martes, 15 de abril de 2014

10 - El prisionero


Limites del Bosque Viejo, Fenor.
Día 13 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


            Las primeras gotas de lluvia reanimaron al hombre que había permanecido inconsciente por un día. Sentía una fuerte jaqueca y apenas podía distinguir figuras y sombras. Su vista todavía no se recuperaba del todo del somnífero de la ogra. Se lamentaba el no haber escuchado a Rikenv cuando le advirtió de la estupidez de fiarse de una ogra. Pero ahora era demasiado tarde y se encontraba prisionero de los orcos. Tenía sed y hambre pero además estaba adolorido. Sus armas y armadura habían sido removidas y su torso se encontraba desnudo. La lluvia acentuaba el frío que sentía en su cuerpo. Lo primero que intentó fue calcular la situación, el lugar donde se encontraba, que día era, cuantos lo rodeaban. Todas estas eran preguntas le llegaban a su mente. Se dio cuenta que estaba atado con las manos en la espalda y atado en los tobillos para que no pudiese correr al borde de donde terminaba el bosque. Las tiras de cuero orcas estaban bien atadas y eran lo suficientemente flexibles como para que no pudiera romperlas. Sabía que en vano desperdiciaría esfuerzos tratando de zafarse. Si alguna oportunidad de escapar se presentaba no sería él quien la generase. Nada podía hacer más que estar a merced de los orcos. Era común que viajasen de noche y el cielo oscuro con la luna creciente a punto de completar su ciclo le decía a Neilad cuanto tiempo había permanecido inconsciente. Pero le intrigaba por que los orcos no se movían. También temía por la vida de sus amigos que habían sido víctimas de la ogra y aunque ella le había prometido que nada pasaría no podía fiarse de eso. Una pena inmensa llenó su pecho y sintió el miedo que todo hombre tendría de ser presa de los orcos. Indefenso temió que el motivo por el cual los orcos se detenían era para finalmente matarlo, o peor aun torturarlo para sacarle la información que buscaban. Poco a poco recuperó la vista. Pero antes que eso fueron los sonidos de las voces orcas los que inundaron su mente.
-El gran Murgthiz se aproxima. -gruñó uno no muy lejos de ahí.
-Ahora que el hombre ha sido capturado seremos recompensados -dijo uno de voz aguda-. Viajaremos junto a nuestro rey.
-¡Calla de una vez Frunzzhsh! -gritó uno con voz de mando-. Solo hemos cumplido con nuestra misión. No solo el comandante Murgthiz está llegando también Glansh-Mur-hr. No pongan en evidencia su codicia. Y no molesten al comandante, la muerte de Glansh-Glugarth y Glansh-Brgrunt no deben haberlo puesto contento.
Las demás cosas que escuchó le resultaron confusas y su mente todavía zumbaba. Cuando comenzó a ver distinguió cerca de él a dos orcos inmensos, que lo custodiaban. Un grupo de diez orcos más se encontraba distribuido a pocos pasos, uno que portaba una armadura de placas se destacaba. Su espada no era orca sino más bien humana. Sus muñequeras de metal eran simétricas cosa muy rara en el equipamiento de un orco. Parecían más bien haber sido finamente labradas por un enano. Pensó en lo que dijo Azhalea sobre los orcos de los que había escuchado y en las palabras de la bruja. Posiblemente ese era uno de los generales aquel que le había tendido la trampa. La ropa que el general orco llevaba incluso parecía ser cómoda y bien diseñada para su cuerpo. Así como su armadura había sido ajustada a su pecho encorvado. A su lado Neilad creyó ver algo que le parecía imposible. La figura de uno de los miembros de su orden. Un hombre que vestía de negro y portaba una espada en su espalda caminaba junto al orco. ¿Sería posible que Sefit se hubiese aliado a los orcos? Eso le resultó imposible, trató de despejar su mente y de acostumbrar sus ojos. Nuevamente miró al hombre, pero esta vez notó que no se trataba de Sefit aunque si era un hombre con una vestimenta similar. Conocía la historia de su aliado y sabia de su pasado. Calculó que se trataba de otro de los lobos de Gull que había vendido sus servicios de mercenario a los orcos. Lamentó formar parte de la misma raza que ese hombre. Había forzado demasiado su mente y ahora nuevamente estaba agotado. Intento descansar. No tardaron en retumbar nuevamente las voces de los orcos.
-¿Qué haces Gluk? Deja ya esa espada. Le pertenece ahora al rey. -La voz del orco denotaba autoridad.
-Solo estoy viéndola señor, no parece una buena espada ¿Esta seguro que esta es la espada? He visto mejores entre los hombres que matamos al norte.
-Estoy seguro. Y calla de una vez que el humano parece estar despertando. El veneno de la ogra debe estar perdiendo su efecto.
Los orcos no se acercaron al hombre quien esperaba para ser interrogado. Pero el caballero de negro si lo hizo.
-¿Con que tu eres Neilad? Me enteré que un viejo conocido mío, Sefit, se ha convertido en tu aliado. ¿Es cierto eso? -Neilad no contestó-. ¿Acaso no quieres hablar? O ¿Tienes demasiado miedo? Yo estoy preguntando amablemente, no creo que estas bestias tengan esa cortesía -y se acercó al oído de Neilad para decir lo siguiente-. Mucho menos ese cerdo que tienen por jefe -El hombre lo siguió con la mirada-. Pensé que ibas a ser un poco mas altanero, que tendrías alguna de las frasecitas por las que se te conoce para decirme -Pero no dijo nada-. ¡Ya habla de una vez maldito! -El caballero de negro cerró su mano y golpeó la cara del prisionero cortándole una ceja. La sangre comenzó a caer por la cara de Neilad pero aun así no dijo nada. Los orcos que estaban presentes y que hasta ahora ignoraban al hombre de negro voltearon hacia donde estaba. Los orcos gigantes solo permanecieron parados al lado de Neilad. La lluvia seguía cayendo ahora con más intensidad.
-Deja al prisionero en paz hasta que llegue nuestro rey, humano. -gritó el orco que parecía ser jefe. El hombre se retiró pero antes golpeó otra vez a Neilad en el estomago.
No pasó mucho tiempo hasta que Neilad pudo distinguir en la distancia a un grupo de orcos que se aproximaba montando en enormes lobos. De un momento a otro aparecieron  como si se materializasen de la nada. Y llegaban con prisa al lugar. Contó a veinte orcos más. Todos bien equipados con armaduras trabajadas y con ropajes rojo oscuro. Además viajaban con ellos dos orcos que se diferenciaban por su atuendo y su presencia igual que el orco que estaba ante él y parecía ser jefe. Uno vestía una armadura negra que lo cubría casi por completo, incluso el yelmo parecía estar adosado a la armadura y no dejaba ver nada de su cara. Las placas de metal que la componían estaban llenas de detalles y no eran lisas y planas sino retorcidas y asimétricas. Púas y bordes filosos remataban los extremos de la armadura como los hombros los codos y las rodillas. El segundo orco jefe era más alto y más musculoso pero su armadura era más liviana y estaba pintada de rojo como la de los soldados orcos. Las piernas y el pecho del orco estaban bien protegidas pero sus brazos estaban desnudos a excepción de sus muñequeras que eran también rojas con adornos en oro y plata. De su espalda colgaba una espada larga y negra, y solo la empuñadura media el largo del brazo de Neilad. Los brazos desnudos del orco posiblemente le facilitaban el manejar la espada bastarda con las dos manos. Atrás cuatro caballeros negros los acompañaban montados en caballos negros, más mercenarios perdidos del desierto de Gull. Las posibilidades de que Neilad escapase disminuían a cada minuto que pasaba y con cada nuevo enemigo que lo rodeaba. Los dos jefes orcos desmontaron sus lobos. El resto de los orcos y los hombres permanecieron en sus monturas. Los orcos que habían capturado al hombre junto con el humano que los acompañaba se inclinaron ante el orco de negro.
El orco jefe saludó a los recién llegados -Saludos, oh rey Murgthiz. Mi misión ha sido cumplida, no solo hemos conseguido la espada y el escudo de este hombre, que aquí tenemos prisionero. También conseguimos robarle a la ogra no solo un huevo sino dos.
Por fin Neilad conocía a quien lo estaba persiguiendo y ahora sabía por qué. Su espada y su escudo que eran capaces de repeler la magia y resistir a las condiciones más extremas habían tentado al orco. Solo las fuerzas del bien podían usar esa arma, pero como la ogra había dicho este orco podía manejar cualquier arma, incluso las que los hombres habían hecho para enfrentarlos a los de su raza. Murgthiz caminaba erguido y sin apuro. Se dirigió donde estaban la espada y el escudo que habían sido envueltas en telas cubiertas de barro.
-Supremo comandante, necesitamos mover entre dos esa espada y ese escudo su peso es increíble no sé cómo este hombre raquítico puede moverlas. -dijo el orco de la voz aguda.
El supremo comandante orco retiró el yelmo de su cabeza y la horrenda cara del guerrero pudo verse. -Eso es porque no cualquiera puede manejar esta arma o portar este escudo. ¿O no es así Neilad? -El orco miró al hombre que se encontraba atado y custodiado por los orcos de gran estatura.
-No. No cualquiera puede. Primero hay que ser un diestro espadachín y haber entrenado durante años hasta fortalecer los huesos y los músculos. Haber aprendido a equilibrar los cambios de peso en cada movimiento y en cada golpe. Solo entonces se revelara la verdadera fuerza de esa espada. Y ese escudo que pesa a los brazos de los impuros solo puede ser llevado por alguien de corazón noble, con verdaderas convicciones y la determinación de triunfar. Solo aquel cuya causa sea lo suficientemente digna que lo empuje a superar cualquier obstáculo, como el peso del escudo, puede estar bajo su protección que es inmensa ya que no solo te protege del filo de las armas enemigas sino que además absorbe cualquier conjuro o magia con la que sea atacado.
Murgthiz exclamó riéndose- ¡Me burlo de tus palabras, hombre! Hace tiempo escuché de estas armas y quise poseerlas. Muy útiles han de ser contra la magia mas no creo que haga falta ser puro de corazón. Creo en cambio que bastara con ser fuerte y hábil. -No había en sus palabras la acostumbrada prisa del idioma orco y sus expresiones eran clamas a pesar de portar un horrible rostro el comandante orco demostraba en cada acto la autoridad que poseía. Quitó la tela que cubría a las armas y se preparó para tomarlas.
-Qué vergüenza, orco, sentirás si acaso no fueras capaz de levantarlas.
-¿Yo, sentir vergüenza? Soy el comandante supremo de un ejército de orcos cuyo número no eres capaz de dimensionar. Mi poder es tal que soy capaz de moverme a la luz del día sin ser visto. Mi poder es tal que no me afectan las maldiciones de los hombres o los elfos. Mi poder es tal que empuñare esta espada con más destreza de la que tú jamás hayas podido y el metal que la conforma estará orgulloso de que sea mi mano quien la dirija. Tú mientras tanto no eres más que mi prisionero. Quizás creas que el mayor poder es el de un corazón puro, asqueroso y pegajoso ser. Pero yo creo que es la ambición la verdadera fuente de poder que mueve este mundo y ninguna criatura la posee más que yo.
-Yo solo creo que el poder es una ilusión que engaña a los soberbios. Nada ni nadie es invulnerable ni siquiera mi escudo. Y mucho menos tu que consideras que hasta el acero debe alabarte. Puedo ser tu prisionero y es cierto que no serán mis manos las que te acaben pero siempre alguien llegara a quitarte lo que has robado.
-Mira como levanto tu espada y tu escudo sagrado y cierra el pico que la única verdad que has dicho es que no serás tú quien me acabe -Murgthiz levantó la espada del piso y así también el escudo y los movió como si estos no pesasen nada. Luego lanzó una carcajada burlándose una vez más del hombre-. ¡No parecen tan pesadas ahora! Que no te sorprenda el que pueda hacer esto no soy el único de mi raza con tal cualidad. Por lo menos uno más está aquí presente, Glansh-Mur-hr mi segundo general -Y señalo al orco de la espada bastarda-. Ten miedo de esa espada maldita ya que alcanza tan solo con que te corte una vez para que tu muerte esté asegurada. El veneno de su hoja se esparcirá por tu sangre y te matará lenta y dolorosamente. No querrás ser herido por ella. -El orco de la espada bastarda la sujetó con sus garras y la apuntó hacia Neilad. Acercó la punta de la espada a la cara del hombre que se inclinó hacia atrás tratando de alejarse lo más posible. Una gota de sudor se deslizó por la sien del prisionero.
El orco jefe que había capturado a Neilad intervino. -No mates a mi prisionero aun -La voz era ronca pero potente-. Todavía podemos sacarle información.
-Glansh-Glakh puede que hayas hecho bien en capturar a este hombre, en conseguir su espada y su escudo y en obtener los huevos de ogro. Pero voy a preguntarte esto: Sabias que sus compañeros mataron a más de cien de nuestros orcos y a los estúpidos de Brgrunt y Glugarth ¿Cómo se explica que habiendo tenido la oportunidad de matar a tres de los otros no los hayas hecho? -preguntó Mur-hr.
Glakh sacudió su cabeza descontento -La ogra los ocultó de nosotros, solo nos entregó al hombre y no le gusto nada que no le devolviésemos sus huevos. Haberlos buscado solo nos hubiera retrasado -el general temía que la espada de su compañero se volviese en contra de él-. Nuestra prioridad era que trajésemos los huevos y las armas al supremo comandante.
Neilad observaba la situación midiendo sus posibilidades y a sus enemigos. Era capaz de ver la ira en los ojos del orco que empuñaba la espada maldita contra él. Ira y odio hacia su par. Podía ver que se sentía superior al sumiso e inteligente Glakh que había cumplido con éxito su misión, que había triunfado donde otros dos no y que lo había engañado incluso a él. La locura que produce el poder de la fuerza hacia tiempo se había apoderado de Mur-hr. Murgthiz en cambio, permaneció serio. El supremo comandante solo era capaz de respetarse a sí mismo. El hombre notó el desprecio del orco por sus dos generales. Mur-hr pretendía opacar su nivel e incluso amenazaba a sus iguales. Puede que ahora le fuera útil pero sabía que eventualmente se revelaría contra él, y Glakh no solo había demostrado una inteligencia superior sino que además había cometido el error de dejar con vida a peligrosos enemigos. Si sus generales hubieran tomado a Neilad por la fuerza valiéndose de la sorpresa hubiera aceptado con gusto la victoria pero la astucia de Glakh era peligrosa. Murgthiz sabía que debía deshacerse de los dos. Neilad no quería aceptar su inminente muerte y seguía intentado zafarse de sus ataduras aunque sabía que no podría hacerlo. –Me doy cuenta de que nunca estuviste interesado en mi solo en mis armas pero no entiendo que es lo que buscas con esos huevos.
Murgthiz caminó hasta donde se encontraba el hombre e hizo un ademán con las manos para que los orcos guardaespaldas lo levantaran. Entre los dos lo sujetaron y lo levantaron del piso hasta que su cara quedó a la altura de la del orco. Los pies de Neilad que estaban atados ya no tocaban el piso. -¿Qué clase de idiota crees que soy? No encuentro la necesidad de explicarme ante un enemigo que no se da cuenta que solo está vivo por que le he regalado un par de horas de existencia. Te irás a la tumba sin saber más de lo que ya sabes. -Murgthiz sacó una daga oscura y la clavó en el vientre del hombre. La herida fue lo suficientemente onda como para causar una hemorragia letal. Si no era atendido pronto moriría y el hombre lo sabía. Empezó a sentir que la fuerza se le iba como cuando el veneno de la ogra actúo sobre él, pero sabía que ahora ya no despertaría-. Pregúntale ahora lo que quieras Glakh o remátalo, este hombre ya no volverá  a molestarnos. Y tu Mur-hr enfunda tu espada nuevamente volvamos donde están las tropas lo más rápido posible. -Dos de los orcos que acompañaban a los generales tomaron cada uno de los huevos de la ogra. Murgthiz y Mur-hr volvieron a montar sobre sus lobos y partieron. También lo hicieron los otros orcos lo acompañaron al igual que los caballeros negros que viajaban con él y el que se encontraba inicialmente con Glakh. Neilad levantó la mirada y vio como los orcos y los hombres se alejaban, hasta que en un momento simplemente desaparecieron.
Frunzzhsh el orco de la voz aguda preguntó -¿Qué haremos ahora Glansh-Glakh? ¿Quieres que torturemos al hombre o que simplemente lo matemos?
-No tiene caso torturarlo, ya está muriendo y nada nos dirá, hubiera tenido sentido antes preguntar por como obtuvo sus armas o si acaso sabia como hacer mas. Mátenlo. -Dos de los orcos que estaban bajo su mando levantaron sus espadas de fundición vendadas en cuero.
Con la misma voz firme de siempre Neilad se dirigió hacia Glakh -Tu puedes matarme ahora pero todos ustedes morirán hoy.
Glansh-Glakh río -¿Acaso crees que alguien viene a tu rescate? Ninguno de tus amigos podría encontrarnos.
-No son mis amigos los que vienen, son los tuyos voltéate y ve -El orco miró por sobre su hombro y vio que los cinco caballeros negros de Gull se aproximaban a toda velocidad-. No creo que a tu rey le gustase que hayas perdonado la vida de mis compañeros o quizás es solo una escusa para matarte ya que siente celos de tu inteligencia y capacidad, de una forma u otra los ha enviado a matarte.
-No sabes lo que dices hombre.
-Yo en tu lugar empuñaría mis armas en la otra dirección.
Los orcos miraron a los hombres que se acercaban y dudaron. Pero no levantaron sus armas hasta que fue demasiado tarde. Tres de los caballeros arrojaron sus Kirils, pequeñas piezas de metal afilado, con excelente precisión matando a uno de los orcos más altos. Estas armas zumbaban en el aire y podían ser lanzadas con las manos. Eran una de las armas favoritas de los lobos del desierto de Gull y en sus manos las más letales.
Glansh-Glakh gritó -¡Nooooo!
El resto de los orcos tomó sus armas para enfrentar a los caballeros pero sus brazos temblaban porque conocían la fama de los mismos. Guerreros implacables sin piedad e infalibles. El orco Guardaespaldas soltó a Neilad y levantó su garrote, El hombre aprovechó el momento para arrastrarse al cadáver del otro guardaespaldas y se refugió detrás de él mientras trataba de cortar sus ataduras contra el filo de las armas que los caballeros de Gull habían arrojado. Consiguió soltar sus manos y siguió con sus pies. El dolor de la herida hacia que todos sus movimientos fueran más lentos y la sangre que había perdido comenzaba a afectarlo. El agua de la lluvia había ablandado el piso y el barro sobre el cual se arrastraba se sentía muy frío en la desnuda piel de Neilad. Aunque escapase no podría durar mucho tiempo solo. Pero estaba siendo guiado por el instinto de supervivencia. Los hombres no solo habían venido a matar a los orcos sino también a finalizarlo a él.

Ahora Murgthiz y Glansh-Mur-hr viajaban solo acompañados por orcos especialmente seleccionados para escoltar al Rey. Murgthiz quien había enviado a los hombres a acabar con Neilad y con el general orco, jugaba con la espada moviéndola de un lado a otro. Las gotas de la intensa lluvia repiqueteaban sobre la pesada armadura del orco. La luz de un relámpago cruzó el cielo y antes siquiera que se escuchase el trueno la figura de un hombre se formó delante de la caravana de orcos que se detuvo en seco ante tal aparición. El hombre era delgado y un poco más alto que Neilad. Sus cabellos eran negros y gruesos y los llevaba muy cortos. Vestía un atuendo similar al de Neilad ya que era en su totalidad blanco. Exceptuando por algunos bordados en celeste e hilos de plata que adornaban su jubón. No llevaba armadura alguna y portaba en su mano derecha una espada fina cuyo ancho era el de tres dedos y que su empuñadura parecía haber sido derretida y fundida contra la hoja. Un delgado cinturón blanco colgaba de su cadera y llevaba ahí la funda de su extraña espada. Murgthiz se inclinó hacia delante montado en su lobo.
-¿Y quién se supone que eres tú?

El hombre permaneció de pie frente a los orcos empuñando la espada cuya punta descansaba en el piso y con una mirada profunda y seria dijo -Yo soy Betu, hermano de la orden del Gato Azul.