miércoles, 18 de febrero de 2015

El Árbol y los Mirlos

Leyenda Denjiien.




Antes de que el gran bosque se formase, todo el lugar era una extensa llanura. Galopaban allí los caballos de Denjiia en libertad sin que los hombres los apresasen todavía. Eran otros tiempos en los que solo un árbol habitaba en la llanura. Era un ser amargo y solitario y no deseaba que nadie se le acercase. Su corteza se había vuelto dura pues odiaba a las ratones del campo que roían sus raíces. Ahuyentaba a los caballos que buscaban sombra bajo sus ramas, así que dejaba caer sus hojas al suelo y estas eran amargas para que ningún animal se alimentase de ellas. El árbol desconfiaba de todos los que lo rodeaban e intentaban acercase y así vivía, ahuyentando a todos, erguido solo e imponente sobre la llanura.

Un día descubrió que no estaba más solo. No una sino dos aves se habían posado en una de sus ramas, una pareja de mirlos. Fue tal la ira del árbol que brotaron espinas de sus ramas, pero esto no ahuyento a los mirlos que cortaron con sus picos las espinas y construyeron con ellas su nido. Las aves sabían que allí estarían seguras de otros animales pues nadie quería estar cerca del gran árbol malo. El árbol sacudió sus ramas, negó de sombra al nido y se brotó de espinas una y otra vez pero jamás consiguió ahuyentar a la pareja de aves. La pareja pronto tuvo polluelos que permanecieron en el nido siendo el árbol su hogar. Y nada pudo hacer el árbol contra esto.

Llegó un día un gran viento a la llanura. Maligno y destructivo. Arrancaba el césped del suelo a su paso que era potente y arrasador. Los caballos no podían escapar, los ratones no tenían donde esconderse. La llanura era del gran viento, él la reclamaba toda para él y al igual que el árbol no quería compartirla con nadie. Así que juró soplar hasta llevarse al árbol con él para que nada más se interpusiese en su paso. Sopló y sopló y hasta el árbol se estremeció y temió ser arrancado del suelo.

Entonces el mirlo padre de los polluelos remontó vuelo. El árbol creyó que deseaba escaparse y abandonar a todos. A su familia e incluso a él, el árbol malo. Pero resultó que, arriba en el cielo el mirlo revoloteó desafiando al viento. Sopló el viento mas fuerte pero el mirlo consiguió evitarlo y herido en su orgullo el viento lo persiguió. El mirlo escapó de allí, si, pero se llevó consigo al viento que deseaba alcanzarlo y tumbarlo pero que no podía. Y se alejaron hasta desaparecer, para jamás volver. Nunca más se supo del mirlo y nunca más se supo del gran viento.

La madre de los polluelos estaba ahora sola y el árbol malo, agradecido. El mirlo no solo había salvado a su familia sino que también a él. Y decidió devolverle al ave, el favor que le había hecho su pareja. Para que los polluelos estuvieran protegidos rodeó el nido de espinas que ahora no estaban allí para ahuyentarlos y como sus hojas eran amargas y su corteza dura, debía de dar algo más para poder alimentarlos así que por primera vez en su existencia el árbol malo dio frutos. Jugosa fruta que alimento a los polluelos hasta que estos crecieron. Ellos esparcieron las semillas del árbol por toda la llanura y se formo así, el gran bosque.


Fin