lunes, 28 de abril de 2014

15 - El duelo

Fortaleza de Fenor.
Día 13 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


No mucho después de que Sugum se uniese a La Orden del Gato Azul, se encontró Neilad con Zauner, en la parte norte del bosque de Lurand. Allí donde los árboles se han petrificado. Es este el lugar más antiguo de Lurand y el más temido también. Antes de que los hombres construyesen el palacio de plata, antes de que las hadas llenasen el bosque con flores de vivos colores y trajesen de lugares remotos a las aves doradas, incluso antes de esto, el bosque de piedra existía. Y en ese lugar vivía la Bestia. Esta criatura era hijo de un dios perverso. Había sido engendrada cuando la raza de los hombres todavía era muy joven y había sido enviada al bosque por los dioses para ser olvidada. Pero su padre no lo olvidó. Pasaron los siglos y los laboriosos hombres crearon ciudades por el mundo. Los sagrados elfos viajaron por los viejos bosques y cultivaron nuevos donde se agruparon en tribus y los poderosos enanos se adentraron en la tierra. Y nunca ninguno quiso saber de la Bestia o del bosque de piedra cerca del río grande. Pero los humanos siempre inquietos nunca dejaron de esparcirse y finalmente llegaron al bosque. Se acordaron entonces de la Bestia que allí vivía y no pudieron tolerar su presencia. Pero todos los cazadores que allí entraron nunca regresaron. Pasó el tiempo y el dios creyó que nadie jamás sería capaz de lastimar a su hijo. Pero un hombre se presentó. Un hombre alto y de espalda ancha. Con brazos fuertes y rostro hermoso. Su pelo era negro como el azabache, su piel blanca como la crema y sus ojos eran del color verde del mar. Era joven y amigo de todos en la recién formada aldea de Lurand. Ahí su fortaleza lo ayudaba en su trabajo de leñador y en varias ocasiones había luchado contra los orcos del norte cargando su hacha para defender su ciudad. Por esto su fama creció y pronto en la aldea le pidieron que luchase contra la Bestia y la matara. Él era el mejor de los hombres, pero Zauner no quiso. Entonces los hombres de la aldea insistieron y le ofrecieron oro, pero Zauner no quiso. Forjaron un hacha de guerra tan alta como él y le dijeron que con esa arma no podría ser vencido, pero Zauner no quiso. Nadie se atrevería a llamar a Zauner cobarde pero tampoco entendían porque se negaba. Pensaron entonces que sería mejor engañarlo para que enfrentase a la Bestia y la matase de una vez. Entonces una bruja apareció y le dijo a los hombres que si le daban el oro que le habían prometido a Zauner ella lo convencería de matar a la Bestia. Los hombres accedieron. Y la bruja sedujo al hombre. Y le pidió que matase a la bestia “Tengo miedo” dijo “de la horrible Bestia que vive en el bosque, temo que por las noches venga a nuestro hogar y nos mate” el hombre entonces accedió y cargando su hacha de guerra fue a enfrentarse a la Bestia. Pero cuando llegó al bosque de piedra un cuervo apareció y dijo ser el padre de la bestia. “No mates a mi hijo que nada te ha hecho has como los enanos y los elfos que se han olvidado de él” Pero Zauner no le hizo caso y continuó su camino. El dios temió por la vida de su hijo ya que la fortaleza del hombre que parecía indetenible lo impresionaba “Te advierto hombre que no te perdonaré si lo matas. Me apoderare de tu alma y de tus huesos y no descansaras jamás” Pero el hombre continuó y se encontró con la bestia. Y con su imponente hacha de guerra la mató. Y el dios lleno de ira convertido en cuervo maldijo al hombre desde una rama de piedra. “Yo te condeno mortal, mil vidas de humano no alcanzan para compensar la que has quitado, buscare tu alma en el infierno y te traeré de vuelta para que castigues a los hijos de aquellos que han confabulado para quitarme al mío”. Regresó entonces a la aldea y por un tiempo vivió con la bruja sin saber él quien era ella. Pero los hombres desconformes de tener con ellos a una bruja también quisieron quitársela de encima, pero no podían enfrentar a Zauner ni decirle quien era ella. Así que envenenaron su comida y los mataron a los dos porque no deseaban saber qué pasaría si Zauner se enteraba de que habían matado a su mujer. Pero ellos desconocían la maldición que el dios había lanzado sobre Zauner. Y el dios cumplió. Y buscó el alma de Zauner y la trajo de vuelta a su cuerpo sin vida. Conservó su fuerza  le devolvió su hacha y lo mando a existir donde antes había vivido su hijo para que los hombres jamás se libraran del tormento del bosque de piedra. Zauner allí esperó a que los hijos de sus asesinos llegasen, durante años. Nunca deseo Zauner que este fuera su destino y luchó siempre para liberar su alma. La fuerza de un hombre es inigualable y por más castigado que sea por los dioses su alma solo puede ser suya. Y aunque el dios lo controlaba en su interior quería escapar como quiso siempre, Algo había en Neilad que junto a él la maldición perdía fuerza y no era ni por su espada ni por su escudo. Eran pocas las veces que podía librarse de su castigo pero cuando podía escapar antes de que el dios lo buscase de vuelta y lo regresara al bosque o al infierno Zauner elegía estar junto al hombre que ahora descansaba sobre la mesa del rey.

El yelmo con pesados cuernos solo dejaba ver un ojo carmesí que brillaba y su mandíbula de hueso expuesta. Su capa agujereada se movía como si un viento fantasmagórico soplase y solo la alcanzase a ella. Llevaba su hacha de doble filo y una armadura destruida que posiblemente había robado a alguna víctima. Sus músculos estaban podridos pero conservaban la fuerza que antaño habían tenido. Tuvo que agacharse para pasar por la puerta y mover su hacha en varias posiciones para poder entrar. Cuando estuvo dentro de la habitación Nuel observó que el no-muerto era incluso más alto que él. Solo los miembros de la orden vieron a Zauner con naturalidad y saludaron moviendo sus cabezas o alzando levemente sus manos. El rey y su corte miraban con asombro al enorme guerrero no-muerto que ante ellos se encontraba. Zauner se aproximó al cuerpo de Neilad y apoyó su huesuda mano sobre el pecho del hombre.
-Has intentado verme en el país de los muertos Neilad. He encontrado tu alma vagando en el umbral entre este mundo y el otro. Deja que sea solo yo quien realice ese viaje. Quédate aquí, la orden te necesita. Te dije allí que escuchases mi voz y me buscases en este reino. Has eso ahora, escucha mi voz y regresa Neilad. -La voz espectral de Zauner retumbaba en la habitación y atemorizaba a los soldados del rey.
Como si hubiese estado demasiado tiempo bajo del agua y por fin alcanzase la superficie Neilad respiró profundamente y abrió los ojos. Levantó su cuerpo de la mesa y se sentó en ella. Tocó el lugar donde había sido herido y notó que su herida había cicatrizado, posiblemente gracias a la magia de la elfa, ninguna poción que él pudiese hacer causaría un efecto tan rápido. La piedra del pecho de Sugum brilló y los enanos rieron. Zauner retiró su mano del pecho del hombre y permaneció quieto. Verokai cruzó sus brazos y sonrío al igual que Sefit que se arreglaba los guantes. El gato saltó a los pies del hombre que fue abrazado por la sacerdotisa. Serotonino apoyó su mano sobre el hombro del paladín y Maz miró al rey y preguntó con una sonrisa jocosa en el rostro.
-¿Algo con que brindar…?

            Diez caballeros de la orden estaban reunidos junto con el gato, solo faltaba el otro Elahara que estaba acompañando a los orcos en la prisión. Neilad recorría la habitación con los ojos. Todos estaban presentes y además otros hombres que no conocía. Por su vestimenta reconoció al rey Urael y comprendió que se encontraba en la fortaleza de Fenor.
Después que todos saludaron a Neilad, Rikenv se aclaró la garganta. -Aquí está tu armadura hombre, reluciente como siempre la usas. -y le alcanzó la armadura que siempre portaba y que Murgthiz no se había robado. Los enanos la habían limpiado y pulido. Y brillaba el blanco de la misma contrastando con las piedras grises oscuro de la fortaleza.
Neilad comenzó a vestirse con ella. -Gracias, no sé qué haría sin ustedes señores enanos. No sé qué haría sin ninguno de ustedes. Quiero que disculpen mi estupidez al visitar a la ogra. Me confíe demasiado y temí que ustedes tuviesen que pagarlo. Estuve muy afligido entonces pero me alegro ahora de verlos bien. A la última persona que vi en este mundo fue a Betu. ¿Dónde se encuentra él? ¿Qué ha pasado con los orcos que me trajeron hasta aquí?
-Yo, soy Urael, rey de Fenor.- dijo el rey presentándose.
-Lo sé.  He reconocido su atuendo y a las piedras grises y azules de la fortaleza. Es un placer estar en su presencia y mis amigos ya le deben haber dicho que yo soy Neilad.
-He conocido a tus amigos hombre y no dejo de asombrarme. Me alegro de que te hayas recuperado pero me temo que no podías despertar en peor momento o en peor lugar. Afuera un ejército de orcos nos rodea y si no fuera por tus compañeros es posible que ya hubiésemos sido vencidos. Debo retirarme ahora y organizar al ejército para enfrentar a nuestros enemigos. Sus espadas son bienvenidas en nuestra guerra mas no puedo pedirles que se nos unan, suficiente han hecho, son mis invitados aquí señores de Lurand. Los dejo solos aquí para que hablen y si esta pesadilla termina alguna vez recompensare sus actos. -Los caballeros de la orden saludaron al rey que se retiró en compañía del general Nuel, la Mayor Guy y de los guardias. Mientras que las tropas del rey se preparaban para resistir el asalto los guerreros de la orden explicaron a Neilad lo que había pasado mientras estaba inconsciente. Le dijeron del rey orco y sus armas y de los demás Glansh y que Betu se encontraba protegiendo a los orcos que lo habían traído al castillo. Neilad meditó un segundo. Y mientras pensaba los enanos interrumpieron.
-Hemos estado en la forja haciendo esto. Observamos que los hombres de armas de esta fortaleza llevaban distintivos de sus familias. Somos nosotros también una familia de armas, una hermandad de guerreros. No sabemos si les pueden llegar a interesar, pero le hemos regalado uno a Betu ya y quizás ustedes también quieran llevarlo.- Rikenv el aventurero arrojó sobre la mesa, en la que antes había estado Neilad, cinco piezas de metal que llevaba envueltas en tela. Beraza hizo lo mismo y soltó sobre la mesa seis piezas de metal. Los enanos habían estado haciendo prendedores con el dibujo de un gato Azul grabado a fuerza de gubias y coloreado con finos esmaltes durante las últimas horas. Rikenv notó la cantidad y se dio cuenta de que sobraba uno. -Beraza, has hecho seis, te dije que hicieras solo cinco.
-No, tu dijiste qué harías cinco y que yo hiciera seis ¿Acaso soy yo el mas vago aquí?  ¿Desde cuándo?
-Si serás testarudo enano, que yo te dije cinco ¿Acaso pretendes que el Gato lleve un prendedor con su propio dibujo?
El resto de la orden levantó cada uno un prendedor y lo observaron. El hermoso trabajo de los enanos no dejaba de maravillarlos. La perfección con que habían sido trabajados no tenía explicación. Neilad interrumpió la pelea de los enanos que ya había pasado a mayores. -Es este un hermoso regalo que nos han hecho, con gusto lo llevare -Y se lo colocó en el cinturón porque no podía clavarlo en su pecho ya que no se lo permitía su armadura. Maz colocó el suyo en su pecho lo mismo hicieron Sefit y Serotonino. Azhalea se colocó el suyo y luego tomó otro y retiró una de las tantas cintas con la que se ataba el cabello y se lo ató a Sugum. Verokai tomó uno y lo observó, luego lo acomodó cerca de su escote entre las placas metálicas de su vestimenta, incluso Zauner tomó uno y lo acerco a su hombro izquierdo, sus músculos podridos rodearon al prendedor que ahí se quedo, aunque enseguida comenzó a lucir tan fantasmagórico como todo lo que componía a Zauner. Los enanos tomaron los suyo y se los colocaron. Y finalmente quedo uno solo que Neilad lo levantó y se lo guardo. -No se preocupen señores que siempre hay lugar para uno más en la orden -Sonrió e hizo una pausa-. Antes que nada, les prometí a los orcos libertad y perdón y eso hare, si todos vamos a morir hoy, hagámoslo luchando, que ellos compartan nuestro destino.

            Afuera las tropas del Rey de Fenor se organizaban. Tres divisiones de mil hombres comandaba Shires de Montevid dos de ellas de lanceros y una de infantería pesada, estos, estaban bien protegidos con armaduras y utilizaban pesadas espadas anchas. Shires dirigía las tropas montado en un caballo negro. Niguarn el joven tenía otras tres divisiones también dos de lanceros y una de infantería pero esta era infantería liviana no llevaban las mismas armaduras que los de Shires y portaban una espada larga y liviana y un escudo circular de madera resistente. Nuel el campeón solo comandaba dos divisiones de infantería pesada fuertemente equipada. Algunos cargaban armas como hachas o mazos de guerra mientras que otros, pesadas espadas, pero solo Nuel llevaba una espada de dos manos. Junto a él cabalgaba además una elite de cincuenta guerreros que en ocasiones peleaban a caballo y otras veces a pie dependiendo de la situación. Junto al rey estaban los pocos caballeros de la corte que apenas llegaban a quinientos. El rey le había pedido a la mayor Guy que defendiese las altas murallas de la fortaleza. Quinientos arqueros entre ellos muchas jóvenes mujeres como Guy se habían dispuesto detrás de las almenas del lado Norte de la Fortaleza de Fenor donde se encontraba el ejército del Rey orco. Otros doscientos soldados de infantería liviana se encontraban defendiendo las murallas y acompañaban a los arqueros. Los peregrinos estaban siendo llevados al interior de la fortaleza y los hombres del rey trataban de amurallarlos en todos los edificios más distantes al ala norte. Ya que la altura de la fortaleza era imposible de alcanzar por cualquier arma de asedio conocida y desde la fortaleza los hombres no veían a ninguna torre o escalera que portasen sus enemigos sabían que ellos intentarían derrumbar las murallas o derribar la puerta con arietes. Cuando la orden bajó de la torre en la que se encontraban y salieron al patio principal donde se organizaba el ejército todavía se escuchaba el repiqueteo de los tambores de los orcos y la primera piedra en llamas era arrojada a la fortaleza por las catapultas de los orcos. Los hombres que debían estar formados se encontraban desorganizados y la mitad de la población civil todavía corría por las plazas. El rey se asomó a un balcón mientras las campanas del templo sonaban tratando de que el sonido de los tambores se disimulase pero el terror todavía estaba en los rostros de los hombres. Muchos cuerpos estaban tirados en piso, personas que habían sido víctimas del veneno de los lobos del desierto. Un hombre a caballo se acercó a la orden a todo galope y se detuvo frente a ellos. El jinete trató de controlar al caballo que estaba inquieto. Otro de los proyectiles consiguió superar la altura de las murallas y cayó sobre un edificio que antes era una escuela destruyéndolo. El fuego trepó por el techo de madera de la construcción y el incendio comenzó. El soldado que se había quedado viendo el fuego se recompuso y miró a Neilad.
-¿Eres tu Neilad?
-Sí.
-Acompáñame el Rey desea hablar contigo.
Guiados por el jinete los diez caballeros y el gato llegaron a la plaza principal. El rey estaba en un balcón sobre una de las torres y miraba con atención. Cuando Neilad estuvo lo suficientemente cerca gritó tratando de superar el sonido de los tambores.
-Deseo saber, Neilad, si te unirás a la lucha.
-No tengo opción rey de Fenor, pero si la tuviera igual lo haría.
-Me alegra escuchar eso, pero me temo que antes de darte una espada ya que no tienes ninguna tengo que pedirte algo. Y sé que soy yo quien le debe a tu orden pero aun así es necesario. Lo que escuche de ti es que eres el mejor espadachín de estas tierras que eres capaz de utilizar cualquier espada.
-Muchas cosas se dicen y no son ciertas, rey. Y siempre me ha gustado más mi espada a todas las demás.
Nuel se aproximó detrás él, lo acompañaban dos soldados con espadas cubiertas en tela. El hombre, que era dos cabezas más alto que Neilad, lo miró y dijo -No es momento de ponerse modesto. Si realmente eres quien dices que eres entonces enfréntame y vénceme en un duelo.
Neilad frunció el seño -¿De qué hablas hombre? Me han dicho mis compañeros que eres el campeón del reino ¿Por qué querría en este momento de angustia enfrentarme a un campeón? Hay cosas mejores que el orgullo ahora y en casi todo momento debo agregar.
-El duelo pequeño hombre se llevara a cabo aunque no quieras ya que es importante que suceda -Gritó Nuel.
Beraza levantó su hacha -Yo te aplastare el cráneo gratis si lo deseas y no tienes que pedirme que lo intente.
Neilad extendió su brazo para contener a Beraza que ya se lanzaba sobre el Campeón. -¡Alto! ¿Eso deseas rey? ¿Qué me bata a duelo con este hombre? Y si te concedo eso ¿Harás algo tu por mi?
-No hace falta que me digas ni siquiera que es lo que deseas, pero antes de que todos muramos en manos de los orcos deseo ver que tan diestro eres con las espadas. -dijo el rey que hablaba con tristeza.
El elahara notó que ni en la voz de de Nuel o la del rey no se disfraza la soberbia. Algo que no podía entender los empujaba a pedirle eso. Era una prueba aunque no sabía con qué fin. Neilad caminó hacia el centro de la plaza, el resto de la Orden se alejó.
El gato refunfuñaba –Nunca te ha ido bien en los duelos hombre. Estos últimos días te han envenenado y acuchillado y ahora hace veinte minutos que te despiertas y ya te bates a duelo con un campeón… al final uno se desloma lavándole el cerebro a reyes y soldados para salvarte y tu solo, te metes en la boca del lobo otra vez.
Todos los hombres que corrían por el lugar, los soldados que intentaban formarse e incluso Guy y aquellos que estaban sobre la muralla dirigieron sus miradas hacia la plaza principal donde Neilad enfrentaba a Nuel el campeón. Los tambores sonaban cada vez más fuerte y las piedras todavía volaban por sobre las cabezas de los soldados era cuestión de tiempo para que una hiciera blanco entre la multitud, pero nada importaba en ese momento más que el duelo. Costumbre estúpida si la hay entre los hombres, pensaba el gato. Nuel levantó su espada de dos manos y reverencio a Neilad.
Neilad apoyó sus manos en su cintura y exclamo -Bien ¿Debo vencerte a mano limpia o realmente pretendes que muestre mis habilidades con la espada? Para eso necesito una espada ¿Sabes?
Nuel le hizo señas a uno de los soldados que lo acompañaban y el hombre se dirigió donde estaba Neilad. Desenvolvió la espada que estaba cubierta por la tela. Y se la entregó. Era una de las espadas de los orcos. Estas eran malas espadas fundidas, cortas y desafiladas. –Si realmente eres quien dices me vencerás con esa espada.
El gato indignado miraba- ¿Algo más? ¿No quieres que lo haga además con los ojos vendados o saltando en un pie?
Neilad tomó la espada y la hizo girar en sus manos esto no impresiono a Nuel el campeón. Neilad sonrío. -¿Con esta espada? Bien pues con esta será.
-Solo debo advertirte que te atacare a muerte y que yo con gusto doy la mía para comprobar que eres quien tú dices que eres. -Nuel hablaba firmemente y con claridad convencido de lo que decía.
-Me doy cuenta de ello.
Nuel hizo una última reverencia y se lanzó al combate. Colocó su espada en su espalda sosteniéndola con su hombro y con su mano derecha de forma inversa a modo que si extendiese la mano hacia delante la espada quedaría mirando hacia abajo y comenzó a correr hacia donde estaba Neilad. Los caballeros de la orden se asombraron de la velocidad que poseía a pesar de ser un hombre de tal estatura. Podía verse claramente por que era el campeón de los hombres. Cuando la distancia a la que se encontraba de Neilad fue la suficiente, la espada de dos manos comenzó a girar sobre su mano derecha. Solo él podía controlarla de esa manera. El primer golpe que lanzó salió desde su espalda y dibujo un semicírculo en el aire desde abajo hacia arriba. Se escuchó el zumbido de la espada cortando el aire. Incluso arrastro parte del piso ya que aunque Nuel era alto la espada era larga y cuando pasaba por debajo parte de la hoja tocaba el suelo. Neilad esquivó el golpe pero no intentó detenerlo, no tenía ningún sentido ya que la espada que llevaba se partiría en dos de enfrentarse a tal potencia. En cambio su verdadera espada hubiera detenido ese golpe con facilidad. Nuel frenó la espada cuando esta llegó por encima de su cabeza y cambio la posición de las manos sobre la espada. Ahora lo hacía en el sentido correcto llevó la espada sobre su lado izquierdo y movió su pierna derecha de lado y se afirmó al suelo. Neilad vio venir el golpe y se preparó. Tal fue la fuerza con la que descendió la espada que si se hubiera quedado quieto lo habría partido en dos a pesar de que la espada careciese de filo y esa espada estaba sumamente afilada. Con su escudo ese golpe habría podido ser asimilado pero no lo tenía en sus manos, solo la espada orca vendada en cuero, que era más corta que su brazo. Neilad hizo girar la espada sobre su mano cambiando el sentido en que la sostenía y al mismo tiempo saltó sobre la ancha hoja de la espada de Nuel. Con un pie piso la hoja que se clavó y enterró en el piso y el otro lo pasó por debajo de la empuñadura del arma para que Nuel no pudiese levantar el arma con su fuerza y arrojarlo. Golpeo la cara del guerrero con la empuñadura del arma orca. Nuel no se inmuto y no caería con un solo golpe. Soltó una mano de la empuñadura y se quitó a Neilad de encima de un manotón. Volvió a tomar el arma con las dos manos y la levantó. Neilad cayó de espaldas al suelo pero se levanto de un salto sin necesidad de usar las manos. A mismo tiempo que la espada de Nuel caía sobre él. El campeón no se distraía un segundo y no desperdiciaba oportunidad. Pero Neilad ya no se movió hacia los costados sino hacia delante, giró y el golpe pasó a una pulgada de él. Nuevamente con la empuñadura del arma golpeo uno de los dedos de Nuel que se vio obligado a soltar el arma con esa mano. Con la parte plana de la hoja Neilad golpeó la cara del hombre. Nuel intentó esquivar el golpe aunque no lo consiguió. Esto le dio tiempo a Neilad de tomar la empuñadura del arma de Nuel con ambas manos, para eso había dejado la espada trabada en su cinturón y giró su cuerpo y sus manos. El brazo de Nuel se retorció hasta que tuvo que soltar el arma o se le partirían los huesos. Soltó Neilad la espada de Nuel al piso y empuño nuevamente la espada orca. Con un movimiento Elahara barrió la pierna del gigantesco hombre que se sostenía el brazo del dolor que le habían causado. Nuel cayó sentado y Neilad apuntó con la espada orca al cuello del hombre.
-Dime hombre de Fenor si te sientes derrotado o debemos acaso matarnos entre nosotros para demostrar lo que sea que quieras demostrar. -Neilad miraba seriamente a Nuel sin distraerse un segundo.
-He visto suficiente realmente eres quien dices ser y lo que he escuchado de ti no se compara a lo que veo ahora delante mío. -Nuel retiró lentamente la espada de Neilad de su cuello.
El rey gritó desde su balcón  -Sabes que los orcos han matado a nuestro sumo sacerdote y sin él, el ritual de Noirus no puede realizarse, pero pensé que algo más podríamos hacer para festejar su día. Quiero que suene una canción y te necesito para eso.
-No soy músico rey, solo un espadachín.
-Lo sé pero no es cualquier canción la que quiero que suene -Nuel que ya se había parado sostenía en sus manos la otra espada que traían los soldados que lo acompañaban. Esta era una hermosa espada elfa. Fina y exquisitamente decorada con pequeñas amatistas incrustadas. La empuñadura retorcida de metal que caracterizaba a las armas elfas solo permitía el uso de una mano en ella. Era una espada veloz y flexible. Nuel se la entregó a Neilad, que le devolvió la otra espada y tomó a esta a cambio.- Esa es la espada cantante de Fenor, regalo de un rey elfo hace muchos años. No cualquiera puede hacer que cante su canción, solo un verdadero espadachín como tú puede realizar tal proeza. En esta fortaleza están los más hábiles guerreros de Fenor pero ninguno de nosotros puede hacerla cantar. Sé que su fortaleza no se compara a la que antes portabas pero si la haces cantar en esta batalla le recordaremos a la luna que los hombres todavía la esperamos. Que ella nos ilumine esta noche aunque todos caigamos hoy.  HAZ QUE LA ESPADA CANTE, HAZ QUE LA LUNA RECUERDE A LOS HOMBRES NEILAD POR TODOS AQUELLOS QUE NOS SOBREVIVAN.
-Me has prometido concederme lo que desee rey. Yo hare que tu espada cante aunque no sé si es cierto que todos moriremos hoy. Pero hare lo que me pides si liberas a los orcos que me trajeron y me dejas cumplir con mi palabra de elahara. Dales armas para que se defiendan ya que vienen por ellos también y prométeme que ninguno de tus hombres los lastimara.
El rey se dirigió a la multitud que había estado viendo y que todavía estaba atemorizada -Que los cuatro orcos que acompañaron a este hombre hasta aquí sean liberados y que ningún hombre o mujer de Fenor se atreva a lastimarlos. Sus pecados han sido perdonados y solo serán juzgados por lo que hagan de ahora en más -Luego miró a Neilad-. ¿Es suficiente así?
Los tambores de los orcos seguían sonando sin parar y las catapultas lanzaban rocas en llamas que golpeaban la muralla. Un gigantesco ariete orco había sido llevado a la puerta del castillo y comenzó a golpear. Arriba los hombres y mujeres de Guy lanzaban flechas hacia los invasores. Abajo los hombres de Niguarn amurallaban la puerta, que era golpeada una y otra vez.
Neilad miro al rey -Si, es suficiente. Yo mismo liberaré a los orcos -Neilad comenzó a hacer círculos en el aire con la espada y finalmente la detuvo por encima de su cabeza. La melodía de la espada se escuchó aun después de que Neilad dejase de mover el arma elfica. El armonioso sonido trajo de vuelta a los hombres a la realidad y los ayudo a vencer el temor que la batalla les producía. Y tan alto fue el sonido que los tambores orcos ensordecieron. Los orcos dejaron de tocar para escuchar la breve canción de la espada. Y cuando se detuvo, por un segundo todo estuvo en silencio, hasta el mismo viento había parado para escuchar a la espada. Los soldados del rey vitorearon y olvidaron que eran superados en número. Nuel y el rey sonrieron. Por fin el pánico había pasado. Guy que era la que más cerca había estado del Neilad y la orden no podía dejar de sorprenderse. Y aunque las rocas comenzaron a caer nuevamente, los hombres comenzaron a cantar canciones del reino. Y por fin los soldados pudieron guiar a los peregrinos que quedaban con un poco de orden hacia los refugios. Neilad ató la funda de la espada a su cinturón y enfundó el arma, el resto de la orden lo rodeo. 
Entre la multitud gritaron  -¿Quién es ese hombre? ¿Quiénes son esas criaturas?
El rey desde el balcón pensó en dar el nombre de Neilad pero luego advirtió que era un nombre extranjero y decidió darle otro, algún título que refiriese a su reino, entonces gritó a sus hombres -El, es Lurandel y esa es su orden, La Orden del Gato Azul. Y hoy Fenor tiene el honor de pelear junto a ellos.
Y los hombres volvieron a festejar golpeando sus escudos con sus espadas o sus lanzas contra el piso.
-¿Lurandel? ¡Que ridículo! –refunfuño el gato.
-¿Qué significa? -preguntó Neilad.
-La terminación el, como la del mismo nombre del rey, significa “servidor”. El rey de Fenor te ha otorgado el título de servidor de Lurand. –explico Maz, sonriendo.
Neilad asintió con su cabeza dando a entender que había comprendido -Vamos por los orcos. –dijo, dirigiéndose a sus compañeros.

            Los enanos fueron a la armería a buscar equipo para los orcos. Azhalea, Sefit y Maz fueron a buscar los caballos. Sugum y Zauner se quedaron a las puertas de la prisión. Neilad, Verokai y Serotonino descendieron a las húmedas mazmorras de la fortaleza en busca de los orcos. Bajaron dos subsuelos hasta que se encontraron a uno de caballeros de Gull calcinado sobre la escalera. Betu lo había matado cuando intentó alcanzar a los orcos. Ningún guardia quedaba ya y ese piso, solo estaban los cuatro orcos y el elahara. Betu estaba sentado en el piso meditando cuando Neilad lo vio.
-Siempre practicando Betu. Por algo eras el monje más joven del templo. -Neilad por fin podía sonreír sin que las heridas se lo impidiesen.
Betu abrió los ojos -Así es Neilad. Por fin has despertado. He sentido la presencia de Zauner y Sugum. Y más fácil me fue escuchar los tambores de los orcos. Lo que no se es que ha sido esa canción. 
Grur el orco de ojos saltones miraba a Neilad y los demás por detrás de la gruesa reja de hierro. -Cumple con tu palabra hombre y libéranos.
Neilad miró a Betu. Y el elahara se levantó- Atrás orcos. -Los orcos retrocedieron y Betu  lanzó uno de sus rayos a la reja fundiendo los barrotes de hierro. Los orcos salieron de la celda en la que se encontraban.
-Como les he prometido han sido perdonados. Ningún hombre o mujer de este reino los perseguirá y solo serán juzgados por los actos que ahora cometan -El hombre apoyó sus manos sobre la espada recién adquirida-. Murgthiz viene por mí, por Fenor y por ustedes también. Mis compañeros han ido en busca de armas para ustedes incluso algunas piezas de armaduras que puedan servirles. Sus cuerpos encorvados no cabrían en las armaduras humanas. Pero algunas partes seguro les servirán. No puedo pedirles que peleen contra los de su raza…
Glakh, el astuto, miró a Neilad e interrumpió- ¿No has matado tu acaso a un hombre allá en el bosque bajo la lluvia? ¿Por qué no mataría yo a uno de los míos si esta tras mi cabeza? Yo luchare hombre, no tienes que convencerme. Me estoy jugando la vida en ello.
El orco de la voz aguda silbó –Todos lucharemos.
-Estamos a mano orcos. -dijo el hombre.


            Nuevamente en la superficie Azhalea apareció, montada en Brura su yegua y traía con ella a Nes el caballo blanco de Neilad. Sefit también estaba sobre su corcel negro y Maz montaba sobre un caballo de piel dorada. Los enanos repartieron las armas a los orcos. Frunzzhsh tomó una espada liviana como la de la infantería y un escudo, Grur, el duro, se colocó dos hombreras y levantó del suelo dos hachas. Gluk el pequeño tomó una lanza de punta ancha. Y finalmente Glakh sujetó una de las espadas pesadas que portaban los hombres de la infantería pesada. Él todavía vestía su armadura enana. Todos los orcos decidieron vestir túnicas por sobre sus armaduras del celeste y gris de Fenor para no ser confundidos con los orcos de rojo oscuro de Murgthiz. Y aunque Zauner y Sugum les parecían intrigantes las piedras de las catapultas que caían a pocos pasos de ahí no le daban tiempo para distraerse. La conquista de Murgthiz había comenzado en Fenor y ahora estaba sobre ellos.