lunes, 2 de junio de 2014

21 - La Brillante Estrella de la Medianoche

Palacio de Plata, Fenor.
Día 17 del cuarto mes de 1280 del calendario de Finvir.


            Al día siguiente de que todos llegasen al palacio de plata, Neilad comenzó a preparar el poco equipaje que llevaría en su viaje. Le pidió a Glakh que se preparase. El orco que no poseía nada y que estaba a la espera de lo que le dijese el hombre se limitó a decirle que lo haría. Neilad le indicó que irían a ver a su mujer en las islas volcánicas que quedaban al sur del reino. Posiblemente tardarían más de una semana solo en llegar hasta los puertos y después dos o tres días más de viaje en barco. De allí subirían a la montaña lo que le tomaría por lo menos dos días más. El gato por supuesto los acompañaría. Pero nadie más de la Orden. Todo el día estuvo Neilad ocupado en organizar su escaso equipaje. Y decidió partir a la mañana del día siguiente.

            Neilad le pidió al orco que se cubriese con capas y una capucha. Le dio guantes para que se cubriese las garras. Le aconsejo que hablase solo cuando estaban ellos solos. Ya que estaba seguro que todos los hombres con los que se encontrasen le temerían. Y no deseaba ningún incidente, además tampoco podía estar explicando a todo el mundo por que lo acompañaba un orco.

            El viaje fue largo. Glakh se extrañó de que Neilad tuviese todavía más comida que él pudiese comer y más aun que Neilad también pudiera hacerlo. El crudo y fuerte sabor de los alimentos no era para el paladar de cualquiera. Los dos tuvieron oportunidad de conocerse. El gato por su parte prácticamente no habló nada en todo el viaje, cosa bastante poco usual. Glakh le contó al hombre sobre sus batallas. Y le dijo que el tenia también su misma edad treinta y un años. Murgthiz lo había reclutado hacia no tanto tiempo. Durante los dos últimos años había cumplido bajo su servicio. Antes de eso él formaba parte de una tribu en el territorio de Denjiia que combatía contra los elfos de Irethdia. Su memoria era impresionante y recordaba la historia de cada una de sus cicatrices. Neilad escuchó sin asco todas las historias del orco. Y de vez en cuando narraba él también alguna de sus aventuras. Y le contó sobre los Elaharas y de su forma de ser. De Betu el semi dios. Y de su infancia. Muchos en la orden no habían escuchado estas historias.

            El viaje en barco fue el más difícil, porque no era fácil ocultar al orco a los ojos de los navegantes durante tanto tiempo. Aun con su capa, su capucha y sus guantes el deformado cuerpo del orco lo delataba. Y Neilad hizo uso de toda su imaginación para explicar que era en realidad Glakh sin decirles que era un orco. Aun así consiguieron llegar a las islas volcánicas Neilad Glakh el gato y hasta Nes. Sin demorarse subieron por la montaña hasta donde vivía la esposa del hombre.

            Faltaba menos de un día para llegar cuando el orco preguntó -Gato, en batalla dijiste que no era solo este hombre capaz de hablar mi idioma. Que había un humano más.
-Si es cierto. La mujer a quien vamos a ver es quien le ha enseñado a Neilad a hablar orco.
El orco a duras penas creía lo que estaba escuchando  -¿Es esto cierto Neilad?
-Sí.
-No me has dicho nada de ella todavía. Yo no puedo entender lo que es una mujer aunque soy capaz de diferenciar sus sexos. Creo que los orcos somos mucho mas hombre que mujer. Aunque no nos reproducimos como ustedes.
-Mi mujer se llama Shinara. O ese es el nombre que le pusieron sus padres. Su familia vivía en un pueblo bastante lejos de aquí. Cuando tenía cerca de cuatro años, un grupo de piratas atacó su aldea y arrasó con todo. Mató a sus padres y a casi todos los aldeanos. Pero la suerte la ayudó y ella pudo escapar escondida entre los escombros de la aldea en llamas. Luego de que los piratas se fueron un grupo de orcos que antes vivía en esta isla llegó a carroñar lo que quedaba de la aldea. Y la encontraron a ella. Supongo que se sintieron curiosos de ver a la niña. Ya que ustedes nacen de la misma forma en la que se mueren. Pero por algún motivo el rey de los orcos decidió llevársela con ellos. No sé qué intenciones tenían. Pero ella vivió cerca de siete años entre ellos. Allí aprendió su idioma y también muchas de sus costumbres. Creo que a ti te gustará lo que ella cocina. Fue ella la que me dio el queso que antes te ofrecí. Cuando la conocí me parecía repugnante su comida. Pero no iba a pedirle que cambiase su forma de cocinar, mas teniendo en cuenta lo mal que cocino yo, así que me acostumbre a comer lo que ella hacía. Por eso soporto la comida que tú comes o entiendo el idioma que tú hablas.
-Nunca había escuchado de algo así -dijo el orco-. ¿Y cómo regreso la niña entre los de tu raza?
-Los mismos orcos la devolvieron. El orco que la cuidaba fue asesinado en alguna pelea absurda entre los de tu raza. Pero para ese entonces Shinara ya era muy conocida en la tribu de orcos y no podían matarla, porque consideraban que era de mala suerte. Había aprendido a hablar su idioma y modulaba su voz para sonar tan profundo como es la de cualquier orco. No conocerás mujer humana con una voz similar. Cuando los orcos la encontraron era de noche en la aldea destruida y llevada hasta las cenizas por el fuego, la bautizaron Liz Dahara Brorah.
-La brillante estrella de la medianoche. -tradujo el orco.
-Exactamente, y es con ese nombre que Shinara o mejor dicho Liz desea ser llamada.
-No se asustara entonces de verme.
-No lo hará.
-Es mejor así, ya no soporto estas ropas que me cubren. -dijo el orco mientras se acomodaba la capucha.
-Glakh, no puedo dejarte vivir entre humanos porque nunca entenderían tu presencia. Te despreciarían y perseguirían. Y no hay mucho que pueda hacer por eso -Neilad hizo una pausa y después continuo-. Como vivió entre ustedes tuvo la oportunidad de aprender no solo su idioma o su cocina sino muchas de sus costumbres. Ella es una experta herborista. Fue la que me enseñó todo lo que se del tema. Desde que regresó con los hombres que continúo estudiando sobre plantas y pociones y es mucho lo que sabe. Ella vive donde antes vivía mi maestro. Alejada de las aldeas de los hombres y unas pocas veces al mes baja a vender sus pociones y las artesanías que crea. En el puerto que pasamos hace poco. En la montaña alejada de los demás y junto a ella encontraras algo de paz y no te sentirás tan solo. La soledad es un sentimiento que todavía no terminas de entender. Y mejor que nunca lo hagas.
-Cuando me salvaste Neilad ¿Lo hiciste porque pensabas que soy diferente? Como el orco que adoptó a tu mujer.
La voz del gato se escuchó desde atrás -No orco. Neilad lo hizo porque él cree que es diferente como aquel orco. Eres inteligente Glakh, no cabe duda de eso. Pero no es por eso que Neilad te salvo. Así como aquel orco salvo a una niña, él desea salvar a un orco. Él te dirá que es porque desea estar en deuda con los de tu raza. Pero yo creo que es soberbia. Él no puede ser menos que un orco.
Neilad sonrío pero luego volvió a estar serio -Puede ser que tengas razón gato ¿Pero crees que lo llevaría junto a Liz si pensase que es cualquier orco? ¿Qué me arriesgaría a que la lastimase? Yo no haría tal cosa.
-Yo no lastimaré a tu mujer Neilad. -aclaró el orco.
-Lo sé Glakh.

Continuaron el viaje más en silencio que nunca. La montaña era de roca negra. Muy pocas plantas crecían ahí, pero abajo al pie de la montaña se podía ver un tupido bosque con árboles altos y oscuros. El agua de lluvia y el rocío se juntaban en las depresiones de las rocas, y los cascos del caballo chapoteaban en los charcos. Escarabajos grandes y negros caminaban por sobre las rocas a toda velocidad y se alejaban de los viajeros. A lo lejos se escuchó el aullido de un lobo. Algunos de estos animales subían a buscar presas a la montaña ya que la misma no era muy empinada aunque sí bastante alta.
Neilad se detuvo y Glakh y el gato hicieron lo mismo. En el camino hacia la casa de Liz Dahara Brorah dos lobos se encontraban descansando. Estos no eran lobos comunes sino los que montaban los orcos, mas grandes y fuertes. Los dos lobos eran apenas cachorros pero aun así ya eran del tamaño suficiente como para matar a un hombre. Si cualquiera de ellos se hubiera parado sobre sus patas posteriores hubiera sido más alto que el hombre. Uno de los lobos era negro, como el que montaban los orcos de Glansh-Dlek y el otro lobo era albino. Al escucharlos llegar se levantaron del suelo y caminaron hacia ellos. Mostraban sus dientes en forma amenazadora y gruñían. Sus orejas estaban hacia atrás y parecían listos para atacar. Los pelos del lomo del gato estaban parados y Neilad desenfundó su espada. Antes de que pudiese hacer nada se escuchó una voz profunda.
-Shakr, Zut, vengan aquí dejen en paz a ese hombre.
Los lobos al escuchar la voz se detuvieron. La mujer era sumamente pequeña y delgada. Su cabellera negra era tupida y larga. Estaba peinada de manera desprolija y se sujetaba el pelo con pequeñas pinzas para que no le molestase a la vista. Sus ropas eran prácticamente harapos y sus menos estaban sucias de tierra y cenizas. Era joven y sonreía mirando al hombre con ternura. Neilad bajó del caballo y se acercó a ella. La abrazó y la besó. Ella le devolvió el beso y lo abrazó sin apoyar sus manos con barro en la armadura blanca del hombre. Detrás el orco reía.
-¿De qué te ríes Glakh? -preguntó el guerrero intrigado.
-Es que tu mujer le ha puesto de nombre a sus lobos, copo de nieve y pelusa, en mi lengua. Han de ser los únicos lobos con ese nombre que alguna vez han existido.
-¡Son lindos mis lobos! -exclamó la mujer. Y el orco siguió riendo.

            Cuando llegaron a la casa de Liz Dahara Brorah, Neilad ya había explicado todo a la mujer. El gato se había subido a los brazos de ella resguardándose de los dos enormes lobos que caminaban detrás de ellos. El orco guardaba silencio y solo hablaba cuando la mujer le preguntaba alguna cosa. La casa estaba construida con las mismas piedras negras de la montaña. A pocos pasos en una habitación separada de la vivienda estaba la forja casi abandonada. Y detrás un jardín con extrañas flores y plantas que contrastaba con todo el lugar. El orco se agachó para poder pasar por la puerta. No vio ningún arma en la casa. Había una cama, una humilde mesa de madera que sobre ella tenía un plato con un poco de pan, una pequeña estufa donde la mujer cocinaba sus alimentos y un baúl donde guardaba algunas cosas. Después de comer algo Glakh dejó solos a los humanos. El gato estaba parado sobre la mesa.
-¿Así que ahora estas en compañía de un par de perros sobre alimentados? Esto ha sido una traición. -dijo el gato indignado.
Liz empujó al gato de la mesa -Te he extrañado Nei.
El gato siguió protestando -En vista de que aquí me desprecian me iré afuera -caminó hacia la entrada y pudo ver como afuera el orco se aproximaba a los lobos. Uno de ellos volteó su cabeza al ver al gato salir y gruño-. Mejor no salgo nada. - dijo el Gato Azul.
-Ya, gato. Haz lo que quieras pero calla de una vez -Neilad sujetó la mano de su mujer–. Yo también te extrañé.

            El orco escuchó las risas que salían de la casa. Caminó por el lugar, observando las flores y la forja. Acarició la cabeza de uno de los lobos. No era un gesto de cariño sino una costumbre para asegurarse la confianza de los animales. Luego se acercó al borde del camino. Hacia abajo estaba el acantilado. Y desde ahí podía verse al pueblo y al puerto. Y detrás hacia arriba estaban las otras montañas volcánicas que habían permanecido inactivas por años. Glakh estaba ansioso.

            Cuando Neilad salió, el orco volteó para estar frente a él y mirarlo a los ojos.
-Liz Dahara ha dicho que con gusto te recibirá aquí. Puedes quedarte el tiempo que desees a hacerle compañía. O a que ella te haga compañía a ti. Este es un lugar humilde pero creo que te encontraras a gusto en las montañas.
-No me será difícil adaptarme, Neilad. -La voz potente del orco hacía eco en la montaña.
-Espero que no. No tengo que decirte lo importante que es ella para mí o ¿Acaso debo explicarte eso?
-No entendería nunca el sentimiento que ella te produce. Así como posiblemente no te entenderé nunca a ti tampoco. Pero puedes confiar en que no le haré nada y que la defenderé con todo lo que mis garras puedan hacer.
El viento sopló arrastrando algunas hojas secas del vivero de Liz. La larga cabellera del hombre se dejó llevar por la brisa y Neilad entrecerró los ojos protegiéndolos del polvo. -Hay algo más que tengo para darte Glakh.
-Ya me has dado mucho hombre. Mucho más de lo que he pedido. Y no sé si en el fondo deseo todo lo que me has dado.
-Si lo deseas. Y creo que no te molestara esto tampoco -Buscó en los bolsillos internos de su ropa y sacó el doceavo prendedor que habían hecho los enanos. El orco reconoció enseguida al emblema de la orden-. Esto es tuyo Glakh. Te lo has ganado. En batalla has sobresalido como guerrero. Has cumplido con tu palabra y me llevaste herido hasta Fenor. Me has seguido hasta la muerte y has arriesgado tu vida para salvar mi causa y con eso mi vida y la de mis compañeros. Puede que no lo entiendas ahora pero eres un guerrero de La Orden del Gato Azul desde hace tiempo. No es prudente que te quedes en el palacio de plata, ahí serás perseguido. Pero aquí te he dejado una parte de mí para que la protejas. A Guy de Montevid, la joven de Fenor que mató al dragón le he dado la oportunidad de pensarlo. Pero tú me dirás ahora lo que deseas. Puedes rechazar ahora mi oferta y serás bienvenido igual. O puedes elegir unirte a mí y tener una causa.
El orco respiró profundamente emitiendo un sonido horrible, luego secó la saliva que caía por sus labios. Tomó el prendedor con su garra derecha y lo observó -Solo llámame cuando me necesites y ahí estaré. Serás tú mi conciencia porque yo no poseo una. -Luego se colocó el prendedor simbólicamente en su ropa.
-No puedo ser tu conciencia. Pero si deseas aprender del bien, solo escucha a mi mujer ya que es todo lo que conoce.
-¿Y me dirás alguna vez por me salvaste? -preguntó por enésima vez el orco.

El viento sopló otra vez, Neilad esperó hasta que parase y luego hizo una pausa para atarse el cabello. Miró al orco y sonrío gentilmente -Ya te conteste eso. Pero lo haré de vuelta. Porque cuando tomaste la decisión de entregar tu vida por otro –y aclaró-, por mí, bajo la espada de Glansh-Mur-hr, te convertiste en mi causa y en mi hermano. Porque estoy dispuesto yo también a entregar todo por mis hermanos. Y no puedo permitir que un guerrero de la Orden caiga, jamás. Porque junto con ustedes moriría mi causa. -Neilad se alejó y volvió a entrar a la casa de Liz. El orco, no preguntó nada más.





FIN




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