miércoles, 1 de abril de 2015

El orco y su polilla


Leyenda Gojiien.
           
            
            Greff era el único hijo de una familia de pastores de ovejas. Jamás se había sentido interesado en el trabajo de sus padres por lo que cuando cumplió la mayoría de edad se mudó a la ciudad y se dedicó a confeccionar trajes para los nobles. Como sus trabajos eran de gran calidad supo hacerse del suficiente dinero como para pagar una buena vivienda y poder llevar una vida digna. Siempre guardo un gran respeto y amor por sus padres que no solo lo habían cuidado cuando joven sino que también lo habían apoyado en su decisión de no continuar la tradición familiar. Por esto, tan pronto como pudo visitó a su familia para darle las buenas noticias. Cuando llegó a la granja la notó empobrecida, los campos estaban vacíos, el ganado se había reducido considerablemente y las ovejas que todavía quedaban estaban famélicas.

            Preguntó Greff, el sastre, a su padre que se encontraba junto a su madre –¿Qué ha pasado con los campos y los animales? ¿Qué ha pasado contigo que te veo más flaco?
–Es que todas las noches llega un monstruo del cielo a devorar nuestro ganado. Nos roba lo que tenemos para nosotros y lo que tenemos para los animales. Nos roba nuestro ganado y nos aterroriza. –contestó el padre de Greff, afligido.
–¿Pero y por qué no han denunciado esto a las autoridades, a los guardias del rey? –preguntó el joven.
–Es que pensamos que nadie nos creería lo que nos pasa y si te contásemos, tú tampoco nos creerías. –contestó su madre.
–¿Cómo no voy a creer en lo que me cuentan? Digan lo que sucede por favor. –insistió el joven.
–Es que el monstruo que llega por las noches no está solo, sobre él viene un orco que lo controla. Primero el orco se llevaba poco, pero con los días cada vez se llevaba más y más. Nos está dejando sin nada. Además el monstruo cada día llega más grande. –dijo su madre apoyando sus manos en su rostro, desesperada.
–No se preocupen –dijo Greff que le debía todo a sus padre-. Esta noche me encargaré de hablar con este orco.

            Cuando llegó la noche Greff esperó la visita del orco y su monstruo volador. Mientras que sus padres esperaron escondidos en su choza. El orco llegó del norte, de las montañas grises, volando sobre la monstruosa criatura alada. La bestia tenia escamas en sus alas, seis patas y antenas compuestas por muchas articulaciones. El sastre entendió que se trataba de algo que antes había visto y que conocía muy bien, eso en lo que volaba el orco era una polilla, pero gigante.
–¿Quién eres tú? –Preguntó el orco que ya había descendido de su polilla– ¿Dónde están los granjeros?
–Mi nombre es Greff, soy sastre. Mis padres están en su hogar. Trataras ahora tus asuntos conmigo. –contestó el hombre buscando valor en sus palabras.
–Me da igual con quien trate, mientras me den lo que quiero. Y porque tú eres nuevo, mañana me llevaré dos ovejas y no solo una.
Geff no tenía como enfrentarlo en ese momento pero se le había ocurrido una idea por lo que solo contestó –Como usted diga señor orco.

            Al día siguiente, el sastre y sus padres reunieron toda la leña que pudieron para hacer una hoguera que sería tan grande como fuera posible, pues Greff había recordado que las polillas sentían una misteriosa fascinación por el fuego, tanto que a veces terminaban cayendo dentro de él y muriendo. Encendieron la hoguera al anochecer y permanecieron ocultos. Habían dejado las dos ovejas atadas cerca del fuego. Esperaban que la polilla se arrojara sola a las llamas con orco y todo. Como todas las noches en esas últimas semanas, el orco y su polilla, que era aún más grande que el día anterior, llegaron volando de las montañas grises del norte. Pero si esta treta hubiese resultado esta historia sería muy corta. Además esta no era una polilla común, los más observadores dirían que por el hecho de que era tan grande como una carreta, por lo que la hoguera no llamó su atención y el orco simplemente descendió a pocos pasos sin problema alguno. Pero cuando intentó llevarse las ovejas comprendió que su polilla todavía no tenía la fuerza para hacerlo así que tuvo que contentarse solo con una.
–Esto es terrible –dijo alarmada la mujer–. Tu plan no ha resultado y la polilla sigue creciendo.
–No desesperes madre, buscaré otra manera de acabar con este horror. –contestó Greff.
           
            Esa noche se aprendieron valiosas lecciones. Los padres del sastre aprendieron que si no enfrentas a tus problemas estos se hacen cada vez más grandes. Greff aprendió que no siempre la primera opción es la solución al problema, pero que aun así vale la pena seguir intentándolo. Mientras que el orco aprendió que no se pueden cargar dos ovejas en una polilla gigante.

            Greff entonces decidió que la noche siguiente seguiría al orco para saber dónde se ocultaba durante el día, pues al igual que su polilla no le gustaba la luz del sol. Imaginó que debía ser un lugar cerrado así que pensó en una cueva. La noche siguiente su padre regresó a servir al orco su oveja y Greff, que se encontraba al pie de la montaña, esperó a ver de dónde partía. Cuando localizó la guarida se adentró en la misma y tal y como pensaba el orco se escondía en una cueva húmeda y oscura. Allí encontró los cadáveres de las ovejas de los que el orco había estado alimentándose pero descubrió algo más. Había arrancado sus pieles y las había dejado en una sola gran pila a modo de nido, pues allí habían eclosionado las hijas de la polilla, un montón de orugas gigantes blanquecinas y pegajosas que devoraban la lana de las ovejas e incluso la carne de las mismas. Observó que entre la lanas había hojas de una hierba azulada que no conocía, sintiendo curiosidad tomó varias de ellas y se alejó de allí pues no era un buen lugar para estar cuando el orco y su polilla regresaran.
           
            Al llegar nuevamente a su hogar preguntó a su padre –¿Sabes tú que son estas hierbas, pues jamás las había visto?
–No. Pero preguntémosle a tu madre.
El sastre fue donde su madre que estaba alimentando a un cerdo y preguntó –¿Sabes tú que son estas hierbas?
La mujer tomó una hoja para mirarla más de cerca pues tampoco la reconocía. Sucedió entonces que el cerdo robó la hoja de su mano y la engulló. La mujer exclamó –¡El cerdo me ha robado la hoja pero aunque la hubiese visto mejor, sé muy bien que jamás he visto una hierba azul!

            Greff pasó el día entero ideando como acabar con el orco pero cuando llegó la noche se encontró frustrado pues todavía no encontraba la forma de hacerlo. Al pasar por donde estaba el cerdo lo notó diferente y cuando lo observó bien, se dio cuenta que estaba más grande, notoriamente más grande. Recordó que había comido de la hierba azul así que volvió a intentar lo mismo. Tomó otra de las hojas que había recolectado y la ofreció al cerdo, que aun teniendo mucho alimento que sobraba de la mañana prefirió la hoja. Buscó entonces mejores bocados que ofrecer al cerdo, que siempre prefirió un pequeño trozo de hoja de hierba azul. Pensó entonces que la polilla y sus orugas se estaban alimentando de esta hierba azul y era posible que la prefirieran a cualquier otra cosa. Entonces tuvo otra idea. Esa noche, nuevamente espero él solo al orco.
–Has regresado. –dijo el orco al llegar desde el cielo.
–Sí. He venido a suplicarle, señor orco, que deje a mis padres en paz. Pronto ellos se quedaran sin ovejas y ya no podrán servirle.
–No tengo porque hacer caso a lo que pides, hombrecito. Cuando las ovejas se acaben buscare otra cosa que llevarme. Pero no me iré.
–Entiendo señor que somos sus servidores, pero si nos quitas todo nuestro sustento y nuestro alimento moriremos y ya no podremos servirle. Quizá yo pueda darle algo a cambio.
–¿Qué? -preguntó el orco intrigado.
–Mañana tendré algo para usted, ya lo vera.
–Bien, pero prepara igual una oveja para mañana pues no creo que lo que me des me guste, y no querrás conocerme enojado.
            El hombre aceptó con gusto y como había prometido preparó algo para el orco. Trabajo toda la noche y todo el día sin descansar para tenerlo listo a la noche siguiente. Greff esperó al orco junto a sus padres. Y cuando el orco llegó miró extrañado a su obsequio.
–¿Qué es esto? –preguntó el orco enojado.
–Es una camisa, los nobles más distinguidos del reino usan mis camisas pues yo soy un sastre distinguido. Pruébatela veras que se siente muy cómoda. –dijo Greff sonriendo.
–No me pondré esto, hombrecito. –contesto el orco, indignado.
–Si me permite opinar, creo que se le vería muy bien. –dijo la mujer.
–¿Cuándo se ha visto un orco con camisa? –preguntó el orco.
–¡Ah! Pero esta no es cualquier camisa, mi hijo las confecciona para el rey. Serás la envidia entre los tuyos. –Insistió el padre- Al menos puede probársela, eso no le hará daño.
El orco accedió.
–Ahora será usted, sin duda alguna, envidiado por muchos hombres, que ya deseasen ser tan distinguidos y elegantes como usted. –acotó la mujer.
                       Y así tras muchas, muchas palabras halagadoras finalmente, el orco, parecía complacido. Se dirigió altaneramente hacia Greff –No está mal hombrecito, pero aun así me llevaré la oveja. –Y tras soltar una horrible carcajada tomó la oveja y se alejó volando hacia las montañas grises.
Esa era la última oveja que robaría. Y es que el sastre le había tendido una trampa. Al confeccionar la camisa, Greff, había cosido bolsillos cerrados donde había ocultado el resto de las hojas azules. Dos noches pasaron hasta que Greff y sus padres decidieron ir a investigar al cubil del orco. Allí encontraron los restos del ladrón de ganado que al irse a dormir había sido devorado por sus propias orugas, que buscaban desesperadamente más hojas azules y habían sido atraídas por la camisa. 

            Los padres del sastre jamás volvieron a tener problemas similares y agradecieron a Greff por su creatividad y valor. Él regresó a su trabajo donde su lucha contra las polillas continuaría por el resto de su vida, pero sabiendo que ya había vencido a la peor de todas.


Fin 


Referencias: