lunes, 2 de junio de 2014

19 - Lrurtabg

Suminer, Fenor.
Día 15 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


            Cabalgaron tan rápido como pudieron. La destruida fortaleza de Fenor pronto quedo atrás. Pero aun en la distancia, podía verse la enorme pira de cuerpos de orcos que todavía ardía. La batalla del día anterior había dejado numerosos muertos pero los orcos que aun vivían tenían que ser encontrados y los huevos de la ogra recuperados.

Un día les tomó llegar a Suminer, las montañas grises, donde estaban ocultos los dos Glansh que habían conseguido escapar junto con el resto de los orcos que no habían sido alcanzados por el ejército de Fenor. Guiados por Glakh, los cuatro guerreros de la orden del Gato Azul y el felino llegaron al pie de la montaña. Antes de entrar a la guarida del rey orco decidieron acampar para descansar y prepararse para lo que les esperaba. Otra vez brillaban las estrellas, era una noche luminosa. Sentados alrededor de la hoguera las criaturas comieron y descansaron. Sentada sobre la capa que Neilad le había prestado estaba la elfa Azhalea disfrutando nuevamente de las frutas que había recolectado en el bosque poco antes de llegar a la montaña. Los enanos con un porte bastante menos elegante, con sus cuerpos desparramados sobre las rocas grises y ásperas devoraban las provisiones que Shires de Montevid les había regalado junto con los caballos. Mientras, bebían el vino que llevaban en sus cantimploras. Como siempre le dieron su parte al gato que acostumbraba acompañarlos con gusto en sus festines. El orco miraba con asco la comida de la elfa, que lo ignoraba sin mucho disimulo. Intentó comer un poco de la comida que estaban saboreando los enanos. Levantó un trozo de carne cocida que había sido envuelta en una tela para poder conservarse por un largo tiempo, pero aunque le resultó a la vista más apetitosa que las frutas de Azhalea igual no consiguió pasar ni la mitad de la comida por su garganta.
-Prueba con esto Glakh -el hombre levantó la voz y arrojó lo que quedaba de su queso al orco-. Si lo comes junto con la carne te gustará todavía más, ya que no es mucho el queso que queda.
Glakh probó lo que Neilad le había ofrecido. La cara del orco inmediatamente cambio y fue obvio para todos que le había gustado. Deglutió toda la carne y el queso que pudo sin siquiera decir gracias, aunque el hombre no las esperase. Neilad se conformó con muy poca comida esa noche, pero se dio el gusto de tomar un par de tragos de hidromiel que llevaba en un cuerno sellado y preparado para funcionar como envase.
-¿Quién hará guardia esta noche? -preguntó Beraza.
-No creo que los orcos nos ataquen esta noche. No después de la paliza de ayer. Bastaran los atentos oídos y con los plateados ojos del señor gato. -el hombre sonrió mientras miraba al gato.
El gato maúllo y pareció que protestaba -Me ganaste esta vez Neilad pero solo porque hablaste antes.
           
            Se prepararon para dormir. Rikenv miró al orco y se quitó el yelmo, luego se lo volvió a poner y después se lo volvió a quitar.
-¿Qué es lo que te inquieta pequeño enano? -murmuró el orco, que se sentía incomodo de ser observado.
-¿Tu duermes? o es eso acaso otra cosa que no se de ustedes los orcos.
-Sí, los orcos necesitamos dormir también. Aunque me será difícil dormir con una noche tan encendida como esta. Preferiría ocultarme del sol del medio día cuando casi no puedo ver por la luz. Pero acompañado por ustedes eso me será difícil.
-Mm... Entiendo. A los enanos no nos afecta la luz o la oscuridad ya que vemos igual de bien. A muchos de nosotros nos molesta mucho mas la intemperie, pero no a mí. Siempre me ha gustado más estar fuera en la superficie. Debo decirte entonces buenas noches.
-Es una nueva expresión para mí pero buenas noches también a ti y a todos ustedes. -Después de varios saludos todos finalmente durmieron.

            En cuanto el sol salió otra vez se prepararon para subir a la montaña. Dejaron los caballos atados a unos árboles con suficiente cuerda para que pudieran pastar tranquilos. Nes y Brura quedaron sueltos ya que no se irían de donde estaban. Glakh había indicado al grupo donde se encontraba un pequeño manantial para dejar los animales cerca de ahí y que pudieran además beber, aunque él nunca tomaría de esa agua. Subieron por la montaña por un camino que habían creado los orco. El camino era ancho y el suelo estaba cubierto por grava. En ocasiones podía verse en las rocas de la montaña y en los pastos secos que crecían debajo de ellas, las huellas de los soplidos del dragón, que dejaban marcas carbonizadas en las superficies que habían alcanzado. También se encontraron con varios cuerpos muertos de orcos que habían tenido peleas en el camino y se habían matado entre ellos. Era claro que no todos los orcos de de Murgthiz eran sabios y disciplinados. Pero el camino hacia la guarida del difunto rey orco solo podía ponerse más tétrico. Cuando faltaba poco para llegar la grava del suelo se mezclo con algo más, pequeños pedazos de huesos destrozados. Algunos eran colmillos y costillas de animales que habían sido devorados por los orcos pero entre los restos de sus víctimas también se distinguían huesos de humanos y enanos. Siguieron avanzando. El camino daba vueltas y en ocasiones descendía en vez de subir. Mientras avanzaban encontraban cada vez mas huesos y cada vez menos grava. Finalmente pudieron ver la entrada a la montaña, pero antes de ella estaba el cuerpo putrefacto, pero que todavía conservaba la carne, de un hombre que había sido atado sobre una pica.
-Ese hombre dijo ser Siren, general de Feno. -El orco caminó junto a él sin mirarlo-. Hace dos semanas aproximadamente Glansh-Brgrunt lo encontró junto con una tropa de hombres en el bosque del norte de Fenor. Lo trajo hasta aquí y lo colgó de esa pica. Le arrancó los ojos después de haberle quitado sus armas y lo mantuvo con vida por un par de días dándole alimento por la fuerza. Pero el desgraciado no sabía lo que estaba comiendo. Brgrunt cortó la lengua a sus hombres y luego los desmembró en vida. Sus propios hombres vieron como su general se comía sus brazos o incluso sus lenguas sin poder hacer nada. Cuando se canso los arrojó por la montaña sin tomarse el tiempo de matarlos primero. Y le dijo al hombre ciego lo que había hecho. Mi antiguo rey disfrutó esto. Fue con lo que animó a sus guerreros a ir a luchar -Glakh que venía guiando al grupo se detuvo y miro a Neilad-. Eso hace mi raza, hombre. Y yo no puedo decirte que soy mejor que Glansh-Brgrunt. Dime ahora ¿Por qué me has salvado?
Neilad siguió caminando sin detenerse y contestó sin mirar al orco -Eso hace tu raza, si. Y también recuerdo como antes señalaste, a los hombres que vendieron sus servicios a tu rey por un poco de oro o poder. Eso hace mi raza también. Pero sin embargo yo estoy aquí al igual que tu. Soy… -el hombre tomó aire y después exhaló- mejor dicho: fui un elahara. No tengo tiempo de explicarte ahora que es eso. Pero los elaharas creen en el perdón y abrazan la paz. El rey de Fenor te ha dado su perdón, yo que no soy nadie te he perdonado por lo que me hiciste y hasta te agradezco que hayas arriesgado tu vida por salvarme de la espada maldita que mató a Ignor. La paz que nunca antes habías conocido ahora te está destruyendo y es tu propio perdón, que no puedes darte, lo que estas buscando. Si crees que puedo decir algo que te lleve a perdonarte, si crees que puedo ver más allá de todo lo demás y encontrar lo que te hace falta para eso, te equivocas ya que no puedo darte eso.
-Siempre hablas mucho y nunca terminas de decir lo que piensas Neilad, eres insoportable -El gato caminaba moviendo la cola hacia los costados-. Tú tienes tus motivos para todo y son muy claros para mí. Y que nada tienen que ver con todo esto de ser elahara ni que cosas. Si no tienes ganas de explicarte me parece bien, pero no me canses con tus discursos.
El hombre sonrió y luego dijo -¡Dreengt iri urt-and glakh brorah, gu grur, gu dragf!
Beraza escuchó intrigado las palabras y luego agregó -De todo eso solo he entendido el nombre de él: Glakh. ¿Qué has dicho de él?
Glakh miró al enano gigante a los ojos -Glakh significa oscuro, todo lo contrario de Liz que significa brillante y es una palabra poco común para nosotros. Neilad no ha hablado de mí, sino que ha dicho un viejo refrán orco. “Las hierbas que crecen en la oscura medianoche, son las más duras, son las más amargas.”  Entenderán ustedes muy bien que ha querido decir con esto y que significado tienen esas palabras para los orcos. Una gran ironía por cierto. No sé cual orco se la ha dicho y todavía me intriga donde aprendió mi idioma. Aunque lo habla muy mal.
-Ningún orco le ha dicho ese refrán -el gato seguía moviendo la cola-. Debemos continuar con nuestro viaje.
Siguieron en silencio hasta donde estaba la entrada y allí se detuvieron. Todos prepararon sus armas excepto Glakh que no tenía ninguna. Neilad sujetó fuertemente su escudo y desenvaino su espada. Se escuchó el ruido de torpes pisadas. Los pasos cada vez eran más rápidos pero no se veía a nadie. El hombre levantó su escudo que detuvo el golpe de un garrote de madera de roble. El orco que lo sostenía se hizo visible y Grurdahara se clavó en su pecho. El orco cayó muerto y detrás de él aparecieron mas orcos pero las flechas doradas de Azhalea acabaron con ellos antes de que los enanos pudieran llegar a entrar en batalla.
-Esperaba un recibimiento tal para ser un refugio de orcos. Aunque deberían ser más los guardias. Solo cinco de ellos me parece poco. Aun asumiendo que ayer matamos a la gran mayoría. -Los ojos negros del hombre miraban al orco que los acompañaba. 
-Seguramente había más, pero hace rato que avisaron a los otros dos Glansh, que ahora deben manejar al pequeño grupo que queda. -Glakh levantó del suelo el garrote de roble.
-¿Y donde imaginas que estarán ellos?
-Puedo decirte con seguridad donde estará Glansh-Dlek, que es quien comandaba al dragón. Él intentara hacer nacer a los nuevos orcos mezclando ingredientes con los huevos de la ogra. Le tomará mucho tiempo preparar todo y solo él sabe hacerlo. Él era el primer general de Murgthiz. Para esto tendrá que ir a nuestra barrera. No sé donde estará el otro pero yo deseo ir a nuestra prisión. Allí se encuentran nuestras victimas, las que todavía están con vida, entre ellos muchos enanos.
-¿Todavía tienen enanos con vida? -preguntó Beraza.
-Sí y varios son de un ilustre linaje. Entre ellos está el príncipe Boran hijo de Tairan. Los enanos que forjaron mi antigua armadura y la de todos los Glansh son de su reino. Glansh-Mur-hr mató al gran rey Tairan meses atrás. Y con la ayuda del dragón de Glansh-Dlek fue muy fácil controlar al resto de los enanos. 
La cara de Beraza se puso roja de ira. Rikenv miró al orco con desprecio pero después se detuvo. -Imagine que el gran Tairan estaría muerto pero esperaba que su reino hubiese tenido un mejor destino que ser prisioneros de estos orcos.
-¡Dime donde es, iré inmediatamente! -gritó Beraza.
-Puedo guiarlos, pero no hacia ambos lados a la vez. Puede que lleguen dentro donde buscan pero salir les será difícil sin mí. Esto es un gran laberinto. Murgthiz llamaba a este lugar Lrurtabg que significa la oreja del demonio. Son incontables los pasillos que se mezclan hacia el interior de la montaña.
-Entiendo. Esto es lo que haremos -El hombre hizo una pausa para atarse el cabello, y luego continuó-. Beraza y Glakh irán a rescatar a los enanos, que el gato los acompañe, sus ojos pueden ver a los orcos aun cuando están ocultos por la magia. Azhalea, Rikenv y yo iremos en busca del Glansh del dragón. Solo indícanos como llegar allí. Nos volveremos a encontrar con la ayuda de los anillos que les regalo la ogra. El grupo que primero consiga su objetivo ira en ayuda del otro.
-Te diré como llegar -dijo el orco-. Pero te advierto que Glansh-Dlek no solo controlaba al dragón con su vara mágica. Otras criaturas se encuentran aquí bajo su comando. Abran bien los ojos. -Luego de que el orco explicó cómo llegar a Neilad y al resto de sus compañeros,  se dividieron y continuaron viajando ahora en dos grupos. Quitaron antorchas de las paredes al adentrarse en la montaña para poder ver bien ya que casi todo el lugar estaba a oscuras.

Rikenv, Azhalea y Neilad caminaron por los pasillos de la guarida de los orcos. Las paredes de las grutas tenían adosados estantes y piezas metálicas para colocar las pocas antorchas que necesitaban los orcos para poder ver dentro del lugar. Usualmente los orcos solo producen herramientas básicas para trabajar el metal, la madera o la piedra. Y lo que hacen con esto es también ínfimo. Es por esto que las habitaciones que estaban distribuidas  por el lugar por lo general no poseían puertas y cuando lo hacían se trataba de tablones mal cortados y mal encastrados con rudimentarias bisagras metálicas. En muchas ocasiones la ausencia de puertas se solucionaba con cueros o telas cortados y colocados para separar visualmente un lugar de otro. Las habitaciones nunca eran pequeñas. Daba la impresión de que por sus habitantes solían pasar mucho tiempo juntos. Las pocas cosas que poseían eran cargadas por ellos mismos y arrastradas de un lugar a otro. Lo que convertía en innecesario la existencia de un lugar particular e individual para cada orco. El suelo estaba cubierto de excremento de orco y del de los lobos que montaban en batalla y las pulgas trepaban por las botas blancas del hombre. En las habitaciones más próximas a la salida no había muebles ni ningún tipo de adorno. Pero cuando continuaron adentrándose en la montaña la ambientación poco a poco comenzó a cambiar. Las paredes que antes estaban desnudas y donde solo se apreciaba el trabajo del tiempo ahora se encontraban adornadas con dibujos hechos con rojo extraído de la sangre de sus alimentos y con el negro de la cenizas. Los orcos habían usado sus garras para crear impresiones en la pared y habían tallado la piedra para darle diferentes relieves. Los orcos odian la simetría ya que ni sus cuerpos son simétricos y eso se reflejaba en su primitivo arte. Las figuras dibujadas y talladas estaban desorganizadas sobre las paredes, en ocasiones dibujadas unas sobre otras como si no se hubiese respetado el trabajo anterior. También habían construido paredes interiores amontonando piedras y uniéndolas con barro. A la intemperie se hubieran derrumbado pero dentro de la montaña no hacía falta protegerlas del agua. El grupo seguía la luz de las pocas antorchas encendidas. Como no quedaban muchos orcos allí donde hubiera luz era donde ahora estaban los sobrevivientes. Pisaron barro y supieron que iban en dirección correcta. Por lo que les había explicado Glakh, los orcos extraían barro y arcilla de la superficie y luego lo llevaban al interior de la montaña. En aberturas especiales en el suelo volcaban el barro y lo mezclaban con diferentes minerales y de esa mezcla nacían sus hermanos. El suelo cada vez era más viscoso y entre todo el barro algo brillo.
Rikenv levantó del suelo una moneda. La observo detenidamente acercando la antorcha a ella -Esto es oro. No reconozco el sello de la moneda por lo que no se dé que reino es pero esto es oro. -El enano olió el aire enrarecido y luego camino varios pasos hasta acercarse a una habitación bloqueada por una puerta de madera. La puerta era alta y gruesa. Golpeó con su martillo la cerradura y esta se quebró. Empujó y consiguió abrir la entrada. Adentro todo estaba oscuro. Neilad y Azhalea se acercaron con sus antorchas para poder iluminar más. La elfa daba pasos cortos y en su cara se veía el desagrado de pisar el húmedo barro a sus pies. Las botas de cuero de cocodrilo del enano lo protegían en cambio de tan desagradable situación. A la luz de las tres antorchas pudo verse el botín de guerra del Murgthiz. La inmensa habitación estaba repleta de oro y piedras preciosas que había ido robando en sus batallas. Aunque los orcos no le daban ningún valor a ese metal sabían que podían utilizarlo para comprar mercenarios. Y como Glakh había explicado a Neilad también era uno de los materiales que utilizaban para hacer nacer a sus hermanos. Abandonaron esa habitación ya que nada podían hacer con el oro en ese momento. Pero estaba claro que el rey orco había permanecido oculto por mucho tiempo y mientras se escondía de los ojos de los hombres había saqueado a varios reinos. Retomaron el camino que los llevaba hacia la barrera. El olor era repugnante y cada vez más fuerte. Azhalea cada vez estaba más asqueada, su delicado olfato estaba siendo afectado por el repugnante hedor. Neilad y Rikenv estaban mucho menos afectados por esto pero aun así eran capaces de percibirlo. Siguieron descendiendo por la gruta siguiendo el nauseabundo olor a descomposición y el sendero de fango. Delante de ellos pudieron ver la entrada a una habitación iluminada. La elfa tomó una de las flechas de su carcaj.
-Neilad, el olor aquí es repugnante y mi olfato ya no puede distinguir nada más. Si algún orco anda cerca y esta invisible ya no podré detectarlo. -Murmuró Azhalea.
-Eso ya no importa. Si hay orcos están aquí. Apaguen sus antorchas ya no harán falta, al menos no hasta que salgamos. Y preparen sus armas.
-No hace falta ni que lo digas hombre. -El enano de barba rojiza apagó su antorcha en el piso y sostuvo su martillo con las dos manos.
           
            Llegaron a la entrada y atravesaron la abertura entre las paredes de piedra naturales de la gruta, haciendo el mínimo sonido posible. La habitación era más grande incluso que toda el área que ocupaba el gran palacio de plata. Desde donde estaban bajaba una rampa de piedra los llevaba al suelo en donde estaban distribuidos en forma desprolija círculos formados con ladrillos de piedra y arcilla compactados que habían sido encastrados para contener al barro del cual nacían los orcos. Ningún círculo se comunicaba con otro y por lo menos una persona podía caminar por cada uno de los pasillos que entre ellos se formaban. Cerca de cuarenta orcos se movían abajo a gran velocidad. Algunos pulverizaban distintos tipos de piedras con grandes mazas, otros fundían metales en un crisol pero la gran mayoría movía grandes cantidades de barro de una gran pila hacia muchos de los círculos. Otros volcaban agua dentro de ellos y revolvían todo con grandes palas de madera. Y entre todos ellos se destaca Glansh-Dlek, vestido con su capa verde y su armadura roja. El orco no era ni alto ni bajo y tampoco tenía una gran contextura física. Pero daba órdenes fríamente y todos obedecían. Detrás de él estaban los dos huevos de la ogra que todavía no habían sido utilizados y a un costado la vara mágica con la que controlaba al dragón que Guy de Montevid había matado.
-¡Psk! -el enano llamó la atención de Neilad-. ¿No crees que esto ha sido demasiado fácil? No tienen ningún guardia aquí.
-Sí. Estaba pensando exactamente eso. Quizás han quedado todavía menos de lo que pensábamos.
-O quizás no hemos calculado tan bien como creíamos la situación. -dijo la elfa y tiró del brazo del hombre.
Cuando Neilad volteó a ver, detrás de él había dos gigantescas orugas gigas. Eran blancas por completo casi transparentes. Su piel era blanda y viscosa y no era sabio tocarla ya que estas criaturas estaban cubiertas de veneno. Sus ojos eran pequeños y poseían doce de ellos y su boca cortaba verticalmente a sus presas. Eran silenciosos y solo podía escucharse el chirrido de su cuerpo contraerse y expandirse al avanzar. Las orugas que estaban siendo controlados por Glansh-Dlek los habían acorralados y habían tapado la entrada y del otro lado estaban todos los orcos que habían visto y que ahora subían por la rampa para alcanzarlos.
Neilad gruñó -El gato se estaría riendo de mí si estuviera aquí. Azhalea, encárgate de que no suban los orcos hasta aquí mientras Rikenv y yo peleamos contra estas orugas gigas.
-¿Yo me enfrento a casi cuarenta orcos y ustedes a una oruga cada uno? Te has puesto un poco injusto Neilad.
-Es lo que hay. -dijo el hombre que levantó su escudo para defenderse del picotazo de la oruga.
Azhalea cubría la espalda de los dos guerreros mientras sus flechas se encargaban de matar a los orcos que iban subiendo. Su excelente puntería no permitía que errase un solo tiro. Pero sus flechas se acabaron cuando ya había matado a casi la mitad. Una última flecha dorada quedaba en su carcaj pero no la utilizó. Desenvainó la espada que había sido de su padre con la empuñadura dorada y la hoja ancha. Detrás Rikenv  peleaba contra la oruga que había elegido o que lo había elegido a él. La oruga intentó morderlo pero el martillo de guerra la golpeó en la mitad de la cara y perdió muchos de sus ojos. La criatura retrocedió y chocó contra la otra oruga que estaba enfrentando el hombre.
-Era una para cada uno Rikenv, no me pases tu parte.
-Si ella quiere estar con su amiga no hay nada que pueda hacer, jefe.
Neilad se movía lo más rápido que podía cargando su pesado escudo que lo protegía de los ataques de la oruga gigas, pero no era capaz de alcanzarla con su espada. La oruga mordió el borde del escudo del hombre y tiró intentando quitárselo.
-¿Quieres mi escudo? -dijo Neilad mientras tiraba el también-. Es todo tuyo. -y lo soltó. Tal era el ridículo peso del escudo que la oruga que estaba erguida y tiraba del mismo sosteniéndolo con su boca se aplastó en piso. Porque ni siquiera su fuerza podía levantarlo del suelo. Neilad aprovechó el momento y la mató cortándola en dos. La otra oruga ya enfrentaba de vuelta al enano. Rikenv rodó por el piso y se posicionó del lado opuesto que antes había golpeado y volvió a golpear a la oruga que ahora estaba casi ciega. El animal se retorcía hacia todos lados mientras Rikenv evitaba ser alcanzado por los hilos de baba venenosos de la oruga gigante. Como la oruga ya no podía verlo pudo golpearla más fácilmente y le destruyó la boca con su martillo, el animal trató de escapar pero el enano siguió golpeándola hasta que no se movió más. Azhalea ya estaba luchando con su espada contra un ahora reducido grupo de orcos. Neilad no levantó el escudo del piso y enfrentó a los orcos solo con su espada ya que así sería más rápido y su escudo mágico no era de gran utilidad contra unos orcos que no le lanzarían ningún hechizo. La espada de la elfa atravesó la garganta de uno de los orcos pero dos más la rodearon. Rikenv entró en acción y con su martillo de guerra mató a uno de ellos aplastando su cabeza contra la pared de la gruta. Grurdahara se encargó del otro.
-Azhalea, que ese orco no traiga mas bichos a pelear contra nosotros que ya me está cansando.  -gritó Neilad a la elfa mientras mataba a los orco con su espada.
Azhalea sacó del carcaj su última flecha mientras los otros dos guerreros de la orden terminaban con los orcos. Glansh-Dlek que observaba desde abajo, nuevamente intentó escapar, pero la habitación era enorme y plana y no tenia donde esconderse. La elfa de rubios cabellos disparó y su flecha atravesó la cabeza del general orco. El Glansh soltó la vara que sostenía y esta cayo por uno de los huecos que estaban en el suelo, hundiéndose en el barro.

            Todos los orcos terminaron muertos y finalmente habían recuperado los huevos de la ogra. Los envolvieron en las capas de Neilad y del mismísimo orco muerto Glansh-Dlek y se los llevaron. El hombre y la elfa cargaban cada uno de ellos bajo sus brazos. Eran pesados y aunque no parecían frágiles los llevaron con mucho cuidado. Rikenv los guío hasta donde estaban Beraza, Glakh y el gato ayudado por el anillo que le había regalado la ogra.

            Glakh y Beraza tenían muy poco de que hablar entre ellos. Después de que el orco le había explicado cómo eran las cárceles de Lrurtabg habían permanecido en silencio los dos. El gato ya se estaba impacientando y mientras caminaba cantaba canciones forzando su voz para que sonase más grave.
El orco agitó su garrote -Nunca había conocido a un gato que hablase. Y nunca hubiera imaginado lo molesto que eso podía ser.
El gato se calló un segundo y luego exclamó jocosamente, recordando un juego que solían practicar los niños que alguna vez había conocido, donde uno de ellos buscaba a los otros que se habían escondido -Piedra libre para un montón de orcos que se esconden en la oscuridad.
-¿Qué has dicho gato? -preguntó Beraza.
-Mis ojos que ven mejores que los de ustedes y más allá de la magia pueden distinguir a muchos orcos aproximándose delante de nosotros.
-Era algo que podíamos esperar. -Glakh agitó su garrote una vez más.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca para que la magia ya no les sirviese los orcos se arrojaron sobre los dos guerreros. Pero estando advertidos, no les resulto difícil a Glakh y a Beraza derrotar a sus enemigos.
-¿Ya viste que bueno es que este gato hable, orco? -preguntó el gato azul.
El orco solo gruñó.

Glakh siguió guiándolos hasta la entrada de la prisión -Allí se encuentran o se encontraban los prisioneros -dijo esto y señaló una abertura en una de las paredes de la gruta-. Y allí es donde construían ellos las armaduras y forjaban las armas -Iluminó una zona con su antorcha y pudo verse una habitación donde se encontraban yunques mazos y forjas. En el suelo estaban los grilletes con los cuales habían sido encadenados los enanos. La cara de Beraza se puso roja otra vez-. Y el depósito de armas está detrás de esa habitación. Si liberamos a los enanos podemos darles las armas que ahí se encuentran para que se defiendan.
-Me parece bien. -dijo el enano.
Una vez dentro de la prisión el orco con el torso desnudo y con musculosos y desproporcionados brazos llenos de cicatrices señaló una cueva sellada por barrotes de hierro oxidados -Es aquí donde está el príncipe Boran. Los barrotes no resistirán un golpe del hacha que portas.
-Mi ira e indignación son tan grandes que me alcanzaría con la fuerza de mis manos para arrancarlos, orco. No te preocupes.
El gato miraba al orco y caminó hacia él –No entres ahí orco. Esos enanos te odian y te mataran de tener oportunidad.
-Quizás sea mejor así…
-Después de todo lo que arriesgo Neilad ¿Regalarías tu vida tan fácil? Puede que seas el orco más inteligente que haya conocido pero eres realmente deprimente.
-Te hare caso esta vez gato. -El orco vio como el enano golpeaba la reja y esta caía al suelo.
Beraza cargaba en una mano su antorcha y en la otra la imponente hacha de Tairan. Los enanos famélicos se alejaban de la luz de su antorcha. Beraza veía sus rostros temerosos y sus cuerpos golpeados y su alma se hacía pedazos.
Una voz solemne habló -¿Eres tú, Glansh-Drurt? Tú que has robado el hacha de mi padre vienes ahora a matarme ya que has triunfado en tu guerra contra los hombres de Fenor. Has torturado a mi pueblo para conseguir tus armaduras ¿Qué más quieres de nosotros?
Beraza siguió la voz que hablaba hasta que se encontró con un enano que estaba atado de pies y manos con grilletes a la pared. El príncipe Boran tenía cabellos rubios y calculo que no mucho más viejo que él. Había orgullo en el rostro del príncipe Boran aun en tal situación. Beraza sintió el mismo orgullo de verlo todavía hablando y peleando como todo buen enano a pesar de estar cautivo. No quiso imaginar que tipo de torturas habían infligido los orcos sobre los de su raza para que accedieran a forjar sus armaduras.
El enano gigante iluminó su cara y seriamente dijo -No soy Glansh-Drurt, mi nombre es Beraza, gran príncipe Boran. Soy uno de los de tu raza. Y soy uno de los guerreros de la orden del Gato Azul. -Los enanos que se encontraban en la habitación murmuraron.
El príncipe Boran entrecerró los ojos para poder ver bien -¿Tu, un enano? Tu altura es imposible. No juegues conmigo.
-Soy un enano príncipe Boran, deberás creerme. Puedo ser alto pero no por eso dejo de ser un enano orgulloso de mi raza. Estoy aquí para acabar con la atrocidad que han hecho estos inmundos orcos -Beraza golpeó con el hacha de Tairan la pared y esta se quebró en varias partes. Al golpear, el suelo y el techo vibraron y cayó polvo sobre todos-. Extienda sus manos príncipe yo lo liberare de esos grilletes. -El príncipe enano le hizo caso y Beraza golpeó los grilletes con su hacha y los mismos se partieron en dos. Ahora el príncipe estaba libre.
Boran sonrió y apoyó su mano derecha sobre el brazo de Beraza y luego apretó con fuerza agradecido –No sé cómo has conseguido el hacha de mi padre. Ni sé de dónde has venido, ni mucho menos que es La orden del Gato Azul. Pero no tienes idea de cuánto me alegro de que hayas llegado. Liberemos a los demás, mientras me explicas.
Mientras todos los enanos eran liberados Beraza intentó explicar improvisadamente al príncipe. -Hubo una batalla hace dos noches atrás. Fenor enfrentó al rey orco y venció. Aunque le costó la vida de casi todos sus hombres. La orden del Gato Azul de la cual formo parte también luchó en esa batalla. Muchos de mis compañeros están hoy aquí pero en otro lugar tratando de recuperar algo. Con suerte hoy conocerás a mi amigo Rikenv, a la niña elfa Azhalea y a nuestro jefe Neilad.
-¿Es Neilad también un enano? Su nombre no parece enano. -preguntó el príncipe.
-No, Neilad es humano. También está el gato azul entre nosotros y debo advertirte para que no te sorprendas, que este es un gato que puede hablar.
-JAJAJAJ. Hoy solo me importa mi libertad y la de mi pueblo, otro día quizás tenga tiempo para asombrarme.
Finalmente terminaron de liberar a todos los que estaban en esa habitación. Todos sonreían a Beraza y apretaban sus manos contra sus brazos. Beraza miró al príncipe Boran -En la batalla Rikenv, mi gran amigo, y yo enfrentamos a Glansh-Drurt, Rikenv que es más sabio que yo supo que no era buena idea enfrentarse a este arma que hoy cargo, pero yo más ingenuo golpeé con la mía a esta y mi arma se deshizo. Rikenv consiguió lastimar a Glansh-Drurt en una de sus piernas así que ahora es posible que este rengo. Yo valiéndome de mi fuerza le saqué el hacha de las manos. No quise ser irrespetuoso, príncipe Boran, pero he estado usándola y ahora que estoy frente a ti deseo devolvértela. -Beraza extendió sus manos para que Boran tomase el arma.
-Has hecho bien joven enano. Espero que con esta hacha hayas matado a muchos orcos. Y me alegro de que seas tú el que ahora la porte. Puedes conservarla como un obsequio de mi pueblo a tu valor.
-No sé si puedo aceptar tal regalo príncipe Boran.
-Beraza, yo no soy el príncipe Boran. Ahora que mi padre ha muerto soy el Rey Boran de Muran y esta es el Hacha de Tairan, mi padre, yo hare que forjen una con mi nombre -El enano soltó una carcajada-. Puedes conservarla con gusto. Pero te la pediré prestada por hoy. Tengo que cobrarme la vida de un orco cojo.
Beraza asintió con la cabeza y le entregó el hacha al Rey Boran -Hay algo más rey Boran.
-¿Qué deseas contarme?
-Afuera de esta prisión no solo está el Gato Azul. También está un orco llamado Glakh.
-¿Glansh-Glakh? Con gusto mataré a ese gusano también, ¿Es acaso tu prisionero?
-No Rey Boran. Él es quien nos ha guiado hasta aquí y sin su ayuda no habríamos podido vencer al rey orco.
El rey guardó silencio por un segundo y todos los demás enanos que estaban gritando callaron también. Luego arregló su barba y miró hacia arriba para ver los ojos de Beraza -¿Y por qué ha pasado eso? ¿Cómo has hecho amistad con un orco?
-No he sido yo. Ha sido el Maestro Neilad quien llegó a un acuerdo con el orco. Me rehúso a tenerle confianza a un orco así como lo hace su majestad. Pero es el deseo de Neilad que no agredan a este orco. No pretendo decir que entiendo al hombre, porque no lo hago. Pero le debo lealtad y no permitiré que lastimen al orco.
-Es un precio muy alto pagar nuestra libertad con la impunidad de nuestros captores. -dijo Boran.
-Hoy conocerás a Neilad y él sabrá explicarte mejor que yo, sus motivos. No soy capaz de discutir con un Rey. Y menos si usa tan sabias palabras. Soy consciente de que la fuerza es mi mayor virtud.
El rey Boran dejó el hacha de su padre contra una pared, apoyó sus dos manos sobre los brazos gigantescos del enano y luego exclamó -¡No solo eres fuerte enano, también eres leal a tu amigo Neilad, tu corazón ha de ser tan grande como tu tamaño! No haremos daño al orco por lo menos hoy, pero es al único que perdonaremos.
Beraza sonrió y luego salieron de la prisión. Afuera esperaban el gato y Glakh. El gato miró a todos los que habían salido- ¿Son estos todos los enanos que había prisioneros?
-No. Hay más en unas celdas más adelante. -dijo Glakh.
-Liberaremos a todos. Que los demás ayuden a traer armas de donde indicaste antes –El gato hablaba seriamente.
El rey Boran enfrentó a Glakh cargando el hacha de su padre  -El que hagas todo esto no perdona lo que has hecho antes. Y por lo que he prometido a Beraza no seremos nosotros los que te matemos hoy, pero no te encuentres nunca con uno de nosotros fuera de esta montaña -Luego se volteó y lo ignoró-. Sabemos dónde están las armas gato e iremos por ellas ahora mismo.
Casi ciento cincuenta enanos habían sido liberados y aunque con hambre y sed estaban ahora revigorizados por su libertad. Cargaban las armas y armaduras que habían creado para los orcos. Y ahora caminaban por los pasillos de la guarida orca buscando la salida pero también esperaban cobrar su venganza contra el último puñado de orcos que quedaban vivos y entre ellos a Glansh-Drurt que los había torturado. Los enanos acompañaban en sus cantos al gato azul como si quisieran que los orcos los encontrasen. Sabían que no eran muchos los que habían quedado y estaban dispuestos a dar hasta la última gota de sangre para exterminarlos. Glakh que era el más alto del grupo caminaba delante, guiándolos hacia la salida. El gato que viajaba detrás de él se detuvo.
-Los que quedan están delante y puedo oler su temor. Vendrán hacia nosotros con todo lo que tienen hasta sus últimos lobos vendrán a morder nuestros pescuezos. Preparen sus armas señores enanos, hoy podrán cobrar su venganza.
El rey Boran de Muran lanzó una carcajada -Ya escucharon al gato azul enanos de Muran, dejen todo lo que tengan contra estos asquerosos orcos. -Sus guerreros gritaron y el eco de sus cantos sacudió la caverna.
Los orcos aparecieron delante de ellos. Corrían hacia donde estaban cargando garrotes y espadas vendadas en cuero. Algunos de ellos lanzaban proyectiles con ondas y arcos. Glakh golpeó a uno de los lobos que estaba por devorarlo. Beraza había tomado un hacha de la armería y con ella mataba a los orcos que se le acercaban. Los enanos a pesar de estar cansados y hambrientos dieron pelea a los últimos orcos. Cuando tres lobos se acercaron al rey Boran él golpeo el suelo con la imponente hacha de Tairan y el piso se quebró y se sintió un temblor. Parte del techo se derrumbó y una avalancha de rocas cayó sobre muchos orcos y mató a uno de los lobos. Beraza sujetó a uno de los lobos por las piernas posteriores para que no pudiese alcanzar al rey enano. El lobo giró y lo mordió en el hombro donde antes el rey orco había clavado a Grurdahara. Pero Beraza sujetó su cabeza y lo desnucó. El último de los lobos tuvo que enfrentar a Glakh que lo mató con el garrote que cargaba. Los orcos cada vez eran menos numerosos y de entre ellos por fin pudo distinguirse la figura de Glansh-Drurt que rengueaba. Todavía era protegido por dos guardaespaldas. Mientras los enanos acababan con los orcos, el rey Boran fue por la vida del general orco. Se abrió paso entre los orcos. Los guardaespaldas orcos, de gran altura, se tiraron sobre él. Pero el rey Boran era valiente y no se detuvo. Solo con un golpe a cada uno consiguió matarlos. El orco general intentó escapar rengueando.
-Cobarde eres Glansh-Drurt. Al menos dame el placer de matarte de frente, pero al final será igual ya que no te perdonare -El orco tropezó y cayó al suelo boca abajo. Mientras escupía y gruñía arañaba el piso para alejarse lo más rápido posible-. Muere maldito -El rey de los enanos de Muran golpeó al cuerpo del orco con el hacha de Tairan. Nada quedó del orco que pudiera reconocerse. El hachazo había dividido al orco en dos y había partido la armadura que ellos habían forjado para el bajo sus torturas. El rey enano volvió a reír-. ¡¡¡Acaben con ellos!!!
Los enanos mataron a todos los orcos que pudieron ver y finalmente nada quedó del ejército del rey orco. Excepto por Glakh todos sus generales habían sido ajusticiados e incluso el mismo rey orco hacía tiempo que era comida para gusanos cortesía del imbatible Sefit.

            Después de que la batalla había terminado el rey enano le devolvió el hacha de Tairan a Beraza. El enano gigante la aceptó y continuaron viajando hacia la salida. Antes de llegar se encontraron con los otros tres guerreros de la orden del Gato Azul. Todos se alegraron de volverse a ver.
Beraza intentó presentar a todos -Él es el rey Boran y estos son los enanos de Muran quienes fueron prisioneros del rey orco. Ya hemos matado a Glansh-Drurt -Los tres guerreros reverenciaron al rey enano. Luego Beraza continuó-. Y ellos son Azhalea la sacerdotisa de Eiugun, mi gran amigo Rikenv el aventurero y este hombre es Neilad primer caballero de La orden del Gato Azul y nuestro líder.
-Te saludo rey Boran y te informo que ya no queda un solo general vivo del ejército de Murgthiz.
-Todavía queda uno. -dijo el rey enojado.
-Glakh hace tiempo que no forma parte del ejército de orcos que te hicieron prisionero. Y ya hasta ha dado su vida para matar al rey orco.
-¿Cómo puede haber dado su vida si esta aquí delante mío?
-Es una larga historia. -contestó el único humano.
El rey miró al hombre y dijo -Bueno. A los enanos nos gustan las historias largas -La elfa comenzó a reír-. ¿De qué se ríe esta elfa?
-Ya nos contaremos todo camino al pie de la montaña. -dijo Neilad.

Cuando llegaron a la entrada otra vez Neilad se aseguró de que todos salieran. -¿Ya no queda nadie dentro? ¿Ningún enano se ha retrasado?
-Conozco a todos los que aquí llegaron conmigo, ningún enano con vida permanece en el interior de la montaña. -dijo el rey Boran.
-Bien. Entonces te pediré Beraza que utilices esa magnífica hacha para sellar la entrada a la montaña. Que ningún otro orco tenga acceso a este lugar y que se olvide todo el terror que ahí dentro aconteció.
Beraza sujetó el arma con sus dos manos y con su fuerza extraordinaria golpeó la pared de la entrada. El lugar tembló y nuevamente una avalancha de rocas tapó la entrada de forma tal que nadie podía acceder al interior de la montaña otra vez. El enano dijo –Por un tiempo esto detendrá a los intrusos que lleguen hasta aquí pero temo que este lugar volverá a ser utilizado por el mal.
-No te preocupes Beraza -dijo el rey enano-. Estoy seguro que la ilustre orden del Gato Azul estará de vuelta cerca para acabar con él.
Ya todos podían estar felices porque todo había acabado. Muchos hombres y enanos habían muerto pero los orcos habían sido detenidos y vencidos. Cuando llegaron al pie de la montaña. Los guerreros de la Orden volvieron a montar en sus caballos junto con Glakh. Los enanos bebían del manantial que había indicado Glakh y algunos de ellos fueron en busca de alimentos.
-Hoy comeremos hasta la corteza de los árboles. No es mucho lo que te podemos dar ahora Neilad pero espero que te quedes con nosotros a almorzar. -dijo Boran.
-No puedo gran rey de los enanos. Debo volver a mi hogar así como ustedes. Varios de mis compañeros están heridos y nuestras piedras plateadas sanaran sus heridas más rápido. Hoy tendrás que disculpar nuestra ausencia, pero te prometo que visitare tus tierras algún día.
-No te preocupes hombre. Sé que no hay lugar como el hogar. No hay rencor en que nos dejes ahora. Pero espero la visita de tu orden.
Neilad saludó en silencio inclinando su cabeza y montado sobre Nes. Mientras cargaba uno de los huevos de la ogra se acercó a Azhalea -Se que nunca podremos encontrar otra vez la choza de la ogra. Pero si el talismán que te dio realmente sirve, recuerda su casa y llévanos ahí. Así podremos terminar esta aventura.
La elfa sonrío. -Con gusto. Ya deseo estar en casa otra vez. Todos apoyen sus manos sobre Brúra, vamos de vuelta a la ciénaga de la ogra.
-¿Iré yo también Neilad? -preguntó Glakh
-Por supuesto.
El orco no dijo más y todos apoyaron sus manos sobre la yegua de la elfa. Azhalea tomó el amuleto con su mano derecha. Y cerró los ojos. Y los guerreros se desvanecieron ante la mirada de los enanos.

El rey de los enanos exclamó -¡Con que criaturas nos hemos encontrado!