lunes, 28 de abril de 2014

14 - Los lobos del desierto de Gull

Fortaleza de Fenor.
Día 13 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


            Maz, Sefit y Verokai acompañaron al Rey Urael y a Guy de Montevid junto con la escolta del rey a las habitaciones de Frerias el santo. El cuerpo sin vida del hombre descansaba sobre la cama. Le habían cortado la garganta mientras hacía los últimos preparativos para la ceremonia que debía comenzar en unos pocos minutos.
-Esto es terrible -dijo el rey. Afuera los gritos de los peregrinos comenzaban a escucharse. Algunos de los caballeros de Gull mataban al azar hombres que encontraban en su camino, generando caos. Luego se escondían entre las sombras nuevamente para no ser vistos. Nadie podía encontrar a los asesinos-. Controlen a las masas de viajeros que se encuentran afuera, que no los invada el miedo. Y cierren las puertas de la fortaleza que nadie entre o salga a partir de ahora. -ordenó el rey a uno de los soldados que se separó llevando las ordenes a los guardias de afuera.
La noche había llegado hacia pocos minutos. Verokai arregló su ropa y sonrío.- Yo los buscaré entre las sombras, hoy hay luna llena y mi fuerza es superior. Me encargaré de matar a los que encuentre. -Saltó por la ventana al techo mientras reía, con gran destreza hizo equilibrio sobre los tejados y después se perdió en la oscuridad.
Guy desenfundo su espada. -Si han venido a matarnos que peleen de frente los cobardes, que aquí hay una guerrera que no les teme.
Sefit rió -Son asesinos no guerreros, no tienen ningún interés en el honor o en la gloria. Solo han venido a cumplir con su objetivo. Ten abiertos los ojos y los oídos por que llegaran cuando menos los esperes.
Maz permanecía en silencio atentó a todo, una de sus dagas voló cerca de las orejas del rey y se clavó en el pecho de uno de los caballeros negros que había estado oculto en la habitación esperando su oportunidad, no murió pero quedó mal herido. Los soldados que acompañaban al rey lo rodearon. Las armas de los ex compañeros de Sefit zumbaron y se clavaron en los cuerpos de los soldados que protegían al Rey Urael. Tres de ellos murieron al instante. Dos de sus enemigos aparecieron de entre las sombras, estaban esperando para emboscar al rey. Uno saltó sobre él, pero la espada de Sefit fue más rápida y lo mató antes de que toque el piso. Guy detuvo el golpe del segundo. El rey desenfundo la espada que portaba. Guy atacó pero el lobo la esquivó fácilmente. Y antes de que pudiese contraatacar Sefit ya había arrojado dos Kirils mas contra el dándole muerte. Se aseguraron de que hubiese nadie más en la habitación.
El rey exclamó -Estoy empezando a creer en lo que me dijiste ladrón.
Guy gritó -Hay que proteger al rey, que la guardia venga aquí. Encuentren a los asesinos que se ocultan en la oscuridad. Y empuñen su armas no esperen a que los tomen desprevenidos. Informen a Nuel, Shires y Niguarn que se preparen las tropas.- Luego la joven frunció el seño y se dirigió al rey y al resto de los hombres -Debemos acompañarlo de vuelta donde se encuentra Neilad y el resto de su orden. Ahí lo protegeremos rey Urael. Me encargare de encontrar al resto de los asesinos donde sea que se encuentren.
-Nosotros haremos eso mujer, Maz y yo cazaremos al resto de los lobos del desierto de Gull.
-No. Yo iré a matar a estos asesinos. -gritó la joven.
-Tu pasión es impresionante Guy de Montevid y me conmueve, me recuerdas a tu abuelo en sus años de juventud cuando él y yo todavía éramos niños -El rey apoyó su mano sobre el brazo de la joven que empuñaba la espada-. Me sentiré más seguro si me acompañas en el cenáculo mis huesos están cansados del acero y confío más en tu juventud.
La joven asintió con la cabeza -Así se hará rey.

            Abajo, en la multitud, Verokai se mezclaba entre las personas aterrorizadas. Cubierta con su capa y capucha disimulaba su armadura y su espada y se dejaba guiar por el aroma de la sangre fresca que estaba en las espadas de los caballeros que recién habían cobrado sus víctimas. Finalmente encontró a uno cubierto él también con capa pero sin poder disimular el aroma de la sangre. Lo siguió sutilmente para emboscarlo. Llegó hasta un rincón donde se encontró con dos más. Detrás de ellos Verokai finalmente se dejó ver. Los asesinos todavía trataban de disimular. Le hicieron señas para que se fuera. Pero Verokai se quedó parada donde estaba. Uno de ellos se dirigió hacia ella. Antes de que pudiera darse cuenta la espada negra con runas de la elfa lo había atravesado. Finalmente dejó ver su cara y su enorme sonrisa. Y en su boca sobresalían sus afilados colmillos. Los guerreros tomaron sus espadas silenciosamente y la atacaron pero la carcajada de Verokai estremeció al público. Esquivó las estocadas mientras que al mismo tiempo mataba a otro de ellos cortándole la garganta. La sangre del hombre, que comenzó a girar tomándose el cuello, cubrió los muros de la fortaleza y la cara de la guerrera a la cual no le molesto. Los ojos de la oscura elfa brillaron.
-Tú, serás mi cena.
Antes de que el hombre pudiera moverse ella ya se había colocado detrás de él y le robaba la vida en un mordico. El tercer guerrero cayó frente a los ojos del público que sentía temor por la elfa a quien desconocían y habían visto cometiendo un acto tan salvaje. Camino riéndose entre los peregrinos y a su andar la gente retrocedía, incluso los soldados del rey, nadie quería ser su próxima víctima. Nuevamente se escuchó el zumbido de las armas de los caballeros de Gull. Y una de ellas se clavó en su omoplato. Extrajo el arma de su espalda y nuevamente sintió el sonido de las armas aproximándose. Tres más dieron en ella. La elfa seguía riéndose. Detectó con su oído de donde venían y nuevamente se dejó guiar por su olfato. Persiguió el rastro hasta que dio con el hombre que cuando la tuvo lo suficientemente cerca empuñó su espada y la apuntó contra ella.
-Te has dejado ver y ese ha sido tu último error. –dijo la elfa, sonriendo maléficamente.
El hombre intentó moverse pero el miedo era el compañero de Verokai. La garganta del guerrero se cerró de temor y perdió el aire. Las piernas le temblaban. Los brazos se le volvían pesados. Verokai lanzó una estocada a su corazón que parecía que le iba a salir del pecho y el hombre no pudo hacer más que ver cómo era asesinado. Quitó finalmente la elfa de su cuerpo las armas que le habían sido lanzadas. Las heridas de Verokai fueron cerrando. Saltó al techo de una de las barracas y desde ahí siguió buscando al resto de los asesinos.

            Maz y Sefit buscaban por los pasillos internos de la fortaleza, eran guiados por tres guardias del castillo. Se movieron rápidamente por las habitaciones buscando a los caballeros de Gull. Sefit hacia cálculos tratando de anticipar los movimientos de sus antiguos compañeros. Sabia sus tácticas y estimaba que no habían matado a Frerias el santo porque si. Sin el sumo sacerdote de Irus y sin poder realizar el rito las supersticiones de los hombres les jugarían en su contra. Los otros objetivos eran lógicamente el rey y sus generales. Sin ellos para controlar la situación y estando la fortaleza llena de visitantes, el caos reinaría fácilmente y al rey orco no le tomaría más que unas pocas horas tomar el castillo. Así mismo cuando nada quedase matarían a personas al azar solo para sembrar terror y finalmente en el caos abrirían las puertas de la fortaleza si es que para ese entonces las mismas personas del interior no lo habían hecho tratando de escapar. Maz sin haber intercambiado palabras con el imbatible pensaba lo mismo. Era poco probable además que los lobos del desierto tomasen prisioneros y si lo hacían buscarían a los más nobles para poder intercambiarlos por algo o por su libertad. Los ministros estaban siendo protegidos por varios guardias así también los embajadores de Denjiia desde la llegada de Neilad y su orden. Pero de igual forma estaba el sumo sacerdote protegido y sin embargo se habían encargado de matarlo. Encontraron sobre uno de los pasillos inferiores varios cuerpos. Las paredes del lugar que no estaban adornadas casi por nada ya que se trataba de una fortaleza y no un palacio estaban ahora cubiertas de sangre así como el piso de tierra. Tres soldados habían sido sorprendidos y entre ellos un cuarto hombre yacía muerto. Maz lo reconoció de la noche anterior, el ministro Erraren. Su fina ropa ahora estaba manchada con la sangre de sus guardianes y con la suya propia. Las filosas armas arrojadizas delataban a sus asesinos así como los perfectos cortes con que habían matados a los hombres. Los lobos del desierto de Gull habían llegado antes que ellos. Podían estar en cualquier parte ya que sabían cómo no dejar rastros y lo más probable es que estuviesen buscando a la próxima víctima. Con cada muerte el rey orco afirmaba cada vez más su victoria. Corrieron en busca del otro ministro y mientras lo hacían por los ventanales de los pasillos inferiores podían ver a la multitud, que antes estaba reunida en la fiesta, correr hacia todos lados. Niguarn y Shires de Montevid trataban de contener a las masas con sus soldados pero no era suficiente. Además algunos de los peregrinos empezaban a caer enfermos. Pronto Maz comprendió que saboteadores también habían aprovechado el tiempo que les había regalado el rey para poder envenenar a la comida y las reservas. En muy poco tiempo el daño que habían hecho había causado una herida en lo profundo del reino de Fenor y el rey orco solo necesitó a un puñado de hombres para hacerlo y a un  muy buen plan. Era por esto que estos hombres eran los mejores asesinos de Kiem. En el primer piso escucharon el inconfundible sonido de espadas chocando. La guardia del último ministro todavía permanecía en pie enfrentando a dos de sus enemigos. Maz preparó sus dagas mientras se aproximaba, así como también lo hacia Sefit con su espada y los guardias del rey que con ellos venían con sus armas. El ladrón lanzó una de sus dagas pero ya había sido advertido por los asesinos que la eludieron. Uno consiguió matar a uno de los soldados y herir a otro el tercero se interpuso valientemente entre el asesino y el ministro y comenzó a luchar con el caballero negro. El otro asesino enfrentó a Sefit. El imbatible reconoció a su antiguo compañero. Nrikres era posiblemente el jefe del grupo de hombres que había sido enviado al castillo y un digno rival. Después del daño que habían causado si él moría era probable que los demás escapasen o se ocultasen hasta tener la oportunidad de hacerlo. Había sido un golpe de suerte encontrarlo. Nrikres era implacable y frío y Sefit no se confío de él. Alcanzó con verse para que el duelo comenzara.

El resto del grupo se dirigió hacia donde estaba el otro asesino y dejaron a Sefit peleando solo contra el jefe de los lobos del desierto. Maz no era un guerrero de espada y a pesar de ser inteligente y sagaz solo estorbaría en esa pelea y sabía además que no querría Sefit que él se interpusiese. El otro asesino ya había conseguido herir al último de los escoltas del ministro pero tres nuevos soldados llegaron acompañados por Maz. Los tres soldados atacaron al mismo tiempo pero el guerrero esquivaba sus golpes con facilidad, él como su espada se movían a una velocidad que superaba a los ojos. Maz lanzó otra de sus dagas pero nuevamente el guerrero la esquivó. Cortó la pierna de uno de los soldados sacándolo de combate. El ministro se había alejado lo suficiente como para permanecer fuera del alcance de las espadas de los asesinos. Maz se movió junto a él, no podía permitir que él también muriese. Uno de los soldados consiguió herir en el brazo al caballero negro. El hombre se movió hacia atrás y arrojó sus proyectiles uno de ellos golpeo una pared pero los otros dos se clavaron en la cara de uno de los soldados. El que había sido herido antes por él se arrojó contra su enemigo quien lo atravesó con su espada pero se aseguro de sacarla lo antes posible para no ser sorprendido por los otros. Los otros dos guerreros que todavía luchaban también lo embistieron y uno consiguió clavarle la espada en el vientre aunque le costó la vida ya que el asesino hizo lo mismo con él, pero con mayor efectividad, el otro soldado no había podido acertar el golpe. Mal herido todavía seguía dando batalla, el último soldado lo enfrentó pero finalmente las dagas de Maz hicieron blanco y el caballero negro que no portaba armadura para ser más veloz no tuvo defensa contra ellas. El último soldado le cortó la cabeza antes de que cayese su cuerpo, cubierto de cuero negro, al suelo.

Más atrás Nrikres y Sefit se habían separado del mundo y se encontraban concentrados esperando el momento exacto para atacar. Ninguno de los dos disponía de tiempo pero tampoco podían darse el lujo de apresurar la lucha ya que un movimiento en falso ante tales oponentes les costarían la vida. Finalmente el imbatible respiró hondo y atacó. Nrikres detuvo el golpe con su espada y se movió a su lado hiriendo a Sefit en el hombro. Sefit cambio su arma de mano y giro por su espalda en un movimiento arriesgado y antes de terminar de girar sostuvo su espada con las dos manos como acostumbraba empuñarla y como se debía hacer con ese tipo de armas. Nrikres que no podía maniobrar porque el otro guerrero le había acortado la distancia también giró buscando encontrar la espalda de su enemigo. Pero esta vez el imbatible consiguió acertar el golpe. Como se decía, por cada golpe de su enemigo, él podía dar dos y aunque el primero no había acertado el segundo fue suficiente. La herida que produjo abarcaba todo el pecho del guerrero era profunda y honda. Nrikres observó su pecho y tocó su sangre con una mano. Su presión bajaba y su cerebro se iba a apagando. Caminó tambaleándose, luego cayó de rodillas pero se sostuvo clavando su espada en el piso. Pero no pudo resistir mucho, finalmente cayó boca abajo y murió. Sefit sacudió su espada hacia ambos lados quitando la sangre de su hoja y giró hacia donde se encontraba Maz y en el mismo movimiento envaino su arma es su funda por detrás de su espalda.

            Nuel el campeón de los hombres patrullaba por las murallas de la fortaleza y observa el caos que abajo acontecía.        En la torre de norte vio que alguien se había encargado de prender fuego madera y paja. Era una señal posiblemente para los que esperasen afuera. Observó desde donde estaba que también al sur se prendía una. Corrió hacia la torre del Norte que era la más próxima. Y pudo ver al caballero que había iniciado el fuego. El asesino lanzó sus armas zumbadoras contra él pero Nuel conocía la táctica y estaba esperándolas. El campeón cargaba una espada de dos manos ancha y pesada que manejaba con facilidad gracias a su fortaleza y tamaño. Con el mismo ancho de la hoja detuvo los proyectiles usando a la espada como escudo. Y sin perder velocidad arremetió con la mayor fuerza que pudo, no solo consiguió golpear al asesino sino que además partió en dos a una de las columnas de madera que sostenían al techo de la torre derrumbándolo y apagando así al fuego. No se molestó en ver entre los escombros si el caballero negro había sobrevivido ya que nadie sobreviviría a tal ataque. Pero en ese mismo instante comenzó lo peor. El sonido de los tambores de los orcos se escuchaba saliendo del bosque. Pronto se encendieron miles de antorchas en la oscuridad y el ejército de orcos que la orden había anunciado se hizo visible. Los veinte mil orcos estaban ahí. El retumbar de los tambores solo causaba más histeria entre las masas de peregrinos y soldados. Y a los lejos se escucho rugir al Dragón y una bocanada de fuego se vio entre las copas de los árboles del bosque. Y Nuel solo pudo decir -¡Por Irus!

            Nuel dejó que Shires de Montevid y Niguarn el joven se encargaran de la situación. Los soldados se armaban y comenzaban a ocupar sus puestos de defensa sobre las murallas del castillo. Los orcos no atacarían inmediatamente debían acomodar sus armas de asedio y organizar su ejército para atacar y para eso debían primero terminar de salir del bosque contaban con más de una hora para esto. Se dirigió donde estaba el rey para pedirle ayuda. Alguien necesitaba calmar a los hombres. Nuevamente entró al cenáculo y vio a la orden reunida. Vio a las elfas, a los enanos, a los hombres, al gato y al mago y hasta la extraña criatura que había llegado hacia unas horas todos alrededor de Neilad solo faltaba el que se había presentado como un semi dios. Y junto al rey estaba Guy de Montevid acompañada por ocho guardias.
-Mi señor, la histeria se ha apoderado de los hombres. Afuera un ejército nos ha sitiado. Necesitamos restaurar el orden para poder organizarnos, para poder enfrentar a los orcos.
-Hace unos minutos maté a quien creo era su jefe. Los lobos del desierto no molestaran más por ahora. Posiblemente se hayan ocultado o escapado. Si no es que matamos a todos. Estoy convencido que esa amenaza ha pasado. -dijo Sefit tranquilamente.
-Puede ser o puede ser que no y todavía estén ahí, pero yo ya no puedo refugiarme más aquí, mi lugar es afuera. -El rey Urael hablaba solemnemente.
-Señor…
-No Guy no quieras convencerme de que no es seguro estamos rodeados. Ahora o dentro de unas horas pronto todos seremos victimas si no hacemos algo. Esto no puede seguir así. Tenemos que recuperar la moral del castillo. Ustedes nos advirtieron y lamento mi desconfianza. Lamento también no poder haber hecho más por este hombre, quizás pronto todos lo acompañaremos en su camino.
-Alguien se aproxima -dijo el gato y levantó sus orejas.
Los pasos  sobre el suelo de madera retumbaron por los pasillos de la fortaleza en el piso más alto del castillo donde se encontraba la orden. Cada vez más cerca y más cerca de la puerta de entrada. Los guardias se agruparon en formación cargando sus lanzas. Guy desenfundó su espada y Nuel hizo lo mismo. Pero nadie se atrevió a decir nada. Y una silueta se dibujo en la puerta. Uno de los soldados dejó caer su lanza. Ninguno estaba preparado para ver lo que aparecía delante de ellos.

Y el gato dijo -Tu deseo se ha cumplido rey, este es Zauner. El último miembro de la orden. Ahora nos has conocido a todos.