieron y rápidamente entraron al palacio pero antes pidió el gato que dejasen lo que no les fuera necesario en la lucha, como su oro y joyas, en la entrada del palacio, pues los hacía más lentos y debían de estar preparados para enfrentar a su amo. Y así lo hicieron. Entonces, el gato los guio por laberinticos pasillos, mareándolos. Subían y bajaban escaleras cruzaban puerta tras puerta, hasta llegar a una puerta abierta, del otro lado se encontraba una habitación desde donde podía verse el jardín.
Y el gato dijo -Allí se encuentra Neilad que está durmiendo, si lo atacan ahora será muy fácil para ustedes.
-Yo no voy a matarlo dormido quiero verlo morir sufriendo, el miedo les deja un buen sabor a los hombres. -dijo el jefe de los orcos indignado.
-Bueno, entonces despiértalo.
-Haz que venga hasta aquí. -ordenó el orco.
-No me animo a entrar allí yo solo, Neilad es el mejor espadachín del reino, no podría juntar valor para tal misión, ¿Por qué no me acompañan ustedes?
-Que vayan ellos, yo esperare aquí afuera.
-Bien entonces mientras esperas ¿Por qué no vas a la cocina y te sirves algo de tu gusto?
-Nada hay aquí que podría interesarme.
-Si deseas comerte a Neilad podrías al menos hacerte un buen guiso. Pronto estaremos allí con mi malvado amo. Confía en mi ¿Alguna vez te he fallado?
Luego de reflexionar un poco el orco hizo lo que el gato decía. Y ordenó al resto que acompañasen al gato como este pedía. La habitación estaba ubicada en una planta alta y afuera se veía con claridad los jardines del palacio desde una ventana. Los orcos inspeccionaron el lugar pero jamás dieron con el hombre. Cuando se dieron cuenta fueron por el gato, pero este ya se había escapado y los había dejado encerrados a todos dentro de la habitación. Por más que golpearon la puerta una y otra vez no pudieron derribarla. Y sus gritos no llegaban hasta donde estaba su jefe. Bajó el gato a hablar con el orco que estaba en la cocina. Y le dijo que afuera en los jardines estaría esperándolo Neilad y sus orcos. El orco de buen humor ahora salió en busca del hombre pero al hacerlo se encontró con que estaba solo.
-¿Dónde está el hombre y donde están mis orcos? -preguntó enfadado.
-Sal ya Neilad para que este orco te conozca -Y Neilad salió de detrás de un árbol-. Tus orcos los encontraras observándote desde esa ventana. -Y allí, arriba se veían los rostros de muchos de sus orcos que observaban la escena.
El jefe de los orcos tenía por armas un escudo de metal y un hacha pesada bastante más grande que la espada sin filo del hombre. Lo orcos no dudan mucho al atacar, y aunque suelen valerse de su gran numero y no disfrutan de los duelos, este estaba seguro de su victoria ante tan minúsculo oponente. Pero cuando su hacha golpeó el escudo blanco del hombre este resistió el golpe con facilidad. Nuevamente atacó el orco, ya que el hombre parecía tropezar de un lado al otro llevando con esmero sus pesadas armas. Pero esta vez se encontró el hacha con la espada. Se escuchó un sonido estridente y el orco terminó por soltar su arma pues su mano le dolía. Como si con torpeza hubiese golpeado a una montaña y él pretendiese que esta cediese ante su pequeño golpe. Fue recién entonces el turno del hombre quien con un solo golpe dejó el escudo del orco completamente retorcido. Sin armas el orco retrocedió hasta quedar a espaldas de un árbol. Y allí suplicó por su vida.
-Tengo una bolsa, con mil monedas de oro. Hay piedras preciosas y cosas que no poseen ningún valor para nosotros pero que hemos robado por la diversión de hacerlo. Todo allí afuera donde nos ha dicho el gato que las dejásemos. Quédatelas, pero perdona mi vida.
-Me quedare con lo que me has ofrecido pero debes prometer jamás regresar por aquí ni tu ni tus orcos. O se las verán conmigo y con mi gato.
El orco asintió con su cabeza y sin decir más escapó corriendo hasta desaparecer en el horizonte. El gato abrió la puerta a los otros orcos que también escaparon asustados por lo que había pasado y juraron jamás regresar allí. El hombre de la espada y el escudo tomó las mil monedas de oro contento de lo que había obtenido. Pero el gato lo detuvo.
-Puedes conseguir mucho más que oro en esta vida.
-Con esto sería rico y podría darle a mi esposa una buena vida.
-Ella, al igual que yo, quiere más para ti. Has nuevamente lo que te digo y veras que hasta le conseguirás un nuevo hogar, aunque dudo que ella desee abandonar el que ahora posee.
-Nuevamente te obedeceré, querido amigo.
El gato le dijo que usase las piedras para pagar su traje y su coraza como había acordado pero que entregase las mil monedas de oro al jefe de la aldea, quedándose él con nada. Dioroc, el jefe de la aldea, estaba complacido y como le había prometido le ofreció recompensarlo.
-¿Qué deseas noble guerrero ya que no quieres el oro que te has ganado ahuyentando a estos monstruos?
El gato rápidamente intervino- Mi señor desea el palacio abandonado a las afueras de la ciudad, pues pretende quedarse aquí y seguir defendiéndolos de los futuros forajidos que hasta aquí lleguen.
El palacio estaba en terribles condiciones y era usado pocas veces por los habitantes del lugar. Mantenerlo salía demasiado dinero y por esto lo habían dejado abandonado. Sin pensarlo más y feliz de que el hombre se quedase le entregó el control del palacio al joven quien a partir de entonces viviría en ese lugar. Todos estuvieron agradecidos y celebraron con una gran fiesta.

Neilad renombró al palacio como el Palacio de Plata, porque sus paredes estaban construidas de una extraña piedra gris que brillaba como el metal de su espada. Y se dedicó a encontrar quienes lo acompañasen en su misión. Así comenzó La Orden del Gato Azul, o al menos eso dicen.