martes, 15 de abril de 2014

11 - Los Elaharas


Bosque Viejo, Fenor.
Día 13 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


Hacía años Neilad había sido monje, mucho antes de conocer los secretos de la esgrima. Sus años de juventud los había pasado entrenando su cuerpo y su mente, acompañado de los sabios hombres protectores del templo de los elaharas. Ahí se enseñaba el arte de defenderse sin armas para mejorar el cuerpo físico lugar donde habita el alma. Y se enriquecía el espíritu de los jóvenes con muchas clases de filosofía, arte y ciencia.  Neilad había sido tomado como discípulo a la edad de diez años. Y ya para esa época Betu era un niño prodigio del templo con tres años menos que él. Betu no era del todo humano aunque su rostro y su cuerpo lo fuesen. Once generaciones atrás el mismo dios Sehitu, de las tormentas, se había juntado con una mortal. Betu era el último descendiente de esa prole olvidada por el dios. Y aunque su cuerpo era tan frágil como el de cualquier humano había heredado ciertos poderes divinos, algunos de los cuales todavía no aprendía a manejarlos. Era capaz de lanzar rayos eléctricos con gran precisión y tenía el poder de viajar en la tormenta. Pero su capacidad de transportarse estaba limitada al área que cubriesen las nubes y llevar cualquier otra cosa que no fuese su cuerpo le costaba más esfuerzo del que podía hacer. Por esto no usaba armadura y sus ropajes eran livianos así como su espada pequeña. No pasó mucho tiempo antes que Betu se convirtiera en un maestro entre los monjes del templo de los elaharas y Neilad aun mayor tuvo que entrenar por más tiempo para superar las pruebas de sus maestros. Cuando el hombre finalizó sus estudios se dedicó a peregrinar por las tierras de Kiem mientras Betu permaneció en el templo perfeccionando su técnica. Aun sin sus poderes de semidiós, la agilidad y destreza de Betu eran sobrehumanas, su arduo entrenamiento lo había convertido en un maestro y quienes sabían de él no deseaban enfrentarlo. Hacia tan solo seis meses Neilad había regresado al templo en busca de paz y consejos. Betu era para entonces uno de los monjes más importantes del templo y uno de los más respetados y queridos. En el lugar podía sentirse cómodo y no ser temido por su ascendencia divina. El antaño monje ahora peregrino busco entre las tierras el metal necesario para hacerle un regalo a su ex compañero. Con sabiduría escogió la proporción exacta de metal y mineral para forjar la espada, pero con poca pericia realizó la misma ya que sus habilidades como herrero, como bien habían dicho los enanos eran terribles. Pero con gusto recibió Betu la espada. Aunque no había sido instruido en el uso de armas usaba a la espada como canalizador de sus rayos utilizándola para potenciar su poder. Betu le devolvió la visita a Neilad al poco tiempo y quedó fascinado por el Palacio de Plata, por las hermosas paredes trabajadas por los enanos. Por su encanto rejuvenecedor. Por el extraño grupo de criaturas que en él habitaban. Por el colorido de las flores. Por la paz del río. Y cada vez viajo más veces al palacio hasta que un día decidió él también formar parte del extraño grupo. Pero su estancia en el palacio solía ser corta, aprovechaba el clima para viajar a tierras remotas y tener sus propias aventuras. Aunque la mayor parte de su tiempo la pasase en el templo. Hacía semanas que la Orden no lo veía. Pero se había enterado de los sucedido a través de Sugum que se había quedado a las puertas del palacio disfrazado por la ilusión de Serotonino y había llegado hasta allí lo más rápido que sus poderes le habían permitido.

Murgthiz no dudó en enviar a sus guerreros para matar al aparecido y no podía más que probar su fuerza de esa forma. Dos de los orcos que escoltaban a su rey embistieron al hombre cargando con sus lanzas. El monje levantó su mano izquierda hacia donde estaban sus enemigos y un rayo salió de su mano, se dividió en dos y golpeó a los orcos que cayeron de sus monturas. Uno de ellos aturdido se levantó, el otro había muerto producto del golpe. Agitó su lanza hacia donde estaba Betu que la eludió con gran facilidad. La ligera espada giró sobre la mano del monje que con un solo movimiento cortó a la lanza en dos y dio muerte al segundo orco. Glansh-Mur-hr desmontó de su lobo e intentó alcanzar su arma pero otro de los rayos de Betu cayó sobre él. La armadura que había sido labrada por enanos torturados le había salvado la vida al orco que cayó varios pasos más atrás.
-Soy uno de los Elaharas y reconozco el mal que habita en esa arma. No oses dirigirla hacia mí. Y tú, orco -dijo con desprecio dirigiéndose el rey-. Devuelve el arma que has robado a mi amigo y enfrenta tu destino. -Betu lanzó otro de sus rayos. Pero El rey orco lo detuvo con la espada robada. Así como el escudo, el arma proporcionaba cierta defensa mágica y divina que le permitía asimilar los rayos de Betu.
El rey Murgthiz río -Puede que venzas a mis soldados pero con esta arma y este escudo yo, soy invencible. Ven a quitarme lo que deseas que devuelva si acaso te atreves.
-Ya veremos qué tan invencible eres -Varios rayos rodearon el cuerpo del hombre que se fue cargando de electricidad. Finalmente apuntó con su espada al rey orco y de la misma salió un rayo todavía más potente que los primeros. Murgthiz utilizó esta vez el escudo y nuevamente consiguió asimilar el golpe. Betu nunca había tenido que enfrentarse a una de las armas del bien y menos esperaba encontrar a un enemigo que portase las de su amigo-. Si mis cargas eléctricas no te hacen nada y mi poder divino es repelido por las armas que has robado todavía tengo a mi carne y a mi alma para enfrentarte.
Murgthiz arremetió contra el hombre que esta vez no dirigió sus rayos hacia el rey sino hacia su montura. El lobo murió mientras corría hacia él y el comandante orco cayó hacia delante. En ningún momento soltó su espada o su escudo que le garantizarían la victoria contra el semi dios. Otros dos orcos montados en lobos apuntaron sus lanzas hacia Betu y cubrieron al rey. Con gran agilidad esquivó a los dos, saltó sobre el lomo de uno de los lobos y mató a su jinete. Y desde ahí se arrojó sobre el otro orco a quien también mató con su espada. El rey orco ya se había parado de vuelta y ahora caminaba en guardia dirigiéndose donde estaba Betu. El resto de los orcos los rodearon haciendo un círculo cerrado y apuntaban con sus lanzas a Betu.
-Glansh-Mur-hr vete de aquí con los huevos de la ogra al campamento yo me encargare de este desgraciado -El orco no protestó, montó en su lobo y se fue a toda velocidad acompañado por los otros dos orcos que llevaban los huevos. Murgthiz miró a Betu y sonrió-. No te temo hombre o dios lo que quieras ser mas, nada pueden hacerme tus músculos o tu alma así como nada me hicieron tus rayos.
Con gran velocidad se lanzó Betu al ataque pero el rey orco demostraba la habilidad adquirida en sus años de luchas y duelos. Aun con las pesadas armas de Neilad el orco se movía con fluidez y esquivó el ataque de Betu. Ahora era el rey quien atacaba pero la velocidad de Betu era muy superior y se alejó lo suficiente como para preparar otro ataque. Levantó su delgada espada y se colocó en guardia. El orco media fríamente los movimientos del elahara. Betu dejo caer su espada con gran velocidad y el orco se cubrió con el escudo. Fue tal la fuerza del impacto que la delgada espada se partió en dos. El orco contraatacó y consiguió realizar un corte en el brazo izquierdo y en el pecho del monje. Betu enfundó con rapidez la espada partida y rodó por el piso eludiendo los golpes de orco. Se incorporó y vio que el corte que el orco le había hecho era profundo pero no letal. El traje blanco, color que acostumbraban vestir los elaharas, se había manchado de su sangre. Tres orcos se separaron del círculo e intentaron apresarlo mientras el rey se aproximaba hacia él, dispuesto a terminar con la vida del semi dios en ese mismo momento. Como todos los elaharas Betu era un experto en la lucha sin armas y antes de que los orcos consiguiesen alcanzarlo sus brazos y sus piernas habían vencido a los orcos que intentaban sujetarlo. Nuevamente los rayos comenzaron a rodear a Betu que se cargaba de energía. Sabía que podía atacar nuevamente al orco rey y que de nada serviría ya que su poder divino seria repelido nuevamente por el escudo. El orco era por otra parte una fortaleza andante su pesada armadura no dejaba ver nada de su cuerpo exceptuando por la ranura por donde se podían ver los ojos siniestros de la criatura. Aunque con gran facilidad podía vencer a los soldados el rey era una cosa aparte. Ningún elahara es movido por la vanidad y quedarse a luchar no parecía ser la mejor estrategia en ese momento. Betu no tenía ni las armas ni la oportunidad contra tal guerrero. Pero algo había comprobado: el orco manejaba con gran facilidad las armas que había robado y era posible que incluso con mayor destreza que su antiguo dueño. Antes de que la lluvia se detuviese y antes de que el orco lo alcanzase Betu se convirtió en luz y escapó por la tormenta.
Murgthiz lanzó una carcajada. -Que sepa la madre tierra que es el vientre del cual nacen todos los orcos, que su hijo Murgthiz ha llegado a este valle, que se apoderada del reino de Fenor y que de su camino se escapan hasta los dioses. Témanme pues ahora soy invencible.

Neilad juntaba fuerzas y esperaba su oportunidad para escapar perdiéndose en el bosque mientras los orcos se enfrentaban a los hombres de Gull. Los antiguos compañeros de Sefit ya habían dado muerte a dos de los orcos de Glansh-Glakh. Dos de ellos se enfrentaban al orco guardaespaldas, que agitaba su garrote hacia ellos. Uno de sus golpes sorprendió a uno de los guerreros que cayó muerto cerca de donde estaba Neilad. El segundo guerrero se lanzó sobre él y lo atravesó con su espada. Antes de morir el gigantesco orco golpeo con una de sus pesadas manos a su asesino que fue lanzado por la fuerza del impacto contra el tronco de un árbol. Pero los otros tres guerreros entre los que se encontraba el que había hablado con Neilad en primer lugar no encontraban dificultad contra los otros orcos. Consiguieron matar a dos más y ya solo quedaban seis y Glansh-Glakh que todavía no se había unido a la pelea. Uno de los guerreros de Gull se enfrento a él. Su cara estaba vendada y solo podían verse los ojos oscuros del hombre que se puso en guardia frente al orco. Su ropa negra sus guantes de cuero y la tela oscura que lo vestía lo ocultaban en la noche haciendo de esto un camuflaje perfecto. El combate cuerpo a cuerpo era la única opción del orco que desenfundó su espada y se preparó para luchar, no permitiría que el hombre se alejase. Se midieron un segundo y luego el lobo del desierto atacó. El orco consiguió eludir el golpe pero antes de que pudiese reaccionar el hombre golpeo con la empuñadura de su arma la cara del orco. Glansh-Glakh lo empujó quitándoselo de encima. Nuevamente el hombre atacó lanzando una feroz estocada pero la armadura del orco era en extremo resistente y el golpe no puedo atravesarla. Glansh-Glakh no perdió el tiempo y cortó la cabeza del hombre. Solo quedaban dos en combate y uno que estaba herido. Neilad tomó la espada del hombre que había matado el orco guardaespaldas. Ahora con una espada sus posibilidades si bien escasas habían aumentado. Mientras con una mano se tomaba el vientre donde había sido herido intentaba escapar corriendo lo más que le daba el cuerpo dentro del bosque, pero Glansh-Glakh advirtió su huida. El orco abandonó la batalla, ya lo había perdido todo y culpaba a Neilad en su afán de encontrar responsables de su desdicha, no iba a permitir que escapase con vida. Neilad no se movía a gran velocidad pero le había sacado algo de ventaja al orco a pesar de esto Glansh-Glakh consiguió verlo por entre los árboles y se dirigió con rapidez donde estaba. Atrás de él, el caballero de Gull que inicialmente lo acompañaba y parecía ser el jefe de los cinco que habían venido había emprendido su propia persecución en busca del hombre y del general orco. No podía regresar ante Murgthiz sin las dos cabezas o el rey orco lo perseguiría hasta el fin de la tierra. Finalmente el orco alcanzó a Neilad.
-No te iras de aquí humano. Si te mato a ti y a estos guerreros negros quizás el supremo comandante vea mi fortaleza y perdone mis pecados. -El orco gemía y escupía mientras hablaba.
-¿No entiendes orco? Que ha sido tu fortaleza la que teme Murgthiz y por eso te ha enviado a matar. No desea competencia, y le teme a tu inteligencia. -Neilad hablaba con dificultad.
-Eres un humano estúpido. Mi rey no le teme a nada.
-Ese orco teme muchas cosas, estoy seguro de eso. Eres astuto y estas ansioso por demostrar tu lealtad y tu supremo comandante se ha aprovechado de eso y te ha utilizado. Volver con las noticias de tu triunfo no era algo que él podía aceptar. Su vanidad no le permite compartir la gloria y borrara de su camino a cualquiera que opaque su presencia.
-¡¡¡Nooo!!! -Jadeó el orco desesperado que no quería ver la realidad-. Él solo se ha equivocado, seguramente ese sucio de Mur-hr ha metido ideas en su cabeza. -Glansh-Glakh lanzó una estocada contra Neilad. El hombre a duras penas consiguió esquivarla. Golpeo con su puño la cara del orco que no parecía sentir nada. A pesar de su estado Neilad podía hacer que su espada danzara en el aire. Gracias a su  gran habilidad consiguió herir al orco en su antebrazo, pero el orco estaba cegado por la desesperación y lanzó otro golpe ignorando su herida. Neilad se agachó para esquivarlo pero al flexionarse se resintió todavía más la herida, la sangre seguía saliendo. Todo había pasado muy rápido y no había podido realizar ningún tipo de auxilio sobre el corte. La fuerza se le iba en ese preciso instante y para el orco sería muy fácil rematarlo. Espero el golpe final pero algo sucedió, el caballero negro había llegado hasta donde estaban ellos y ahora enfrentaba al orco. El guerrero ignoró a Neilad que estaba mal herido y atacó al orco sin ninguna piedad. Glansh-Glakh no se sintió intimidado, también él era un fiero guerrero. Las espadas de ambos chocaron. El orco que había sido herido por Neilad ya no podía usar toda su fuerza y se encontraba en desventaja ante el caballero de Gull. Neilad observaba la lucha recuperando fuerza y veía en el hombre los movimientos perfectos que realizaba, la misma técnica superior de su compañero Sefit. El sabia de esgrima y sabia que cada movimiento había sido estudiado a fondo y perfeccionado en años durante horas todos los días. Pronto el orco caería y él sería el próximo. La batalla se extendió mientras la lluvia seguía cayendo. El piso se encontraba resbaloso y esa era una leve ventaja para el orco, la única que tenía en ese momento. Los orcos son ágiles en el barro que los vio nacer. Se afirmó en el piso para resistir el potente ataque del hombre que todavía no podía acertar un golpe mortal contra el orco y eso ya había herido su orgullo. Este guerrero era muy superior a los otros cuatro pero aun así el orco que había sido adiestrado por años y su estilo de lucha no era inferior por lo que todavía resistía. Finalmente el hombre consiguió desarmar al orco. Sin siquiera pensarlo levantó su espada para finalizar al orco como haría Sefit sin decir nada completamente concentrado en el duelo. Pero antes de que pudiera bajar la espada otra le atravesó la espalda y el filo del acero se tiño de rojo. Por el pecho del caballero negro asomaba la espada que Neilad había tomado de su compañero caído. Antes de morir entendió que debía de haberse tomado el tiempo de finalizar al hombre que ahora era su verdugo. El orco desarmado retrocedió un paso y miró a Neilad quien era ahora el que tenía la ventaja.
-Ya mátame de una vez hombre y quítame de mi miseria, si te atreves. Nada me queda por lo que pelear -Neilad avanzó apuntando con la espada a la cara del orco que retrocedió dando cortos pasos sobre el barro. Una rama se interpuso y el orco tropezó y cayó de espaldas. El agua de la lluvia limpiaba la herida de la cara de Neilad que había hecho hacia unos minutos el hombre que acababa de matar-. ¿Qué esperas? -vociferó el orco.
-Se matar cuando debo, pero no estoy apurado en regalar muerte, orco. La oscura dama ya ha cosechado suficientes almas esta noche -dijo Neilad tratando de recuperar su tono de voz habitual, su herida seguía sangrando. El orco vaciló. Se escucharon los pasos de guerreros que se acercaban. Las pisadas chapoteaban sobre los charcos de agua que se habían formado sobre los pozos en el piso. Tres orcos habían sobrevivido al último caballero negro y habían matado al que estaba herido. Con sus espadas vendadas en cuero y oxidadas amenazaron al hombre que apuntaba con su arma a su jefe-. Escuchen orcos -Herido y agotado como estaba el hombre sabía que no podría enfrentarlos y triunfar-. Murgthiz los ha traicionado y ha puesto precio a sus cabezas como antes lo ha hecho conmigo. Pueden intentar matarme y antes de eso yo matare a su jefe y quizás me lleva alguno de ustedes conmigo también. Todos podemos morir hoy, o tratar de vivir. Cuando los caballeros negros no regresen sabrá que algo ha pasado y no tardará en enviar más soldados a buscarlos y vendrán también por mí si no encuentran mi cadáver.
El orco de voz aguda que había conseguido sobrevivir gritó. -No quieras engañarnos con tus palabras humano. Esto solo ha sido un error.
-No sé qué poder tenga su rey sobre ustedes que los flagela y manda a matar y todavía lo aman. Pero eso no cambiará el hecho de que son proscriptos y que serán buscados hasta ser muertos si este comandante triunfa en su guerra. Estoy herido y voy a morir si no recibo ayuda -El hombre ya no podía ver bien y solo distinguía figuras borrosas pero seguía estando de pie y disimulaba su dolor lo más posible-. Si me llevan a la fortaleza de Fenor que solo queda a un día de aquí me aseguraré de que sus vidas sean perdonadas y de que se les permita un indulto.
-Estas delirando humano, los hombres de Fenor nos mataran en cuanto nos vean y te mataran a ti también sin pensarlo si es que no te reconocen. -dijo Glansh-Glakh tendido en el piso.
-Pueden arriesgarse a sobrevivir entre los hombres y tienen mi palabra de caballero que luchare con mi vida si es necesario para garantizar la suya. O pueden arriesgarse a morir sin protección ante el ejército de aquel que los traicionó.
Los orcos murmuraron un segundo pensativos. Las manos de Neilad temblaban, levantó la cabeza mirando al cielo por un segundo rezando alguna tregua con sus enemigos alguna luz de esperanza. Y un rayo iluminó el cielo. Betu se materializó al lado de él. Neilad sin perder la postura en la que estaba sosteniendo la espada, intentó sonreír pero su dolor ya no se lo permitía. Los orcos se habían asustado ante la aparición del hombre divino.
-En que mal estado te encuentro viejo amigo -Betu sonrió al ver a Neilad, luego se puso serio otra vez-. Ya me encargar yo de estos orcos aunque no haya podido con su jefe.-Los brazos del semi-dios se cargaron de energía mientras tomaba la espada partida.
Neilad tosió sangre -No, basta de muerte. Espero una respuesta de estos orcos.
Betu se sorprendió del pedido del otro elahara. Pero dijo -Esta bien. No sé qué ha sucedido pero te daré el gusto.
Glansh-Glakh respondió -¿Qué tipo de hombre eres Neilad que le das ordenes a los dioses y obedecen?
-Yo no le doy órdenes a nadie orco. Betu es mi amigo y se lo he pedido.
El general orco guardo silencio por un momento -Lo he pensado y es cierto lo que dices. Murgthiz nos perseguirá hasta el final. No hay lugar donde podamos escapar. Pero viajar a la fortaleza de Fenor es un suicidio, ese es el próximo objetivo del ejército de Murgthiz. Pero mis orcos y yo te acompañaremos ahí para que seas curado y creeré en tu palabra de que seremos perdonados. Y si no, encontrare la muerte que no me has ofrecido en las espadas de los hombres o los orcos que me acompañaran en el viaje al infierno. -Los otros orcos no protestaron sintiéndose intimidados ante la presencia de Betu. 
Neilad se dirigió hacia Betu con el último aliento de fuerza que le quedaba. -Le he prometido a estos orcos perdón a cambio de que me lleven al castillo de Fenor. Asegúrate de que los hombres del rey no los lastimen.
-Así lo haré. -dijo Betu. Neilad después de escuchar esto finalmente se desmayó. Por segunda vez consecutiva esa semana. En ese preciso instante la lluvia se detuvo. Betu debería seguir a pie como cualquier hombre, aun herido intentó levantar a Neilad para llevarlo en sus hombros.
El orco jefe que ya se había parado dijo -Si me permites yo cargare al hombre hasta allá.- Cualquiera que no hubiera sido un elahara hubiera sospechado que el orco intentaría usar a Neilad como rehén en caso de que las cosas se complicasen. Pero el luminoso monje creyó ver algo mas en el rostro del orco, respeto, y hasta admiración por el hombre que había caído. Y si él no hubiera sido un elahara no se lo hubiera permitido. Pero lo hizo y el orco levantó a Neilad del suelo y lo cargó en su hombro y avanzaron a pie hacia donde se había dirigido el rey orco. Los caballos de los hombres habían escapado y de nada le servirían a los orcos que no sabían cabalgar o a Betu que nunca había estado sobre uno tampoco.

            Siguieron caminando sin decir muchas palabras durante más de media hora. La lluvia ya no caía, las nubes se habían disipado y el frío de la noche golpeaba a los cuerpos húmedos de los viajeros. Alcanzaron el lugar donde Betu había enfrentado a los orcos antes. Los cuerpos muertos de los soldados calcinados impresionaron a los orcos que lo acompañaban y el gran lobo tendido en el piso muerto por el golpe eléctrico de Betu intrigaba a los orcos que nunca habían visto como muchos hombres y enanos a un hombre con esos poderes.
Glansh-Glakh habló -Tu has enfrentado a Murgthiz y perdido por lo escuché de tu conversación con el hombre. ¿Qué oportunidad tienen los hombres del Rey Urael contra él si tú que eres un dios no pudiste derrotarlo? Ir hacia allá, insisto es un suicidio. ¿O no eres tu acaso un dios? No lo creo por que los dioses no sangran y tú has sido herido.



-No soy un dios exactamente pero los hombres tampoco me consideran hombre. Y no subestimes el valor de los soldados del Rey así como subestimaron a los caballeros de la orden a la cual pertenezco. Los humanos poseen la voluntad y la fuerza para enfrentarse a Murgthiz y triunfar donde yo no lo he hecho pero no podrán hacerlo solos -Betu se paró dónde estaba la otra parte de su espada que había caído al campo de batalla y desenfundo la otra mitad. Los orcos retrocedieron. Nuevamente el brazo del semi dios se cargó de energía y apoyó el borde de la espada rota contra la otra parte y la espada comenzó a fundirse. El calor quemó el césped que estaba alrededor finalmente la espada volvió a unirse en una sola pieza y el elahara la sacudió para probar su firmeza. La espada había sido reparado con su poder divino y no se distinguía donde antes había sido rota. Ante los ojos de los orcos que miraban con fascinación-. Mi nombre como habrán escuchado es Betu y si vamos a viajar juntos me gustaría saber los suyos, si es que desean contarme.